domingo, 5 de febrero de 2012

Los amorosos… y el fantasma del SIDA

Para muchas personas, lograr una relación de pareja exitosa es un tópico crucial en el camino a consumar sus proyectos de vida; claro que para muchas otras hay temas más trascendentales hacia los cuales dirigir su atención. No todo el mundo busca estar en pareja, y entre quienes sí eligen este estilo de vida, tampoco todos, ni todas enfrentamos los mismos retos en el camino.

Imagina por ejemplo, que vives con VIH. Pongamos que el proceso de aceptación de tu seroestátus ya está resuelto y no te causa bronca vivir con el virus; ya sabes que muy probablemente no vas a morirte y estás en paz contigo porque sabes cómo cuidarte y te has estado poniendo las pilas para tener una excelente calidad de vida. ¿Qué es lo que sigue?, pues probablemente si tu proyecto de vida está configurado así, lo que sigue es encontrar alguien con quien hacer pareja.
Viene entonces un reto nuevo: ya que conociste a un buen candidato o una buena candidata para iniciar la relación, ya que has avanzado lo suficiente y empiezas a sentir bonito con su presencia, te preguntas en qué momento y de qué manera le vas a decir que vives con el virus del VIH. ¿Y si se espanta?, ¿y si te rechaza? La incertidumbre es tal, que son muchas las personas portadoras del virus que prefieren no arriesgarse al rechazo y evitan iniciar cualquier relación para no salir lastimados, pese a tener esta habitual necesidad de integrarse a una pareja.

Nadie está obligada u obligado a “confesar” su estado serológico; si bien sí tiene la estricta obligación de vivir su sexualidad responsablemente y con su kit de sexo protegido bien a la mano (con condón incluido). Entonces, cuando alguien le dice a otra persona que es portadora del virus, está en realidad ejerciendo un acto de suma confianza para ella, poniendo en manos de esa persona un aspecto muy vulnerable de sí. 

Vaya reto para quien recibe ese obsequio; ¿tú qué harías?, se vale desconcertarse y hasta asustarse, pero no se vale ser grosero y, cuando es el caso, tampoco se vale negarte la oportunidad de integrar a tu vida a una persona valiosa solamente porque él o ella vive con VIH. ¿Qué harías si por fin encuentras a quien sintoniza con tus pasiones y excentricidades, con tus valores, proyectos… pero que es portador del VIH?, ¿dejarías pasar la oportunidad?
Así como la palabra “seropositivo” se refiere a personas cuyo suero sanguíneo da positivo a las pruebas del VIH, “serodiscordante” implica la relación entre personas con diferente estatus serológico; o sea, en una pareja serodiscordante hay alguien viviendo con VIH y alguien que no, y en la práctica pueden mantenerse serodiscordantes indefinidamente. ¿Asusta la idea de tener una relación de pareja así? 

Te cuento: alguien que vive con el VIH puede llegar a viejo sin jamás enfermar de SIDA, y en el camino probablemente te enfermes más tú porque en una de esas, quizá no eres tan consciente y responsable como él del cuidado de tu salud; puedes vivírtela teniendo sexo con alguien que es portadora o portador del VIH sin jamás infectarte, siempre que tengas las mismas precauciones que “se supone” usualmente tienes cuando ejerces tu sexualidad. Por otra parte, ya sabes que el VIH no se transmite por un beso, un abrazo, un cachondeo ni situaciones por el estilo. Entonces, ¿a qué esperas?
Si estás en el proceso de tomar una decisión de este tipo, te invito a profundizar en este tema en los centros de atención en los que ofrecen consejería acerca del VIH; te recomiendo particularmente a la Clínica Especializada Condesa (calle Benjamín Hill 24, en la colonia Condesa de la Ciudad de México), googléala.
Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Los amorosos… y el fantasma del SIDA

Para muchas personas, lograr una relación de pareja exitosa es un tópico crucial en el camino a consumar sus proyectos de vida; claro que para muchas otras hay temas más trascendentales hacia los cuales dirigir su atención. No todo el mundo busca estar en pareja, y entre quienes sí eligen este estilo de vida, tampoco todos, ni todas enfrentamos los mismos retos en el camino.

