lunes, 21 de junio de 2010

,

Contra el Sida, una buena calidad de vida

Carlos es un hombre que llegó un día a consulta, considerando que era ya tiempo de ver como andaba su infección por VIH. Me sorprendí mucho al verlo entrar: un tipo alto y atractivo, cercano a los cuarenta, de cuerpo extremadamente atlético, bronceado y de movimientos enérgicos. Llegó sonriendo, haciendo bromas como si la entrevista que habríamos de sostener fuese de lo más cotidiano, y con toda la tranquilidad del mundo, me contó su breve historia.

Sucede que él fue uno de aquellos hombres que se infectaron de VIH en la década de los ochenta, y entre orgías, fiestas y parrandas, un día, por la mañana, decidió hacerse la prueba de detección de anticuerpos al virus y ver como andaba la cosa. El resultado fue positivo. Ser seropositivo a los veinticinco años no era el sueño de su vida, pero no por vivir con el VIH iba Carlos a renunciar a sus proyectos que ya empezaban a materializarse.

Y cuenta que asimilarlo fue muy difícil. Pasó de una etapa de negación a la de enojo y por ahí a todas las fases que se viven a lo largo del duelo, pero paulatinamente fue descubriendo que, al menos en su caso, el VIH no tenía que ser el protagonista de su historia, porque el protagonista verdadero era Carlos; y así empezó a vivir.

Sin volver a negar su realidad como hombre que vivía con VIH, Carlos resolvió no construir su existencia en torno al virus, y su primera acción fue informarse; saber que era lo que sucedía si no se protegía en lo sucesivo y se reinfectaba, saber cuando eran necesarios los medicamentos antirretrovirales, y conocer sus posibilidades, en general. Resolvió que se medicaría a las primeras señales de deficiencia inmunológica, que se cuidaría al tener sexo para no reinfectarse y fortalecer al virus, y que haría lo que estuviese en sus manos para ser feliz.

Yo al ver al hombre que me contaba esta historia, contada un poco más per extenso que como yo se las platico en estas líneas, me quedó muy en claro que él lo había conseguido: sentado frente a mí, en mi consultorio, tenía a un hombre que era feliz. De los ochenta a la fecha había vivido su vida de manera especial, más enfocado en su bienestar de lo que se enfoca la gente común, y más consciente que los demás del estado de sus propias emociones. Se cuidó a sí mismo, dice, como cuidaría de alguien a quien amara tremendamente; se arriesgó como se arriesgaría cualquiera para conseguir sus proyectos, pero siempre hubo ciertas cosas que no eran negociables, como su tiempo para estar consigo mismo y con los suyos, como sus momentos de descanso y etcétera.

Finalmente, Carlos terminó platicándome que en su caso, el VIH cambió su vida de una forma en que él mismo jamás hubiera imaginado; aprendió a vivir para evitar morirse, adquirió una firme responsabilidad de sí y conoció los sabores, colores y esencias del mundo mediante toda la capacidad de sus sentidos. Estaba efectivamente más vivo que muchos que a su alrededor vivían sin la infección, y se sentía más feliz. Jamás me mencionó estar agradecido por haberse infectado, hubiera sido muy bizarro que así lo hiciera, pero sí insistió un par de veces en el orgullo que sentía por haber encontrado la manera de salir adelante.

Semanas después, Carlos regresó por los resultados de su prueba; serológicamente era positivo como podía esperarse, dado que el VIH no desaparece del sistema sino que, como resultó ser el caso de Carlos, llega en las mejores situaciones a un nivel indetectable entre las células de la sangre y hace innecesario el tratamiento con medicamentos antirretrovirales.

Se dice que hay personas que toleran mejor que los demás la infección al VIH y que pueden jamás llegar a desarrollar enfermedad ninguna asociada con este virus. Se dice que es debido a su genética privilegiada, a una cuestión cromosomática y etcétera, etcétera. Con Carlos dudo que haya sido así.

