miércoles, 3 de octubre de 2012

Vivir para trabajar

que la muerte pierda su asquerosa puntualidad
que cuando el corazón se salga del pecho
pueda encontrar el camino de regreso
que la muerte pierda su asquerosa
y brutal puntualidad
pero si llega puntual no nos agarre
muertos de vergüenza
Mario Benedetti, poeta (1920 – 2009)

Probablemente todo inició al comienzo del tiempo, cuando dios “condenó” a hombre y mujer a trabajar para ganarse el pan que les da sustento; al menos según el mito judeocristiano. De ahí en adelante pareciera que incluso hoy en día, todavía miramos el trabajo diario como un castigo inevitable; algo a lo cual resignarnos. Basta que paremos tantito la oreja a media calle, en una banqueta concurrida, para escuchar los comentarios de los transeúntes camino a sus oficinas y entender sin mucha complejidad la opinión que ellos y ellas tienen de su chamba*: “pues voy al trabajo, ya que”, “yo aquí, haciendo como que trabajo para que ellos hagan como que me pagan”, “ya merito es fin de semana”, etcétera.

Y efectivamente navegamos cada semana anhelando el fin. El lunes es el comienzo de nuestra tortura, el martes la consumación; el miércoles es un respiro que se interrumpe cuando el jueves trae su pinta de “y cuando despertó, su trabajo seguía ahí”. El viernes sabe rico porque la jornada semanal ya va amainando, pero no se puede cantar victoria sino hasta que ese día termina y triunfalmente podemos declararnos en sábado. Entonces nos regodeamos alegremente del placer sabatino; pero cuando acaba, el agridulce domingo nos dice que el fin de semana está a un tris de terminar. Y luego de nuevo es lunes y el círculo sin escapatoria da otra lenta vuelta más.

¿Será que esto es alguno de los escenarios perdidos entre los que describe Dante en el infierno de su Comedia divina?

Así al infinito. Grosso modo, vivimos la vida anhelando el final del día, el final de la semana, el final de la quincena; sobrevivir lánguidamente con el fin de mes en la mira. Cualquiera de mente menos compleja podría entender esta dinámica en el sentido de creer que nosotros anhelamos el final de nuestra vida; y puede que no estuviera tan equivocado, pues en una de esas, efectivamente es un anhelo a cuentagotas. De repente un año se termina, y nos preguntamos a dónde fue que nos duró tan poco.

¿Qué dios cruel nos impuso tal condena del trabajo? Según Federico, aquél prusiano que fuera hijo de la muy respetable Elizabeth Engels, ningún dios nos castigó con nada; el estaba convencidísimo de que el trabajo dignifica y desarrolla al ser humano.

Engels opinaba que hombres y mujeres dejamos de ser changos en aquellos tiempos prehistóricos gracias a que vimos la posibilidad de trabajar, o sea, de realizar actividades entre nosotros que en suma generaban productos más grandes de lo que individualmente podríamos conseguir. Él cree que gracias al trabajo en invierno usamos guantes con el dedo pulgar opuesto; él cree que gracias a la invención del trabajo tenemos guantes que calzar en nuestras manos, ciudades donde vivir, e internet que podemos usar para publicar nuestras intimidades cuando estamos aburridos. Engels hoy podría afirmar que el trabajo nos da el control sobre nuestro entorno, posibilitándonos construir el mundo a nuestro gusto, posibilitándonos incluso, construirnos a nosotras y nosotros mismos a nuestro gusto.

Pero Engels está muerto, así que tendrá que aguantarse las ganas de decir nada.

La tierra, como el orgasmo, es de quien la trabaja; o algo así afirmó Zapata en algún momento. Los seres humanos necesitamos tener un sentido de pertenencia hacia las cosas, los lugares y también hacia las personas que nosotros o nosotras elegimos. Ese vínculo lo construimos con la interacción emocional: sufriéndolo, involucrándonos, haciendo planes, frustrándonos, felicitándonos o resolviendo los percances con los que tropecemos en el camino. Nada valoramos más que aquello que nos cuesta trabajo, a nadie queremos más que a la persona con la que hemos superado las peores circunstancias; porque en general, la vida es de quien la trabaja.