Imagina por ejemplo, que vives con VIH. Pongamos que el proceso de aceptación de tu seroestátus ya está resuelto y no te causa bronca vivir con el virus; ya sabes que muy probablemente no vas a morirte y estás en paz contigo porque sabes cómo cuidarte y te has estado poniendo las pilas para tener una excelente calidad de vida. ¿Qué es lo que sigue?, pues probablemente si tu proyecto de vida está configurado así, lo que sigue es encontrar alguien con quien hacer pareja.

Viene entonces un reto nuevo: ya que conociste a un buen candidato o una buena candidata para iniciar la relación, ya que has avanzado lo suficiente y empiezas a sentir bonito con su presencia, te preguntas en qué momento y de qué manera le vas a decir que vives con el virus del VIH. ¿Y si se espanta?, ¿y si te rechaza? La incertidumbre es tal, que son muchas las personas portadoras del virus que prefieren no arriesgarse al rechazo y evitan iniciar cualquier relación para no salir lastimados, pese a tener esta habitual necesidad de integrarse a una pareja.

lunes, 2 de enero de 2012

El A, B, C de los propósitos de año nuevo

Desde tiempos inmemoriales, hombres y mujeres hemos celebrado las fechas decembrinas como un símbolo de algo que acaba y de algo nuevo que inicia; todavía antes de que diciembre fuese el décimo mes del calendario romano y recibiera por eso el nombre con el que hoy le identificamos, ya había fuegos que ardían para llevarse lo viejo y rituales de renovación, desprendimiento y esperanza que le daban forma a lo que estaría por venir. Por eso entre las tradiciones occidentales, todavía mantenemos la costumbre de formularnos propósitos para el año que sigue, para renovarnos y dejar atrás viejos aspectos de lo que no nos gustaba de nosotros mismos; es el modo en que hacemos frente a los primeros momentos del porvenir y nos comprometemos a ser mejores seres humanos. 

Si bien los propósitos de año nuevo suelen englobarse en los temas de salud, relaciones interpersonales y finanzas, pueden volverse objeto de frustración para quienes se lo toman en serio, pero no planean adecuadamente sus objetivos. Recuerda que el primer paso para alcanzar cualquier meta, siempre será el describirla adecuadamente: los propósitos inalcanzables son el camino más corto hacia la frustración. Cuando pienses tus propósitos para el 2012, date tiempo para escribirlos en un sitio visible: una agenda que efectivamente vayas a utilizar, un pizarrón o de perdida como notitas sobre el refri. Ten mucho cuidado de ser el o la protagonista central de esos objetivos, no se vale decir: “este año lograré que Martha baje de peso” o “ahora si convenceré a Felipe de que se case conmigo”, metas así no están completamente en tus manos, no las vuelvas tu proyecto personal 2012.

¿En verdad lo que te has propuesto es algo que tiene sentido para ti, o es algo que otros te presionan para que hagas?; un objetivo que es legítimamente tuyo, va a generarte mayor motivación para alcanzarlo. Visualiza cambios pequeños o moderados, piensa que cualquier cambio que hagas traerá consigo otros cambios; en todo caso, cuando alcanzas un objetivo, puedes elegir o no llevarlo a un nivel más alto. 