Cuando una mujer o un hombre vive con la infección del virus, el estilo de vida es fundamental para protegerse del SIDA: el VIH afecta directamente las células blancas de la sangre, las que corresponden al sistema inmunológico, y lo deterioran. Cuando las defensas quedan tan bajas, las enfermedades oportunistas llegan y hacen su agosto sobre la salud de la persona. Paralelamente, cuando nosotros estamos muy contentos y reímos, cuando bailamos o hacemos ejercicio y cuando, básicamente, estamos muy a nuestro gusto, el organismo secreta unas hormonas de nombre: endorfinas. Las endorfinas afectan inmediata y positivamente la producción de células del sistema inmunológico, fortaleciéndolo y protegiéndonos de las enfermedades.

Lo que Carlos hizo al vivir monitoreando el bienestar de sus emociones, haciendo ejercicio y buscando sentirse a gusto con él mismo, fue precisamente fortalecer su sistema inmunológico contra los ataques diarios del VIH. Además, Carlos se tomaba muy en serio sus horas de descanso. El no lo sabía, pero mientras dormimos, nuestro cuerpo secreta una sustancia llamada “hormona del crecimiento”, la que tiene por labor el regenerar todos los tejidos que se van deteriorando a lo largo del día, ya sea por el desgaste cotidiano o por la presencia de algún virus insidioso que merma al sistema inmunológico.

Así Carlos pudo mantener su salud, pese a vivir infectado por el virus que puede llegar a ocasionar el SIDA, en un tiempo en el que los medicamentos antirretrovirales eran verdaderamente agresivos contra el organismo de la persona que vivía con VIH. En nuestros días la cuestión es ligeramente más sencilla, los medicamentos han dejado de ser tan nocivos y existe una mayor apertura frente al tema del síndrome de inmunodeficiencia adquirida, pero todavía hace falta entender lo que de manera intuitiva fue muy clara para Carlos: la calidad de vida puede ser una determinante para desarrollar o no el SIDA o, incluso, otras enfermedades.

Actualmente, en ocasiones me encuentro con él en la barra de algún bar, charlando con alguien o despidiéndose luego de una o dos cervezas. Él, por supuesto, no se llama realmente Carlos, pero creo que su historia es una anécdota sobre la que podríamos reflexionar un rato.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C
,

Contra el Sida, una buena calidad de vida

Carlos es un hombre que llegó un día a consulta, considerando que era ya tiempo de ver como andaba su infección por VIH. Me sorprendí mucho al verlo entrar: un tipo alto y atractivo, cercano a los cuarenta, de cuerpo extremadamente atlético, bronceado y de movimientos enérgicos. Llegó sonriendo, haciendo bromas como si la entrevista que habríamos de sostener fuese de lo más cotidiano, y con toda la tranquilidad del mundo, me contó su breve historia.

Sucede que él fue uno de aquellos hombres que se infectaron de VIH en la década de los ochenta, y entre orgías, fiestas y parrandas, un día, por la mañana, decidió hacerse la prueba de detección de anticuerpos al virus y ver como andaba la cosa. El resultado fue positivo. Ser seropositivo a los veinticinco años no era el sueño de su vida, pero no por vivir con el VIH iba Carlos a renunciar a sus proyectos que ya empezaban a materializarse.

Y cuenta que asimilarlo fue muy difícil. Pasó de una etapa de negación a la de enojo y por ahí a todas las fases que se viven a lo largo del duelo, pero paulatinamente fue descubriendo que, al menos en su caso, el VIH no tenía que ser el protagonista de su historia, porque el protagonista verdadero era Carlos; y así empezó a vivir.