Y la vida, al menos en la sociedad latinoamericana de hoy, es hasta un 75% trabajo: vamos, diariamente convivimos más con los compañeros de la oficina que con nuestras propias familias, pasamos más horas del día en la chamba que en casa, y tenemos más preocupaciones asociadas al trabajo que a nuestra mismísima vida personal. Y sin embargo, es particularmente en nuestro trabajo donde claudicamos el control y la responsabilidad de nuestras vidas.

Llegamos al trabajo y nos volvemos robots operativos, si creatividad ni iniciativa, haciendo simplemente lo que se espera que hagamos. Y nuestros sueños o proyectos personales los dejamos para nuestros  tiempos libres, cuales quiera poquitos que estos sean. Permanecemos cotidianamente resolviendo bomberazos, atendiendo lo urgente, postergando nuestra propia vida y a las personas y proyectos con los que decimos estar involucrados. Nuestro universo significativo se vuelve un cubículo de dos por dos metros y ahí termina la historia.

Cuando dedicamos nuestra vida al trabajo, el tiempo pasa vertiginoso y sin espacios para nosotros, y caemos en la fantasía de que cosas espantosas sucederían si detenemos el tiempo y nos tomamos un respiro para saludar a alguien que nos es importante, o para comer un helado como hacía mucho no lo hacíamos; tal vez para revivir un viejo pasatiempo, ir nuevamente al gym o lanzarnos al cine. Cuando vives para trabajar, no puedes darte semejantes lujos; cuando has visto que una cafetera o una computadora se detengan a comerse un sándwich.

Manejado de esa forma, el trabajo siempre será una tortura; pero sólo cuando lo manejo de esa forma. Quizá, si no tengo cuidado, al término de mi tiempo laboral productivo el fin de los años también me llegue y puede que no haya aprendido todavía a relacionarme con la vida de otra forma que distinta a estar trabajando. Puede que tal como puntualmente semana a semana, quincena a quincena lo fui deseando, y la muerte me llegue, llame a mi puerta y me pregunte cómo es que me fue con este negocio de estar vivo; en una de esas le sabré contestar, pero también puede que me agarre en curva, y así de desprevenido, me dé solo por morirme de vergüenza.

* Chamba: trabajo, empleo.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Vivir para trabajar

octubre 03, 2012 Hernan Paniagua
que la muerte pierda su asquerosa puntualidad
que cuando el corazón se salga del pecho
pueda encontrar el camino de regreso
que la muerte pierda su asquerosa
y brutal puntualidad
pero si llega puntual no nos agarre
muertos de vergüenza
Mario Benedetti, poeta (1920 - 2009)

Probablemente todo inició al comienzo del tiempo, cuando dios “condenó” a hombre y mujer a trabajar para ganarse el pan que les da sustento; al menos según el mito judeocristiano. De ahí en adelante pareciera que incluso hoy en día, todavía miramos el trabajo diario como un castigo inevitable; algo a lo cual resignarnos. Basta que paremos tantito la oreja a media calle, en una banqueta concurrida, para escuchar los comentarios de los transeúntes camino a sus oficinas y entender sin mucha complejidad la opinión que ellos y ellas tienen de su chamba*: “pues voy al trabajo, ya que”, “yo aquí, haciendo como que trabajo para que ellos hagan como que me pagan”, “ya merito es fin de semana”, etcétera.

Y efectivamente navegamos cada semana anhelando el fin. El lunes es el comienzo de nuestra tortura, el martes la consumación; el miércoles es un respiro que se interrumpe cuando el jueves trae su pinta de “y cuando despertó, su trabajo seguía ahí”. El viernes sabe rico porque la jornada semanal ya va amainando, pero no se puede cantar victoria sino hasta que ese día termina y triunfalmente podemos declararnos en sábado. Entonces nos regodeamos alegremente del placer sabatino; pero cuando acaba, el agridulce domingo nos dice que el fin de semana está a un tris de terminar. Y luego de nuevo es lunes y el círculo sin escapatoria da otra lenta vuelta más.


jueves, 13 de septiembre de 2012

Fidelidad, ¿una violencia normalizada?