Por eso, ¿qué tal si en lugar de exigirte dejar de fumar, dejas nada más de hacerlo en la casa, o solamente echarte un cigarrito después de las comidas?, si funciona podrías pensar en no fumar en el auto también, o echarte el cigarrito solo después de la comida; tal vez en lugar de tratar de ir al gym diario, baste con que vayas dos o tres veces por semana para empezar, ya después quizá decidas ir un día extra. Ten presente que las personas cambiamos a partir de procesos, pocas veces hacemos algo de la noche a la mañana, y los propósitos de año nuevo no son la excepción.
Busca cómplices, eso realmente funciona. Para cada propósito que quieras cumplir, piensa en alguien a quien puedas involucrar: un amigo, tu hermana o tu pareja. Platícale qué propósito tienes y haz una apuesta con él o con ella, o invítale a inscribirse contigo a esa actividad que te interesa, o pregúntale si le gustaría hacer contigo ese viaje que planeas.
Dale continuidad a los cambios que lograste el año pasado: has memoria y ubica qué cambiaste en el 2011, una vez que identifiques cambios pequeños en ese año, llévalos a un nivel más alto en el 2012. Describe tus propósitos de una manera medible y cuantificable, no basta decir “dejaré de fumar”: si antes fumabas 15 cigarrillos por día, proponte solamente fumar 5; no digas “haré ejercicio”, en lugar de eso prográmate a 3 días de gym, etcétera. Y no te olvides de visualizar cómo, dónde y con quién vas a celebrar haber alcanzado cada uno de tus objetivos; eso hará que te emocione más lograr tus metas.
En conclusión, idea tus propósitos de un modo alcanzable y con objetivos que estén enteramente en tus manos, piensa en cambios pequeños o moderados y escríbelos; después compártelos y busca cómplices, esfuérzate lo necesario, pero con paciencia, y celebra con alguien cada vez que alcances alguno. Cada vez que cumplas tus objetivos te sentirás más a gusto contigo, no solamente porque te vuelvas mejor persona, sino porque tendrás evidencias de que puedes lograr las cosas que te propones.
Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

El A, B, C de los propósitos de año nuevo

Desde tiempos inmemoriales, hombres y mujeres hemos celebrado las fechas decembrinas como un símbolo de algo que acaba y de algo nuevo que inicia; todavía antes de que diciembre fuese el décimo mes del calendario romano y recibiera por eso el nombre con el que hoy le identificamos, ya había fuegos que ardían para llevarse lo viejo y rituales de renovación, desprendimiento y esperanza que le daban forma a lo que estaría por venir. Por eso entre las tradiciones occidentales, todavía mantenemos la costumbre de formularnos propósitos para el año que sigue, para renovarnos y dejar atrás viejos aspectos de lo que no nos gustaba de nosotros mismos; es el modo en que hacemos frente a los primeros momentos del porvenir y nos comprometemos a ser mejores seres humanos. 

Si bien los propósitos de año nuevo suelen englobarse en los temas de salud, relaciones interpersonales y finanzas, pueden volverse objeto de frustración para quienes se lo toman en serio, pero no planean adecuadamente sus objetivos. Recuerda que el primer paso para alcanzar cualquier meta, siempre será el describirla adecuadamente: los propósitos inalcanzables son el camino más corto hacia la frustración. Cuando pienses tus propósitos para el 2012, date tiempo para escribirlos en un sitio visible: una agenda que efectivamente vayas a utilizar, un pizarrón o de perdida como notitas sobre el refri. Ten mucho cuidado de ser el o la protagonista central de esos objetivos, no se vale decir: “este año lograré que Martha baje de peso” o “ahora si convenceré a Felipe de que se case conmigo”, metas así no están completamente en tus manos, no las vuelvas tu proyecto personal 2012.


domingo, 20 de noviembre de 2011

Soltería gourmet, un estilo de vida delicatessen.


“Supongamos que yo quiero que Fernando me escuche, que me abrace, que esté conmigo porque hoy no me vasto yo solo. Y supongamos que Fernando no quiere.
Incluso supongamos que Fernando no me quiere.
Entonces, en lugar de quedarme llorando, en lugar de manipular la situación para obtener de Fernando lo que él no quiere darme, en lugar de buscar que él me necesite, me tenga lástima, que me odie o que me tema, en lugar de ese perverso recorrido, quizá pueda preguntarle a María Inés si quiere quedarse conmigo.
Yo no me basto, pero tampoco necesito de Fernando, sino de mí. Yo sé lo que necesito, y si Fernando no quiere dármelo, quizá María Inés…
Y si Fernando no tiene para mí lo que necesito, y si María Inés tampoco, quizá yo pueda seguir buscando hasta encontrarlo.
¿Dónde sea?
Si, donde sea.”
 -Jorge Bucay

Con estas palabras el autor de El camino de la autodependencia describe lo que entiende por justamente ese concepto: la autodependencia. Bucay identifica que no hay un ser humano independiente o que no necesite de los demás, logística o emocionalmente, pero piensa que es una necedad buscar que sea una única persona en específico la que deba satisfacer nuestras necesidades. No es buena estrategia pretender que una persona se haga cargo de lo que yo necesito, porque si esa persona no quiere o no puede, entonces trataré de obligarla, ya sea por coerción o chantaje.