martes, 18 de mayo de 2010

Salir del closet

Una vez que has descubierto que tu sexualidad difiere a la de tus compañeros en la escuela, a la que te enseñaron tus papás en casa y la que ves exhibida continuamente en el cine y la televisión, lo más difícil es tratar de que esa diferencia no sea tan notoria como para que los demás la vean. Mientras que a tu alrededor florecen los comentarios en contra de los homosexuales y bisexuales y sus formas de amar, la única certeza clara es que no te conviene que “se note” que tu amas de esa manera distinta. Consecuentemente, ingresas tu estilo de vida a la discreción del clóset.
Usualmente se le llama “estar en el clóset” a vivir una vida muy discreta en la que no integras tu homosexualidad con las otras esferas de tu vida, tales como la escuela, la familia, el trabajo y etcétera; estando en el clóset te encargas de que prácticamente nadie se entere de que eres una mujer o un hombre gay, evitando enfrentar así determinadas situaciones por demás incómodas. Esto te lleva consecuentemente a un continuo discernimiento acerca de que personas van a volverse excepcionalmente partícipes de tu estilo de amar, y de que personas continuarán ignorando que eres homosexual. Mientras más personas haces partícipes de esto, más fuera del clóset estás, y mayor libertad adquieres para vivir tu sexualidad.
La discreción en torno a la sexualidad que no es heterosexual, usualmente tiene más que ver con la prudencia que con cualquier otro factor, pues es una especie de reflejo automático que se activa frente a las primeras evidencias del propio homoerotismo. Con el paso del tiempo y la exploración por ensayo y error, los hombres y las mujeres homosexuales van descubriendo que pueden esperar de la gente a su alrededor, cuales suelen ser las reacciones de solidaridad, discriminación, comprensión, indiferencia, cariño o etcétera, que pueden esperar de tales o cuales personas, y con base en ello deciden abrirse paulatinamente y compartir plenamente su estilo de vida, incluyendo su orientación homosexual.

Esto es “salir del clóset”, que si bien se maneja de ordinario como un solo acto que se ejecuta luego de una concienzuda reflexión personal, podemos afirmar que más bien corresponde a un proceso continuo de elecciones, cada cual de ellas según la persona con la que se interactúa y según el escenario muy específico del que se trata; es decir, abrimos nuestra orientación sexual para las personas que nos son significativas, aquellas con quienes nos interesa establecer intimidad, como nuestros familiares, nuestros amigos y demás.

En general, difícilmente podremos encontrar una persona, mujer u hombre, que se encuentre globalmente fuera del clóset: en el trabajo, con la familia, en la escuela. Existen escenarios donde revelar esta diferencia sexual puede resultar socialmente contraproducente, dando pie a un trato hostil o franca discriminación por parte de nuestro interlocutor en un contexto dentro del que tendríamos mucho que perder, quizá como en nuestro empleo o en una oficina para realizar un trámite importante.

Cotidianamente cada persona evita mostrar algo de sí para poder interactuar con los demás: hay quienes no mencionan que son mormones sino hasta que son invitados a una ceremonia católica, otros omiten no gustar de los perros frente a miembros de alguna asociación canófila, y algunos simplemente evitan conversar sobre ciertos temas que saben que llevarán la convivencia a una situación incómoda, como suele suceder con la política, el fútbol y la religión. Es una cuestión de diplomacia.

Mantenerse dentro del clóset posee sus ventajas: a quien es homosexual no se le cuestiona por serlo, ni se le da un trato diferente, dado que los demás asumirán a priori que se trata de alguien heterosexual. Sin embargo tendrá que lidiar con las ocasiones en las sus amigos le presenten un amigo o una amiga, dado que constantemente le ven sin pareja, o en las que la conversación termina por girar en torno a las relaciones entre ambos sexos; pero si se es hábil, no existirá mayor problema.

Lo que resulta un problema mayor, es cuando se trata de la gente que sí importa quien quiere presentarle un amigo a quien se desconoce que es una chica homosexual, o le preguntan por su novia, con sincero interés, al hombre gay del que desconocen su orientación erótica. Con el paso del tiempo, la necesidad de mentir a la gente que se desea emocionalmente cerca, es una incomodidad que crece paulatinamente; mientras contrariamente, existe también la necesidad de compartir las experiencias buenas que suceden en torno al corazón y los amores, e igualmente las situaciones que no son tan buenas en este terreno de los afectos. El clóset protege eficientemente, pero también aísla.