Infidelidad: según Wikipedia proviene del latín infidelĭtas, -ātis, e implica obviamente el incumplimiento de un compromiso de fidelidad. ¿Pero qué es fidelidad?

La fidelidad, y vuelvo a copiarlo de Wikipedia, tiene un significado vinculado con la lealtad (de una persona para con un señor o un rey) y la atención al deber; la palabra “fidelidad” deriva de la palabra fidelitas (latín), y su significado es servir a un dios. Estas acepciones hablan de sometimiento y describe una dinámica vertical y jerárquica de una persona que domina a otra; pero aunque resulta chocante una concepción así en el contexto de las relaciones de pareja, la incongruencia se explica con un poquito de paciencia y dos tantos de perspectiva histórica, veamos: la fidelidad se volvió un tema relevante en la Edad Media, cuando las instituciones eclesiásticas convencieron a las parejas de que cada mujer solamente debía de tener una pareja sexual en la vida, y los hombres demandaron esta premisa como un derecho de nacimiento así, por el puro hecho de ser hombres.

Ellos eran los propietarios de los bienes económicos, e impidiendo que ellas tuvieran hijos de otros hombres, garantizaban que la herencia de su patrimonio (del latín patri que significa ‘padre’, y onium: ‘recibido’) pasara exclusivamente a manos de sus propios hijos varones. Entonces, en la Europa medieval la exigencia de la fidelidad estaba dirigida a las mujeres, y los hombres podían contratar cortesanas y prostitutas, mantener amantes o hacer con su vida sexual cuanto les apeteciera, pues esas actividades no vulneraban la estructura económica ni agobiaban a nadie.

Apuntemos entonces que la fidelidad surgió tras la caída del Imperio Romano para amarrar a las mujeres al núcleo de la relación matrimonial. ¿Qué tanto han cambiado estas nociones desde la Edad Media hasta nuestro tiempo?; veamos, ¿hoy quien recibe el peor juicio social por ser infiel: un hombre o una mujer?, ¿a cuál se le ataca con peores adjetivos?, ¿qué tan sencillo es para una mujer divorciada casarse de nuevo, y cuando lo es en comparación para un hombre? De respuesta en respuesta, quizá descubramos que de la Edad Media al siglo XXI nuestra forma de pensar no ha evolucionado demasiado. Puede que incluso, si me lo permiten, continuemos preservando valores que lejos de ser universales, resultan anacrónicos y descontextualizados para nuestro tiempo.

Y entonces nos regresamos a las definiciones de Wikipedia, quien hace el favor de explicarnos la fidelidad a través tanto de la lealtad hacia un señor o un rey, como del deber adquirido a partir de la sumisión. ¿Será efectivamente que todavía hoy demandar lealtad es exigir sometimiento?; en una de esas, sería posible incluso que en pleno siglo XXI todavía entendamos las relaciones de pareja como una obligatoriedad con el otro (en vez de un compromiso personal), una renuncia a los proyectos individuales y la incorporación en nuestra vida de una nueva autoridad a la que rendirle cuentas. En cualquier caso, si la definición en la enciclopedia virtual es pertinente, entonces aceptaríamos que dentro de las relaciones de pareja regidas primordialmente por la demanda de fidelidad, no existiría una relación equitativa y “pareja”, en toda la extensión de la palabra.

Hoy en día uno encuentra en los escenarios clínicos, un montón de parejas que asisten al médico porque ella, toda magullada, “nuevamente se ha caído por las escaleras”, o “se pegó accidentalmente con la puerta… repetidas veces”; en los consultorios de psicoterapia ellos declaran sentirse descalificados y creen que solamente se les valora porque llevan dinero a casa: “solamente tenemos sexo en días de quincena”, me comentaba compungido alguien por ahí. ¿Qué es lo que sucede?, ¿porqué recurrir a estrategias terroristas dentro de la pareja, si la relación es efectivamente “pareja”?, ¿porqué hay mujeres golpeadas por el hombre que dice que las ama, y hombres descalificados consistentemente por ellas?