A Bucay su texto le sirve para hablar de la autodependencia, pero a mí me es útil para referirme a la soltería. ¿Te has dado cuenta cuán poca atención ponemos sobre este tema?, cuando se habla de soltería, uno escucha con pesar, contrastándolo con el “estar en pareja” y definiéndolo como “la ausencia de una relación”, del mismo modo que definimos la enfermedad como la ausencia de salud. Pero ¿en verdad la soltería es un estado de carencia, o un tiempo perdido que queda atrapado en la insípida espera del ser amado? Ver la soltería como un estilo de vida indeseable nos impide detectar las delicias de estar soltero o soltera y puede arrastrarnos sin querer a descalificar al hombre o mujer que no tiene una relación “como dios manda”. Dime, ¿qué piensas de una mujer ya entrada en su sexta década de vida y que jamás se ha casado?
En la sociedad que conformamos, descalificamos a las personas que no tienen una relación de pareja mediante una variopinta colección de adjetivos que no me detendré a mencionar, pero que tienen un peso considerable en el autoconcepto de las y los solteros. Por eso, tanto las unas como los otros se presionan por encontrar pareja lo antes posible para poder satisfacer una demanda social. Vamos, evidentemente hay quienes se presionan genuinamente porque desean una relación; pero también hay las que y los que no tienen interés en tener pareja, o si lo tienen pero no están dispuestos o dispuestas a sacrificar su actual estilo de vida por el mantenimiento de una relación: quizá se trate de dejar de asistir dos horas diarias al gimnasio, o tal vez de mudarse a su casa para vivir juntos, o reducir al mínimo la cantidad de parejas sexuales, etcétera; el punto es que hay quienes no tienen una necesidad real, pero viven la presión de que “no está bien no tener pareja”.
Con esto salta un poco a la vista las virtudes de la soltería, al menos en lo que a libertades refiere. ¿Son mayores las ventajas de estar soltero que las de estar en una relación?, no. ¿Son menores las ventajas de estar soltero que las de estar en una relación?, tampoco. Ambas condiciones tienen tantos pros como contras en su haber; ninguna es mejor, solamente son distintas.
Pero regreso al punto en el que la presión social y el mito de “estar en pareja es estar mejor”, impiden que la soltería sea un bufet que el soltero o la soltera puedan saborear a sus anchas. ¿Cómo hacer para lograr una soltería gourmet? El primer paso remite a las palabras de Bucay: si Fernando no me da lo que necesito, lo buscaré con María Inés. Es simple, si nos permitimos no apegarnos. Todo cuanto necesitas de una relación de pareja puedes obtenerlo de una red social suficientemente diversificada: para la necesidad de compartir momentos memorables, la necesidad de sentirte querida o sentirte querido, la necesidad de que alguien te conozca como nadie jamás te haya conocido, la necesidad de sentirte protegida o protegido, o la necesidad de tener alguien a quién prodigarle ternura; para cada una de ellas puedes tener a una amiga o un amigo o varios, o alguien de tu familia. Y si hoy miras a tu alrededor y no cuentas con alguien con quién satisfacer alguna necesidad, busca. ¿Dónde sea?, si, donde sea…
¿Y la necesidad de tener deliciosas experiencias sexuales?, aja… esa también.
Desde la psicología es evidente cómo la salud individual depende en su mayor parte de lo nutrida que sea nuestra red social; por el contrario, cuando una persona cuenta con una red pequeñita y poco diversificada, corre el constante riesgo de sufrir por las crisis y adversidades de la vida. Alguien con una gran red social se repone más rápido y responde mejor a los retos que enfrenta, tiene un mejor autoconcepto de sí y vive más feliz. ¿Quiénes conforman esa red?, esta dichosa red se conforma por aquello que le llaman “la familia de elección”, es decir, los amigos y amigas que has venido incorporando a tu vida, los miembros de tu familia de los que has elegido mantenerte cerca, y todas las personas extra que apenas vas conociendo pero que ya van ganándose para ti un espacio emocionalmente cercano. Por eso tu red social jamás deja de crecer, y gira y se transforma conforme tu misma o conforme tu mismo vas evolucionando.
Así que ahí tienes una manera de disfrutar tu soltería. Existen otras más, una infinidad de ellas que si te das la oportunidad vas a ir descubriendo paulatinamente, pero si quieres comienza por esta que te sugiero. Habitualmente vemos la soltería como un estado transicional que desemboca inevitablemente en el matrimonio, o mínimamente en una idílica vida en pareja; ¿pero qué hay con quienes planean no casarse nunca?, ¿qué hay con la mujer de sesenta años que nunca se casó ni le hizo falta hacerlo? Aunque usted no lo crea, para quien así lo elije, la soltería es un fabuloso estilo de vida, porque estar soltero no significa estar solo, ni significa estar sola, la soltería significa una posibilidad para múltiples y diversas maneras de satisfacer nuestras necesidades individuales, y significa también la posibilidad de estar ahí para escuchar a nuestra vez, las necesidades de nuestros más cercanos compañeros y compañeras de vida.
…aunque si tú no elegiste estar soltero o soltera y sin embargo lo estás, no pasa nada; o al menos no debiera pasar nada. Si sabes no apegarte demasiado a nadie en específico y encontraste el modo de nutrir tus necesidades con la compañía de tus amigos o con personas de tu familia, entonces podrás esperar el tiempo que necesites hasta encontrar a alguien adecuado y sin que la desesperación se convierta para ti en un mal consejero. Recuerda protegerte siempre de las compras de pánico.
Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Soltería gourmet, un estilo de vida delicatessen.