Las personas que mantienen sus vidas inmersas completamente en el clóset, finalmente se sumergen en un aislamiento que se traduce en soledad y en una creciente desconexión con los demás. Compartir es parte de la naturaleza humana, pero el ser humano también implica elegir con quién es que se comparte; tratándose de la propia sexualidad homoerótica, la misma elección es indispensable para incluir en nuestra vida a las personas que específicamente se lo han ganado, o con quienes simplemente se nos antoja compartir. Hacerlo es una decisión personal que nadie puede cuestionar.
Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Salir del closet

mayo 18, 2010 Hernan Paniagua
Una vez que has descubierto que tu sexualidad difiere a la de tus compañeros en la escuela, a la que te enseñaron tus papás en casa y la que ves exhibida continuamente en el cine y la televisión, lo más difícil es tratar de que esa diferencia no sea tan notoria como para que los demás la vean. Mientras que a tu alrededor florecen los comentarios en contra de los homosexuales y bisexuales y sus formas de amar, la única certeza clara es que no te conviene que “se note” que tu amas de esa manera distinta. Consecuentemente, ingresas tu estilo de vida a la discreción del clóset.

Usualmente se le llama “estar en el clóset” a vivir una vida muy discreta en la que no integras tu homosexualidad con las otras esferas de tu vida, tales como la escuela, la familia, el trabajo y etcétera; estando en el clóset te encargas de que prácticamente nadie se entere de que eres una mujer o un hombre gay, evitando enfrentar así determinadas situaciones por demás incómodas. Esto te lleva consecuentemente a un continuo discernimiento acerca de que personas van a volverse excepcionalmente partícipes de tu estilo de amar, y de que personas continuarán ignorando que eres homosexual. Mientras más personas haces partícipes de esto, más fuera del clóset estás, y mayor libertad adquieres para vivir tu sexualidad.


martes, 27 de abril de 2010

Ser convertido en victima

Publicado en Lider Mundial Social [http://lms-mex.com/]

Mucho hemos escuchado a lo largo de la vida, y especialmente durante nuestra infancia, acerca de jóvenes príncipes y princesas que por obra de una malvada bruja o hechicero, terminan convertidos en sapo, rata, cisne, cuervo, caballo, perro y hasta en candelabro, maceta o tetera. Pero, ¿qué hay de cierto en estas historias?; ¿son estas prácticas de uso común hoy en día? En las líneas que siguen develaremos los hitos de verdad detrás de la ficción, y conoceremos el destino fatal de quien ve transformada su identidad en algo distinto de sí: un ser repugnante, que frecuentemente termina siendo verde y a veces viscoso.

Después de una exhaustiva revisión de cuanto cuento de hadas se atravesó, encontramos que los testimoniales describen el diversificado proceder de los agresores, quienes eligen una víctima al azar y ejercen posteriormente sus artes en su contra. El acto dura unos breves instantes, a veces basta con un par de palabras para levantar su maldición; pero se ha registrado que, en algunas ocasiones, el no decir nada frente a la víctima obra los mismos resultados.

El interfecto, por su parte, quien se había hecho cargo de su vida y controlaba quien venía siendo hasta ese momento, mas o menos orgulloso u orgullosa de sí, con mayor o menor satisfacción al respecto y con el bosquejo a cuestas de un futuro en vías de ser alcanzado, ve de repente que su identidad ha sufrido un perverso impacto que la trastoca, algo cambia como si diera un vuelco, y observa con fulminante pesar que su reflejo en los espejos no le devuelve más la imagen a la que se había acostumbrado. Ya no es más quien era, ya no se agrada, ya no se enorgullece ni se mira con satisfacción. Ve con un progresivo dolor que ha dejado de ser esa persona que luchó tanto por llegar a ser y que ahora es otra cosa: le han convertido en una víctima.