Esto es violencia, y el objetivo de la violencia SIEMPRE es el control sobre el otro (o sobre la otra) y su dominación; y si no quieres ser violentada o violentado, tendrás que someterte de antemano. Violencia es tanto un golpe que deja moretón, como uno que no; es impedirte hacer tu vida, responsabilizarte a ti por mis emociones o incluso por los quehaceres domésticos, quererte por el grosor de tu billetera, impedirte nutrir tu autoestima, serte un estorbo para que te desarrolles y accedas a las mejores versiones de ti mismo o de ti misma. Se trata de un control para protegerme a mí, para yo ser quien saque el mejor partido de esta relación y sea el mayor beneficiario o la mayor beneficiaria de nuestra vida en pareja; se trata de que no te me salgas del huacal porque aquí yo tendré la relación que deseo, aún a costa y a  pesar de ti.

¿Quién en su sano juicio querría quedarse en una relación así?

Cuando la violencia en cualquiera de sus formatos está presente, por donde lo veas es imposible una relación igualitaria, es decir, ahí no habría una pareja. Cuando dos personas viven en una dinámica de violencia y control, ambas se van a enfrascar en una relación donde unas veces domino yo, y otras veces me dominas tú; pero nunca quedamos al mismo nivel de circunstancias; y entonces para no quedarme si ti y terminarte ahuyentando por el ejercicio que hago de la violencia, o tu ahuyentándome por el ejercicio que haces de la violencia sobre mi, invocamos el santo deber de la fidelidad para que te quedes conmigo y yo contigo, por muy mal que marchen las cosas, pero sin un interés de modificar nuestra dinámica o de propiciarte y propiciarme una vida mejor porque no hay autocrítica sino un mal hábito. Los seres humanos al final a todo nos acostumbramos.

El juego de ejercer la violencia siempre es un partido de ping pon donde ambos continuamente devuelven la pelota, solo que los hombres hemos aprendido a ejercer la violencia de manera principalmente física y económica, y las mujeres ponderan  las formas emocionales o psicológicas, pero al final todas esas formas son la misma violencia y tienden a destruir el aplomo de las personas, su propia estima de sí y su salud física y emocional a corto o mediano plazo.

En este contexto, ¿la fidelidad es un ejercicio de violencia?; ¿qué tal que en una de esas la fidelidad normaliza el ejercicio de la violencia, volviéndola invisible?

Más allá de Wikipedia, cada pareja hoy en día define “fidelidad” muy a su manera. A veces la entienden como una lealtad emocional que no involucra lo sexual, a veces solamente implica la cuestión económica; en algunos escenarios más tradicionales, tiene una connotación total exclusividad en palabra, pensamiento, obra y omisión. Hasta ahí, cada quien promete lo que cree capaz de cumplir; pero ¿qué condiciones debería yo de cubrir para visualizarme con la autoridad de demandarle a otra persona adulta que no busque otro placer que el que yo puedo brindarle, que no busque otra relación significativa que la que mantiene conmigo o que no piense en otro más que en mi?

¿Realmente me considero tan omnipotente como para lograr ser el TODO para otra persona?, a veces yo mismo no me soy suficiente a mí, ¿puedo imaginarme siendo suficiente para alguien más?; de la soberbia a la más llana ingenuidad. Sobre los hechos, las parejas que colocan la fidelidad rígida (esa que abarca la exclusividad ante absolutamente toda necesidad emocional que te puedas imaginar) como el valor más importante de su relación, son parejas que se terminan aislando del mundo porque frecuentar amistades causa conflicto, lo mismo que asistir a eventos sociales o ver a las familias de cada quien. Hay suspicacia por las actividades a donde solamente va uno y no ambos, temor ante los mensajes de celular que recibes yo no leo, de los mails ni se diga o de los compañeros en el trabajo, y de ahí agrégale lo que se te ocurra dentro de un pavoroso etcétera.