noviembre 20, 2011 Hernan Paniagua

“Supongamos que yo quiero que Fernando me escuche, que me abrace, que esté conmigo porque hoy no me vasto yo solo. Y supongamos que Fernando no quiere.
Incluso supongamos que Fernando no me quiere.
Entonces, en lugar de quedarme llorando, en lugar de manipular la situación para obtener de Fernando lo que él no quiere darme, en lugar de buscar que él me necesite, me tenga lástima, que me odie o que me tema, en lugar de ese perverso recorrido, quizá pueda preguntarle a María Inés si quiere quedarse conmigo.
Yo no me basto, pero tampoco necesito de Fernando, sino de mí. Yo sé lo que necesito, y si Fernando no quiere dármelo, quizá María Inés…
Y si Fernando no tiene para mí lo que necesito, y si María Inés tampoco, quizá yo pueda seguir buscando hasta encontrarlo.
¿Dónde sea?
Si, donde sea.”
 -Jorge Bucay

Con estas palabras el autor de El camino de la autodependencia describe lo que entiende por justamente ese concepto: la autodependencia. Bucay identifica que no hay un ser humano independiente o que no necesite de los demás, logística o emocionalmente, pero piensa que es una necedad buscar que sea una única persona en específico la que deba satisfacer nuestras necesidades. No es buena estrategia pretender que una persona se haga cargo de lo que yo necesito, porque si esa persona no quiere o no puede, entonces trataré de obligarla, ya sea por coerción o chantaje.


viernes, 30 de septiembre de 2011

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Dime quien eres... y sabre que identidad tienes

“Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que siempre soñó de sí misma”
-La Agrado, en Todo sobre mi madre

Si te llamo por tu nombre y te pregunto quién eres, ¿qué sería lo primero que responderías? La identidad es esa explicación que haces de ti, tan simple o tan compleja como tú mismo o como tú misma quieras describirte. Cada persona desde el momento en que nace, afronta el reto de convertirse en el tipo de ser humano que va soñando ser, y ese sueño y esas ganas de un “yo ideal” es la primera piedra para la elaboradísima estructura de su identidad, y el primer paso en el camino de alcanzarla.