De ahí que los tipos de víctimas sean muy variados: hay quienes se ven convertidos en animales de carga, en bichos desagradables, en gatas, gatos, perros, muebles y hasta los que refieren sentirse completamente invisibles.

Reconocerse como una victima es solo el primer paso de un largo proceso de transformación que empieza con recibir el impacto del agresor. Una víctima es una persona a la que se le arranca de las manos las riendas de su vida, se le obliga a verse como algo que no es y se le impide llegar a ser quien desea ser: se le niega la posibilidad de realizar sus sueños, planes o deseos. La víctima es un ser transformado. Se define a sí misma mediante la forma en que la mira su agresor, y jamás le olvida, quedando en su memoria el rostro de la maligna bruja o hechicero como una marca tatuada con fuego; absolutamente indeleble.

Una victima, entonces, al continuar en su transformación, se va descubriendo cada vez más pequeñito o cada vez más pequeñita; descubre deformaciones en su imagen que le vuelven desagradable a su propia mirada, se vuelve alguien imbuido de temor, se aísla a parajes lejanos donde los demás no puedan ver su fealdad y se niega a tocar o ser tocado por nadie. Y en la soledad y el aislamiento, la victima termina, al final de su transformación, absolutamente destruida y sin vestigios del ser orgulloso y suficiente de sí que fuera en otros tiempos.

Los demás notan también el cambio, aunque para ellos no es tan evidente. La maldición que la víctima sufre, le permite ver con absoluta claridad en que criatura se va convirtiendo, por eso huye, porque sabe que tarde o temprano los demás igual lo descubrirán.

La percepción de la víctima hacia lo que el o ella misma fuera en el pasado, es igual que pensar en alguien ajeno que pertenece a la historia de cualquier otro cuento. Mirando su imagen en la superficie de alguna charca, encuentra en su reflejo a un ser sin aprecio de si, sin seguridad, sin futuro y culpable, porque no pasa mucho tiempo sin que, al recordar lo que pasó, la victima le retire cualquier responsabilidad a su agresor y se achaque toda la culpa, creyéndose ser merecedor o merecedora del sino que le condena.

Hoy en día estas prácticas de brujas y antiguos hechiceros están tan difundidas y tan tremendamente en boga como beber Coca Cola; hoy, tanto cualquiera ejercemos este oscuro arte, como en cualquier momento podemos estar, dentro de las situaciones más cotidianas, ante el riesgo de quedar transformados en una víctima. Van unos ejemplos: la amiga que en lugar de escuchar tus penas se ha dado la vuelta dejándote con la palabra en la boca, el banco que arbitrariamente te cobra una comisión de más, el vigilante que sin fundamentos te pide retirarte del mismo gimnasio al que estas inscrito, el hombre que te insulta en la estación del autobús, el amigo que te bajo a la novia, el asaltante que te obligó a tirarte al suelo mientras vaciaba tu bolsa  de cualquier objeto de valor.

Todos son ejemplos de una misma especie, pero hay magnitudes diferentes, y estos casos o los otros muchos que puedan venir a tu imaginación, obran exactamente el mismo efecto: te arrancan las riendas de tu vida, te obligan a sentirte impotente, alteran la percepción que tienes de ti, etcétera.

¿Qué es lo que hay que hacer entonces?, de tan común que son, a cada momento podemos ser objeto de ellas, y podemos también hacer victimas a los demás, incluso y por descuido, sin enterarnos que lo estamos haciendo; pero en cualquier caso, dejarse transformar en víctima en solamente una de las alternativas.

La otra alternativa es hacer frente al agresor y pedirle explicaciones, o denunciarle cuando no es posible hacerle frente. Frecuentemente las personas aseguran que denunciar a un asaltante, por ejemplo, no tiene ningún sentido porque no le van a encontrar o no va a hacerse justicia, pero en realidad esa no es la meta; la meta, frente a la magia oscura que te va convirtiendo en víctima, es llevar a cabo un acto de reparación que frene tu transformación. Una víctima es, por definición, un ser que no actúa, más bien alguien sobre el que los demás actúan y deciden. Cuando actúas durante los primeros momentos en que te vas volviendo víctima, la maldición se rompe y continúas siendo tu, con la misma mayor o menor satisfacción y orgullo de ser quien eres; con el mismo control para ser quien eliges ser.