Con tantas prohibiciones ambos acaban renunciando a los múltiples factores que enriquecían sus vidas y lentamente, tras tantas renuncias sus personalidades se van marchitando. El otro integrante de la relación lentamente se va volviendo el único estimulo de mi existencia y yo voy demandándole cada vez más, y más… lo que me hubiera nutrido con mis amigos, se lo pido a ella; lo que hubiera recibido de mis pasatiempos, se lo pido a ella; el cariño de mi familia, mi realización profesional, mi independencia, todo eso se lo pediré a ella porque al final ella sera lo único emocionalmente cercano a quien ahora yo soy.

¿Qué haría entonces sin ti, ahora que te has convertido en mi mundo?

A veces la fidelidad como meta se vuelve el pretexto para la violencia, para esa cadena de prohibiciones y expectativas incumplibles que despiertan las pequeñas venganzas cotidianas; y la pareja se mantiene, porque mientras mayor es el tiempo que pasan juntos, más difícil es que cada cual pueda llegar a aceptarse viviendo sin el otro. El peligro de tomarse la fidelidad demasiado en serio es que a la larga lo que nos vincule en pareja no sea el amor, sino una versión triste y casera del Síndrome de Estocolmo.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Fidelidad, ¿una violencia normalizada?

septiembre 13, 2012 Hernan Paniagua
Infidelidad: según Wikipedia proviene del latín infidelĭtas, -ātis, e implica obviamente el incumplimiento de un compromiso de fidelidad. ¿Pero qué es fidelidad?

La fidelidad, y vuelvo a copiarlo de Wikipedia, tiene un significado vinculado con la lealtad (de una persona para con un señor o un rey) y la atención al deber; la palabra "fidelidad" deriva de la palabra fidelitas (latín), y su significado es servir a un dios. Estas acepciones hablan de sometimiento y describe una dinámica vertical y jerárquica de una persona que domina a otra; pero aunque resulta chocante una concepción así en el contexto de las relaciones de pareja, la incongruencia se explica con un poquito de paciencia y dos tantos de perspectiva histórica, veamos: la fidelidad se volvió un tema relevante en la Edad Media, cuando las instituciones eclesiásticas convencieron a las parejas de que cada mujer solamente debía de tener una pareja sexual en la vida, y los hombres demandaron esta premisa como un derecho de nacimiento así, por el puro hecho de ser hombres.


miércoles, 8 de agosto de 2012

Los amigos: tu familia de elección

Hagamos un pequeño juego: cierra los ojos e imagina que han pasado diez años y estás en casa, sentado a la mesa cenando con tu familia. Visualízate, todavía con los ojos cerrados, sintiéndote completamente a gusto, dentro de lo que en toda su extensión puedes llamar hogar; es tuyo, te sientes acompañado y es esa compañía, la de tu familia, la que te hace sentirte fuerte, seguro y poderoso o segura y poderosa. ¿Listo? Abre los ojos y recorre con tu mirada a quien o quienes te acompañan en la mesa. ¿Esta tu pareja sentada por ahí?

La mayor parte de quienes hacen este ejercicio, efectivamente no incluyen a su pareja en la visualización, pues por alguna razón no le consideran como parte de su familia o como su familia en sí; cosa curiosa si consideramos que es con él o con ella con quien construirán un proyecto que presumiblemente habrá de durar toda la vida.

¿Qué es la familia? La actualidad es un momento social en el que los viejos esquemas están siendo desechados para abrir paso a otros nuevos, más ajustados a nuestras necesidades modernas y más realistas. El concepto de familia es uno de ellos. Hasta hace algunas décadas, el modelo familiar estaba integrado por un papá, una mamá, dos o más hijos y hasta un perro de nombre coqueto; pero de repente las mujeres y los hombres descubrieron que el divorcio se valía cuando la situación en la pareja se volvía insostenible, y entonces surgieron familias de un papá, uno o más hijos y un perro, o de una mamá el lugar del papá. También sucedió que jamás existió un papá y quedamos con una mamá soltera, los hijos y el perro, o que la mamá se enamora de su mejor amiga y entonces quedan dos mamás, los hijos y el perro, quizá dos papás; o mejor aún, un papá, una mamá, dos hijos y ningún perro.