Se dice por ahí que construimos nuestra identidad cuando somos más jóvenes, y una vez que nos hacemos adultos, la identidad queda terminada e inquebrantable. Se habla mucho de crisis de identidad o de búsquedas por la identidad que son un reflejo del buen o mal trabajo que he hecho al constituir este quien creo y afirmo que soy.

Sin embargo no es tan simple: mi identidad es la definición que voy haciendo cada día de mí mismo (o de mi misma) y la voy modificando conforme tengo experiencias en mi vida que me demanden redefinirme y reinventarme; tantas veces como sea necesario, tan intenso como me sea necesario. Por eso no hay una etapa en la vida en que mi identidad o mi propio concepto de quien soy, quede terminado; trabajo en ello cuando niño, y trabajo en eso también cuando soy anciano.

Por supuesto que no es lo mismo empezar desde cero, como cuando somos chicos, que dar continuidad a algo que ya iniciamos siendo jóvenes, adultos o ya de mayores. Es como construir un edificio: lo rudo es empezar con los cimientos y ponerle paredes, pero después ya se trata nada más de afinar detalles y remodelar  de vez en cuando. De ahí que un adolescente ponga tanta energía y énfasis en definir quién es y en lo distinto que es del resto de las personas (particularmente de sus padres).

Hay momentos en la vida en que vivimos grandes confrontaciones a nuestra identidad, justo la adolescencia es una de ellas y la más significativa; posteriormente llegan otros retos a vencer como las crisis de la edad o los cambios de estatus social, como la graduación de la universidad, el matrimonio, el divorcio y demás. En lo demás, la vida es un constante devenir de pequeños cuestionamientos acerca de quién decimos que somos, pequeños retos cotidianos que no debemos dejar acumularse para que a la larga no se vuelvan un gran problema.

Eso que llaman “búsqueda de la identidad” es más una frase hecha a la que le hacemos copy & paste, que un concepto cabalmente reflexionado. Los seres humanos no buscamos una identidad, porque no funciona del modo en que yo vaya caminando por la calle y de pronto diga: “caramba, una identidad…!!” y entonces al ver que no es de nadie me la ponga y siga feliz por la vida felicitándome de mi buena suerte de haberme encontrado una identidad. No. Yo ya tengo una identidad y la llevo conmigo a donde quiera que voy; sin importar cuán confundido me mantenga ante la vida o poco responsable sea yo de mí mismo, no importa si soy psicótico, neurótico, maniático o estrambótico, ya tengo una identidad.

Puede que sea chiquita y esté rota, pero es mi identidad.

Lo que si hago cotidianamente es escuchar los mensajes que recibo de la vida y que me dicen que debo madurar o tener mayor valor para afrontar los conflictos, o que debo ser más alivianado o comprometerme más, o ser más sociable, o qué se yo. Entonces escucho, y si quiero llevarme bien con la vida, cambio la definición que hago de mi persona a través de una prolongada cadena de decisiones del tipo: “atreverse a…”.

Una señora del antiguo Polanco, habituada a codearse con la alta sociedad, pero que ha entrado en un declive económico, debe “atreverse a” no vivir con tanta ostentación y habituarse a la austeridad. Un hombre que se ha divorciado luego de 35 años de matrimonio continuo debe “atreverse a” volver a socializar y conocer personas. Si una no elige hacer los ajustes menores en la definición que hace de sí misma, su economía tronará y se verá obligada a hacer un GRAN ajuste y encarar una nueva identidad como señora desamparada y en quiebra; si el otro no opta por hacer un ajuste menor a su identidad y permitir abrirse a nuevas relaciones, estará virtualmente obligado a afrontar una nueva identidad de sí mismo como hombre aislado y solitario.