Hay incluso reportes de personas comunes que estuvieron a punto de volverse víctimas, y al impedir el desarrollo del encantamiento se transformaron en príncipes o princesas. Estas historias han sido ya convenientemente ratificadas por testigos.

Así, en toda ocasión en que una persona se vea en riesgo de ser transformada en algo que no desea ser, debe ella misma de recurrir a un ritual que cancele el poder de esa magia. Cada situación amerita un ritual de purificación distinto, por ejemplo: decirle a la amiga que necesitamos ser escuchados y pedirle que se quede a oír, solicitar al banco la cancelación del cobro injusto, reportar al vigilante con la gerencia del gimnasio, ser cortés con el hombre que te interpeló mediante insultos, hacerle ver tu desconcierto a tu amigo y a tu (ahora) ex novia, denunciar al asaltante, o lo que tu sientas que te haga falta hacer; la clave es hacer algo. En esencia, no se trata de buscar el castigo o la venganza contra el agresor, el objetivo es demostrarte a ti mismo o a ti misma que no hay quien pueda transformarte a ti en una víctima, y que nada te hará ser lo que tú no deseas ser.

Pero a veces hay magia demasiado poderosa y difícil de esquivar, y puede ocurrir que aunque no te lo propongas, te encuentres en vías de transformarte en una víctima. Entonces haz como en los viejos cuentos donde el poder de un beso era suficiente para romper cualquier encantamiento. Un beso, un abrazo, una caricia o una charla con alguien que sabes que te quiere y que puede entenderte.

Si el viejo ogro en lugar de correr a la soledad del pantano, hubiera pedido el abrazo de alguien que le quisiera, o bien llorado en el hombro de algún amigo, la parte triste de la historia habría durado mucho menos y él habría vuelto a ser un feliz hombre mucho más rápido.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Ser convertido en victima

Publicado en Lider Mundial Social [http://lms-mex.com/]

Mucho hemos escuchado a lo largo de la vida, y especialmente durante nuestra infancia, acerca de jóvenes príncipes y princesas que por obra de una malvada bruja o hechicero, terminan convertidos en sapo, rata, cisne, cuervo, caballo, perro y hasta en candelabro, maceta o tetera. Pero, ¿qué hay de cierto en estas historias?; ¿son estas prácticas de uso común hoy en día? En las líneas que siguen develaremos los hitos de verdad detrás de la ficción, y conoceremos el destino fatal de quien ve transformada su identidad en algo distinto de sí: un ser repugnante, que frecuentemente termina siendo verde y a veces viscoso.

Después de una exhaustiva revisión de cuanto cuento de hadas se atravesó, encontramos que los testimoniales describen el diversificado proceder de los agresores, quienes eligen una víctima al azar y ejercen posteriormente sus artes en su contra. El acto dura unos breves instantes, a veces basta con un par de palabras para levantar su maldición; pero se ha registrado que, en algunas ocasiones, el no decir nada frente a la víctima obra los mismos resultados.


sábado, 13 de marzo de 2010

¿Opuestos o complementarios?

Si entre tus planes se encuentra hacer un programa de televisión, una campaña publicitaria o, incluso, un chiste ingenioso que te convierta en el alma de la fiesta, mi sugerencia es que recurras al popular tema de la guerra entre los sexos; es un lugar común, pero recurrir a él te garantizará la atención de varones y féminas por igual.

Todos y todas hemos disfrutado alguna vez de una ingeniosa parodia acerca del sexo opuesto, incluso la hemos hecho: ellas conducen fatal, ellos creen que medio metro son diez centímetros, ellas nunca llegan temprano, ellos jamás piden ayuda y un prolongado etcétera. Tan tremendamente distintos los unos de las otras que es imposible no encontrarse mutuamente el lado cómico; es la ventaja de ser tan opuestos e irreconciliables: los unos de Marte y las otras de Venus.