Pareciera entonces que no hay en el mundo dos familias iguales: con un papá o dos o ninguno, con dos mamás o solamente una o también ninguna, más de un hijo o ni uno, un perro, dos o la perrera completa, quizás un gato o un dragón de Komodo, hijos naturales, adoptados o la suegra entrometida que no se regresa a su casa, el amigo que llegó hace cinco años para quedarse supuestamente solo unos meses y etcétera; todas estas son posibilidades de un modelo de familia con dinámicas de interacción bien específicas para cada uno. Cada ejemplo que se te ocurra puede, a su vez, ser el modelo de una familia perfectamente funcional.

Entonces, ¿qué es una familia? De lo anterior queda en claro que se trata de un grupo de personas, dos o más, unidos por fuertes lazos entre sí, vínculos emocionales que hacen a cada uno significativo para el otro. Hay interés mutuo, solidaridad, empatía y apoyo, además de planes compartidos que evolucionan a la par de los proyectos de vida de cada quien. Usualmente se trata de personas que comparten un mismo techo, pero no hay una regla que determine que siempre deba ser así. Y finalmente, su finalidad es formar, por así decirlo, un equipo para enfrentar los avatares de la vida. En la familia las personas encuentran el impulso para seguir adelante y pueden estar unidos por lazos de sangre, pero puede también no ser así.

De familias hay muchos tipos, mas para lo que concierne a estas líneas, diremos solamente que existe la familia biológica por un lado y la familia de elección por el otro. Ambas importantes, pero cada cual en su respectiva etapa de la vida.

La biológica es por la que se dice que uno nunca escoge a su familia; es el núcleo social donde naciste: usualmente con un papá y / o una mamá, quizá hermanos o hermanas y a veces también un participante extra como la abuelita, el tío, o ve tú a saber. A través de ella aprendes cómo funciona el universo, conoces los axiomas fundamentales de la vida e identificas el sitio que te toca entre los demás mortales. En esencial durante tu infancia o adolescencia, pero llegado el momento de la independencia, la familia biológica ya no es suficiente.

La familia de elección es la que surge después; es un círculo de confianza al que vas introduciendo, una por una, a las personas que son especiales para ti: como algunos de tus amigos, a tu pareja y a uno que otro selecto miembro de tu familia biológica. La construyes a pulso, con base a un constante ejercicio de ensayo y error, para constituir alrededor de ti el santuario social donde habrás de guarecerte para cobrar fuerzas, crecer y sentirte apoyado, aunque no necesariamente existan lazos de mutua consanguineidad. Esto es especialmente trascendental para chavos gays y chicas lesbianas que requieren de un escenario social en el cual expresar con libertad su estilo de vida homoerótica; por eso no es de extrañar que en el ambiente gay los amigos cumplan una función en extremo relevante, pues constituyen para uno su familia de elección.

Y en las familias hay roles. Cuando se trata de una familia biológica, a todos nos queda claro cuál es el papel que se espera cumpla el papá, o la hermana mayor, pero en el caso de las familias de elección, ¿cómo saber que papel le corresponde a cada quién? En este caso, el tipo de rol estará determinada por la cercanía que cada uno tiene con respecto a ti: hablábamos de un círculo de confianza, donde en el centro estás tú, cerca del centro están quienes son más importantes para ti, como tu pareja o tu mejor amigo, por ejemplo. Quiénes están más próximos al centro tienen vínculos más estrechos contigo y hay un mayor compromiso recíproco, y mayor intimidad, lo que determina el tipo de relación que sostendrán contigo y el importante papel que cumplen en tu familia de elección. Sin embargo, algo que suele estropear la dinámica dentro de los círculos familiares, tiene que ver justamente con cuáles integrantes de tu familia de elección ubicas más cercanos al centro. Cuando, por ejemplo, tienes una pareja y a él o a ella no le permites aproximarse lo suficiente, cuando sí se lo permites a un amigo o a tu mamá, por ejemplo, entonces estarás destinando el puesto de mayor compromiso e intimidad a esa persona y no a tu pareja, quien no podrá relacionarse contigo como debiera, en su calidad de compañero o compañera, porque entre su puesto dentro del círculo y tú, está otra persona a quien ubicaste más próxima al centro. Es en esas ocasiones, cuando llegan los reclamos del estilo: “…es que nunca me das mi lugar!”, ¿te suena conocido?