La gran belleza del modo en que funcionan nuestras identidades es que siempre pueden ser distintas conforme lo vayamos necesitando; siempre podremos ser mejores a través de nuestras identidades. La definición que hago de mí mismo es el marco dentro del que tomo cada una de mis decisiones: si yo me veo a mi mismo como un hombre sociable, las decisiones que voy a tomar van a ser decisiones sociables, si soy alguien maduro, difícilmente me atrevería a tomar decisiones de manera irreflexiva. Mi identidad orienta qué clase de elecciones hago, y esas elecciones constituyen a la larga el tipo de vida que yo tengo.

O sea, el tipo de identidad que me he construido se manifiesta en el tipo de vida que llevo. Si de repente no me gusta la vida que tengo, cambio mi identidad, me “atrevo a” tomar decisiones diferentes a las que he venido tomando, y ya está.

Ok, no es tan sencillo. No es sencillo porque habitualmente no identificamos la relevancia que tiene el cómo nos vemos a nosotros mismos y a nosotras mismas sobre la forma en que vamos construyendo nuestras vidas: no ubicamos que si me siento un perdedor, tendré la vida de un perdedor. No, tampoco estoy sugiriendo que te mires al espejo repitiéndote cien veces “no soy un idiota cualquiera, soy un idiota excelente!”; no. Lo que estoy sugiriendo es que revises las supuestas “verdades” que tienes acerca de ti misma o de ti mismo para que identifiques la clase de oportunidades que puedes o no permitirte a partir de esas premisas.

Ejemplo: Felipito es un hombre que cree firmemente que tiene pocas oportunidades porque solamente estudió hasta el bachillerato, y entonces en cada ocasión en que se encuentra una buena oportunidad laboral, él no se postula como candidato a esa plaza porque “sabe” que no se la van a dar.

Obvio, no se la dan porque jamás aplicó para ese puesto, y al hacer retrospectiva y evaluar el conjunto de (malos) trabajos que ha tenido en los últimos años, Felipito confirma que efectivamente el tipo de vida que tiene (de bajos ingresos y escasas oportunidades) se debe a que no terminó el bachillerato. Él no toma en cuenta que ha acumulado una experiencia práctica que compensa con creces la falta de estudios académicos y que pudo haber sido buen candidato para más de un puesto que él mismo dejó pasar; no se entera que el problema que tiene no es el de haber elegido mal en el pasado, sino la actitud que mantiene hacia sí mismo en el presente.

El problema está en la actitud, y la actitud  proviene de nuestras creencias. ¿Puedes o no puedes?, tanto si dices que si, como si dices que no, en cualquiera de los casos vas a tener razón, porque lo que tú crees moviliza tus actitudes y ellas a su vez son el motor de tus acciones.

Tu identidad entonces, es el conjunto de creencias que tienes hacia ti mismo o que tienes hacia ti misma. ¿Quieres cambiar tu vida?, cambia las creencias que tienes de ti sin importar cuánto esfuerzo creas que puede costarte.

Si, vivimos una crisis social de identidades. No se trata de que los chavitos se hagan emos o ninis o cualquier otra categoría social que nosotros les impongamos; se trata de que allá afuera hay un montón de personas a quienes no les gusta su vida y que se sienten atrapadas por la creencia resignada de que no tienen una salida. No somos conscientes del impacto de nuestras identidades ni del modo en que al hacernos responsables de vernos como queremos vernos, moldeamos nuestras vidas a nuestro antojo.

¿Qué tanto te pareces tú a lo que siempre has soñado de ti? Hazte responsable de quién vas siendo día a día y atrévete a lo que nunca te has atrevido pero siempre has tenido ganas de hacer. Afronta el riesgo y cambia tus creencias; cada vez que te atrevas a algo distinto y resulte bien, tendrás una evidencia de que el cambio correcto va en esa dirección. Lleva una bitácora, toma notas del experimento: registra a qué vas a atreverte mañana y ponle una palomita cuando hayas tenido éxito. Al final del mes cuenta las palomitas. Presume tus cambios con tus amigos, permítete mostrarte a los demás como alguien distinto y explora más esa nueva mejor versión de ti; habla de ella, vuélvela real. Tu vida es la consecuencia de tus creencias, ¿qué crees qué estas esperando?

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C