Ahora, la pregunta incómoda: ¿cómo rayos va a juntarse un hombre con una mujer para compartir sus vidas y formar una familia, cuando sus respectivas naturalezas se oponen tanto? Entre los opuestos inherentemente surge la descalificación, la infelicidad, los malentendidos y la guerra. Por eso sería digno de dudarse el que pensar en opuestos sea en la práctica una buena idea.

Entonces dejemos a un lado la guerra de los sexos, junto con la noción de los opuestos, y pensemos más en lo complementario: ellas y ellos unidos en un mismo proyecto de vida para compartir sus días a favor de conformar una nueva familia, una y otro brindándose apoyo mutuo con el fin de cubrir los puntos flacos del otro o la otra. De esa manera, juntos, consiguen alegremente ser seres completos.

Pensar en sexos complementarios esta bonito porque no hay un pique de por medio, la cuestión de un trabajo en equipo queda implícita en esta complementariedad: una chica se vuelve una mujer completa cuando tiene un hombre a su lado, y un varón  se vuelve un hombre compelo cuando tiene una mujer, o varias, como pareja.

Y entonces sales a la calle y encuentras a miles de mujeres que son capaces de tolerar cualquier maltrato con tal de no perder al wey que les complementa como mujeres: golpes, aislamiento, menosprecio; y a hombres que buscan empezar una relación tras otra para sentirse cada vez más hombres, cada vez más completos.

Hablando de sexos opuestos, hombres y mujeres quedan aislados e imposibilitados para compartir proyectos o hacer contacto emocional, intelectual y en muchos sentidos, también físico. Hablando de sexos complementarios implicamos que ninguno puede ser una persona completa por sí mismo o misma a menos que venga un fulanito o fulanita que le aporte lo que está faltando.

¿Quién dice que me falta algo, o que no puedo cobrar valor por mi mismo?; tiene sentido afirmar que es preferible estar solo, que aguantarse y quedar mal acompañado.

Sin embargo en todos lados escuchamos referencias a la oposición o la complementariedad de los sexos, con tanta recurrencia, de hecho, que se ha vuelto algo obvio y ciento por ciento natural: “no la contrato porque esta es chamba de hombres”, “tendrás que conseguirte una mujer que te sepa cocinar”, “si quieres un hijo, primero consíguete un buen marido”, y demás.

Hay muy pocas cosas frente a las que universalmente tengamos tanta claridad: hay hombres y hay mujeres, son dos sexos, como hay un día y hay una noche, como positivo y negativo, como bien y mal o activo y pasivo, yin y yang, Viruta y Capulina. Son el tipo de certezas que a uno le tranquilizan en esta existencia tormentosa plagada de incertidumbres.

Pero así como además del día y la noche, está también el amanecer, y el ocaso, la madrugada y otros estados por los que el sol, luna, estrellas y la tierra se van acomodando, igualmente resulta que entre el binomio indisoluble de hombre y mujer también hay mujeres retacadas de testosterona y hombres con glándulas mamarias superdesarrolladas, hay cromosomas XY, XX, e igual XXY, XYY; hay mujeres con órganos sexuales masculinos y hombres con vagina, mujeres que se creen hombres y hombres que aseguran ser damas encerradas en la anatomía de un señor. Así le podría seguir, pero creo que se nota a dónde voy: no es sencillo diferenciar la línea que divide un sexo del potro, orque tal línea, hablando desde el contexto de la naturaleza, del mismísimo plan del universo, no existe.

Los sexos no son ni opuestos ni complementarios porque no son dos, porque existen matices; porque en la naturaleza todas y cada una de las cosas que puedes encontrarte, existen en un continuum de  matices. Somos los humanos quienes nos inventamos las categorías pares y nuestras definiciones absolutas para tratar de hacer encajar a la naturaleza dentro de esas categorías. ¿Se puede ser más ingenuo?