Échale un ojo al círculo de confianza donde está tu actual familia de elección, ya esté integrada por dos personas, cinco, veinte o cincuenta; date cuenta de quienes mantienes lejos, en la periferia, y a quienes tienes cercanos al centro: ¿están en el lugar donde deben?, considera que mientras más alejados estén de ti, será menor lo que puedas esperar de ellos; mientras que con los más próximos compartirás mayor apoyo y compromiso. Dibujar un círculo en papel y ubicar en él los nombres según como sientas que correspondan, siempre puede ser de gran utilidad; si crees que hay alguien a quien tienes olvidado porque aparece más cerca de la periferia, casi afuera de tu círculo, pero en realidad te gustaría tener más próximo a ti, entonces guarda tu hoja de papel y consigue su número telefónico. Nunca es tarde para pasar más tiempo con la familia.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Los amigos: tu familia de elección

Hagamos un pequeño juego: cierra los ojos e imagina que han pasado diez años y estás en casa, sentado a la mesa cenando con tu familia. Visualízate, todavía con los ojos cerrados, sintiéndote completamente a gusto, dentro de lo que en toda su extensión puedes llamar hogar; es tuyo, te sientes acompañado y es esa compañía, la de tu familia, la que te hace sentirte fuerte, seguro y poderoso o segura y poderosa. ¿Listo? Abre los ojos y recorre con tu mirada a quien o quienes te acompañan en la mesa. ¿Esta tu pareja sentada por ahí?

La mayor parte de quienes hacen este ejercicio, efectivamente no incluyen a su pareja en la visualización, pues por alguna razón no le consideran como parte de su familia o como su familia en sí; cosa curiosa si consideramos que es con él o con ella con quien construirán un proyecto que presumiblemente habrá de durar toda la vida.

¿Qué es la familia? La actualidad es un momento social en el que los viejos esquemas están siendo desechados para abrir paso a otros nuevos, más ajustados a nuestras necesidades modernas y más realistas. El concepto de familia es uno de ellos. Hasta hace algunas décadas, el modelo familiar estaba integrado por un papá, una mamá, dos o más hijos y hasta un perro de nombre coqueto; pero de repente las mujeres y los hombres descubrieron que el divorcio se valía cuando la situación en la pareja se volvía insostenible, y entonces surgieron familias de un papá, uno o más hijos y un perro, o de una mamá el lugar del papá. También sucedió que jamás existió un papá y quedamos con una mamá soltera, los hijos y el perro, o que la mamá se enamora de su mejor amiga y entonces quedan dos mamás, los hijos y el perro, quizá dos papás; o mejor aún, un papá, una mamá, dos hijos y ningún perro.


martes, 31 de julio de 2012

Desatanizando la Infidelidad

Cuando sostienes una relación romántica con alguien, de vez en cuando surgen los conflictos y las desavenencias, los malentendidos, las conjeturas y otros extraños fenómenos que pueden llevar a la pareja a su final en uno de los momentos más inesperados de la relación. Aceptémoslo, hoy en día es mucho más sencillo mandar al pepino una relación consolidada de lo que era cuando nuestros abuelos flirteaban entre ellos en los alrededores del viejo kiosco de alguna concurrida alameda. ¿Qué ha cambiado?, han cambiado una serie de factores que en la actualidad vemos como obvios e irrelevantes, pero que en conjunto marcan una diferencia sustanciosa: ya no hay un estigma tan dominante contra la persona que se divorcia, ya no tememos “tanto” ser padres o madres solteras, ya no es “tan” mal visto estar soltero o soltera después de los treinta, y etcétera.