Nosotros inventamos la noción de hombre y la de mujer y la forma en que cada cual tenía que comportarse; les asignamos un papel en la sociedad e impusimos jerarquías, donde unos acabaron estando por encima de la otras, y las otras, a lo mucho, quedaban con la posibilidad de ser la gran mujer que siempre está detrás de un gran hombre.

Luego afirmamos ante los demás que “esto es natural” y que “siempre ha sido así”, esperando volverlo indiscutible; e incluso se dijo que “así es como dios lo quiere”, y con eso, ya ni que decir.

Para muchas personas no es tan evidente esta jerarquía donde los hombres quedan encima de las mujeres; no encuentran relación con eso en la diferencia de salarios, en el tipo de puestos, las imágenes en los periódicos, o las campañas publicitarias que suelen dirigirse a hombres, poniendo a las mujeres como quienes cargan el producto o siendo una ganancia secundaria una vez que hiciste tu compra del mentado producto.

En nuestra cultura, pon tu que occidental, las mujeres no solamente son inferiores, sino también invisibles: los periódicos no hacen noticias de ellas, salvo en un muy bajo porcentaje (vamos, toma alguno y empieza a contar), ¿cuántas presidentas conoces?; cuando hablas refiriéndote a ellos y a ellas, ¿cuántas veces empleas sustantivos o adjetivos en femenino?, se entiende que cuando dices “todos”, te refieres a hombres y mujeres por igual, no es necesario nombrarlas.

Y lo que se nombre, no existe.

En los años setenta florecieron una serie de movimientos que dieron pie a un cambio en el modo en que vemos los rollos sociales: el feminismo. Algunas veces de modo más radical que otras, las feministas han puesto un marquito rojo sobre esta situación cotidiana que viven las mujeres, para que resalte. Le han llamado violencia de género porque en este trato no solamente se niega la visibilidad de las mujeres en la vida social, sino que igual se niegan sus derechos.

Una mujer debe buscar autorización para practicarse un aborto, para usar anticonceptivos, para salir en la noche, para hacer planes personales. Si obtiene el permiso, debe estar en casa de vuelta para preparar la cena; puede trabajar, pero no debe desatender a los niños; puede ir con sus amigas, pero tiene que estar en cama por si al hombre le dan ganas de tener sexo. Lo analizas y termina resultando que una chava no es dueña de su cuerpo, ni puede tomar decisiones sobre él porque los demas la van a cuestionar vehementemente.

Cuando ellas son pequeñas se les dice “tienes que darte tu lugar”, pero parece que ese lugar no lo quisiera nadie.

¿Qué es lo que mantiene así las cosas? La educación tradicional lo hace; muchas de las que llamamos “nuestras tradiciones” no son más que formas veladas de tiranía que preservan “el lugar que le corresponde a una mujer”. Las abuelas se indignan en presencia de la mujer que no necesita de un hombre para sentirse completa; las madres se preocupan cuando la niña estudia su posgrado universitario y no se preocupa por los preparativos del casorio. De la mujer que elige ser madre solera, bueno, “pobre criatura”, afirmarían mis tías. Los hombres también participamos de igual manera en la manutención del sometimiento.

Como se afirma que fue dios mismo quien le dio este lugar a la mujer, entonces la que llega a ser una exitosa directora de corporativo, académica sobresaliente o cabeza de familia por su propia elección, está muy cerca de estar cometiendo pecado al asumirse independiente y no buscar un hombre que “se ocupe de ella”. Así, el costo de su realización personal es la culpa si es creyente, o la culpa, de nuevo, si está involucrada con un sistema social que la ve desobedecer las viejas tradiciones. Entonces la sociedad le exige que compense, pues vive en un continuo estado de tabú.

Esto es violencia de género,, lease: impedir que una persona acceda a los recursos para satisfacer sus necesidades y lograr realizarse, debido a motivos de género. ¿De que manera tu la ejerces?, ¿de que forma la aceptas?

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C