Hoy en día es más sencillo terminar y empezar nuevas relaciones, y por eso las relaciones han generado nuevas estrategias para mantener su estabilidad, a veces aun a costa de los integrantes de la pareja en cuestión; estrategias como la negociación y los acuerdos, como el vivir separados, tener mascotas que alivianen el estrés dentro de la pareja y, por qué no, también como la infidelidad.

Durante siglos hemos considerado la infidelidad como el verdugo de las relaciones de pareja, señal inequívoca de que el amor ha terminado y en su lugar queda solamente la traición y el abandono. Incuestionablemente, pudo haber sido así en algún momento, pero como dije, hoy en día el escenario es distinto.

Supongamos que en una pareja las respectivas jornadas laborales han empezado a comerse los tiempos de ambos para convivir con calidad, o supongamos que ha nacido un hijo al interior de la pareja y el otro integrante de la relación se siente hecho o hecha a un lado; puede suceder que la monotonía y el tiempo hayan vuelto de ambos un par de extraños, o puede que habiendo cambiado de intereses o de mutuas idiosincrasias ya no se sientan tan conectados. La reacción a la antigüita hubiera sido aguantarse, hacer de tripas corazón y sacrificar la propia satisfacción a favor de la pareja, porque “…una como quiera, pero ¿y las criaturas?”, pero hoy ya no sentimos la obligación de quedarnos donde no estamos a gusto, o donde no nos sentimos valoradas o valorados. Así que el primer impulso para solucionar la cosa es terminar con la relación.

Pero frecuentemente sucede que aun amamos, o mínimamente nos cae bien el fulano o fulana con quien estamos en pareja, y aunque dentro de la relación encontramos carencias que nos impiden sentirnos felices, de todos modos elegimos no romper. Pero las carencias ahí están, y a veces uno no encuentra el camino para hablar de ellas y resolverlas; puede que no haya la confianza o no se dé el momento. Entonces elegimos resolverlo sin la intervención del otro o de la otra. Esta última decisión frecuentemente conduce a una misma salida: la infidelidad propiamente dicha.

En casos como estos, que no son poco frecuentes, la relación externa a la pareja satisface las necesidades no atendidas formalmente por la relación, pero sin la necesidad de romper con la pareja. Es una relación auxiliar a la de pareja cuya función irónicamente es preservarla: reducir la tensión que generan las disfunciones cotidianas para que estas carencias pierdan relevancia y la relación continúe. ¿Cuánto durará la infidelidad?, tanto como duren esas carencias dentro de la pareja o la infidelidad sea descubierta.

En el ciclo de vida de las parejas, a todas ellas les llega un momento en que estas carencias aparecen, especialmente en los momentos en que la relación transcurre de una etapa de vida a otra (cambio de trabajo o domicilio, irse a vivir juntos o separarse, adoptar, embarazarse, cumplir cuarenta años, treinta, cincuenta o etcétera); llegadas las carencias y las necesidades insatisfechas, el mejor abordaje es abrirse a la comunicación clara de nuestra vivencia de la relación. Comunicación implica expresar cómo me va en mi relación contigo, e implica a la vez que seas receptiva o receptivo para entender lo que me ocurre. Si la comunicación no es viable, la probabilidad de que aparezca la infidelidad se incrementa.

Entonces ¿la infidelidad no es el final de la relación?, no necesariamente; ¿la infidelidad tiene algo que ver conmigo?, tampoco. La infidelidad frecuentemente es una respuesta a la dinámica de la pareja en su conjunto y no un producto de la forma de ser de alguno de los miembros de la relación.

Ok, es innegable que también existen personas especialmente propensas a las infidelidades; pero estos casos, que son minoría, no están evidentemente reflejados dentro de este texto. Como sea, hay que considerar esto la próxima vez que evaluemos una infidelidad; evita evaluarla como lo hubieran hecho nuestros abuelos, date chance de sopesar todos los factores y aquello que “verdaderamente importa”. Quizá sirva para no tomárnosla tan tremendamente a pecho y hacer decisiones más firmes al respecto de nuetsra relación.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C