domingo, 5 de diciembre de 2010

Las premisas detrás de la homofobia

Al margen de la creciente aceptación que la comunidad parece estar teniendo en lo general hacia el tema  gay (particularmente en el campo del marketing) sobresale en nuestra sociedad un particular rechazo hacia los homosexuales que todavía está vigente, y ese rechazo, constituido por una serie de atribuciones negativas en referencia a la homosexualidad, es lo que llamamos homofobia; no importa si se maneja el tema como una carencia o un defecto, como pecado, malformación, perversión o delito, la homofobia es un acto de discriminación que descalifica a la persona de la que se hace objeto y nos negamos a relacionarnos con ella (o con él), independientemente de su forma de ser, sus ideas, su simpatía o cualquier otra característica personal.

Cuando discriminamos lo que más importa es nuestra idea de lo bueno y lo malo, basada en generalizaciones hacia una categoría de personas, categoría o etiqueta arbitraria que nos sacamos de la manga, porque tenemos prejuicios y nos permitimos ver el mundo a través de ellos. Y no importa demasiado que en los últimos años haya habido trabajos científicos, filosóficos y médicos en torno a temas como el de la homofobia, que demuestran que no hay nada en la homosexualidad que sea patológico o antinatural, lo que importa es la precaria e inargumentable idea en mi cabeza que me moviliza a discriminar y descalificar.

Y hablando de discriminar, la que se dirige hacia hombres y mujeres homosexuales es una, pero ¿qué me dirías de la que sufren los hombres y mujeres transexuales? Te invito a echarle una oreja a este podcast de Fernanda Tapia acerca de los derechos de las personas transexuales

Tener prejuicios es la cosa mas sencilla del mundo, de hecho, me atrevería a decirte que los prejuicios están entre las primeras cosas que aprendemos cuando somos niños: “no hables con extraños”, “a la gente sucia nadie la quiere”, “las niñas buenas no usan pantalones”. Están tan ligados a nuestra educación que es difícil cuestionarlos; en primera, es difícil identificar que están ahí, usualmente a muchos de los prejuicios que conservamos, elegantemente los llamamos “valores”, en segunda, tenemos tantos que tardaríamos una vida en deshacernos de todos. Una vida. Pero el punto no es dejar de tener prejuicios, sino lo que hacemos con ellos: los prejuicios son “juicios previos” que de manera tentativa nos explican el mundo, pero son tentativos, sugieren que algo puede ser bueno o malo para nuestros intereses, pero no son determinantes, así que en nosotros queda la decisión de averiguar si lo que pre – entendemos es algo para ratificar o rectificar, si nuestros prejuicios son correctos o dejaron de estar vigentes.

Nuestros  prejuicios son opiniones personales (heredadas de nuestros padres y ellos las heredaron de nuestros abuelos) que no nos definen como persona, por eso podemos estar dispuestos soltarlos cuando dejan de sernos útiles. Pero hasta el momento en que nos liberamos de ellos vamos a continuar, por ejemplo, ejerciendo al homofobia, la cual se mantiene en el discurso colectivo aunque carece de argumentos racionales; es un prejuicio social que no surgió de la nada, lo aprendimos, nos lo quedamos y le damos réplica para enseñárselo a nuestros hijos, y como con todos los prejuicios, no nos detenemos a preguntarnos porqué lo mantenemos o de dónde o cuando surgió, solamente le obedecemos y actuamos guiados por él.

¿De dónde salió la homofobia? Cuando mantenemos un prejuicio, lo hacemos a partir de nuestra certeza en determinadas premisas, tales como “el objetivo de la sexualidad es la reproducción”. Así, la homosexualidad existe en el contexto de un modelo sexual hegemónico: la heterosexualidad, que tiene un carácter claramente reproductor. La heterosexualidad es “buena” porque se ajusta a esa premisa donde reproducción y sexualidad son equivalentes, la homosexualidad es “mala” porque es una versión de la sexualidad en la que la reproducción no es el objetivo. En el histórico momento en que el ser humano afirmó que sexualidad y reproducción son la misma cosa, convirtió la sexualidad en patrimonio exclusivo de las parejas heterosexuales de mediana edad (edad reproductora) y bajo el cobijo del matrimonio (institución avalada para tener hijos). De esa premisa se desglosan una serie de interesantes prejuicios: el sexo entre personas del mismo sexo es malo, el sexo entre dos ancianos es malo, el sexo fuera del matrimonio es malo, buscar el placer durante el sexo es malo, usar métodos anticonceptivos durante una relación sexual…

Primera premisa:

Acerca de la homosexualidad entre varones, el contacto erótico no desencadena proceso reproductivo alguno (evidentemente), por lo que la actividad sexual no es otra cosa que “el desperdicio de la simiente”, dicho en términos bíblicos. Desde este contexto religioso, el homoerotismo entre hombres desconoce “el desarrollo natural de todo ser humano que nace, crece, se reproduce y muere”, y cuestiona el proyecto de vida de quienes efectivamente buscan trascender a la muerte preservando su existencia en un hijo. Este es el argumento central de los jerarcas en las iglesias y una que otra persona de fe, sustentándose en la premisa de que toda mujer u hombre debe de dedicar su vida a la procreación y la construcción de un contexto adecuado para el desarrollo de un humanito nuevo. ¿Donde quedan quienes no incluyen hijos en su proyecto de vida?, bueno, con esta premisa las religiones se encargan de dar el visto bueno a unos proyectos de vida, y de no dárselos a otros.

El deseo reproductivo, mediante el que, efectivamente, pueden realizarse y trascender algunas personas, adquiere en el ser humano, que es racional y consciente de sí, un carácter opcional, elegible según el proyecto de vida de cada hombre o mujer; capacidad de elegir que es negada al individuo cuando queda establecida una hegemonía centrada en la heterosexualidad.

Concretamente, si yo digo “vi dos homosexuales en la calle” tu muy probablemente vas a imaginarte a dos tipos caminando y tomados de la mano, puede que hasta dándose un beso. Exactamente lo mismo pasa cuando se hacen campañas sociales para sensibilizar contra el rechazo a la homosexualidad, ves afiches con fotografías de hombres; y en la mercadotecnia homosexual hay productos para hombres. ¿Sabías que también las mujeres pueden ser homosexuales? Lo que sucede es que mantenemos ciertas ideas hacia la sexualidad de las mujeres que, incluso en el ámbito de la homosexualidad, también están presentes: las mujeres son seres delicados e inocentes. Por eso cuando nos referimos a la sexualidad de una chava, usualmente agregamos adjetivos juguetones como “sucia” o “perversa”, lo que no pasa cuando hablas de la sexualidad de un varón. ¿Machismo?, si… totalmente.

El deseo sexual entre hombres es algo normal para las concepciones de nuestra cultura (los hombres piensan en sexo, después en sexo y al final en sexo, dice la vox populi), pero paralelamente, nuestro Occidente judeocristiano le ha negado a la mujer el reconocimiento de su deseo sexual: históricamente existe la convicción de que las mujeres no sienten, ni buscan, ni pretenden el deseo sexual. Por eso pensamos la sexualidad entre mujeres más como un juego inocente que como un acto erótico. Si ves a dos mujeres caminando por la calle, tomadas de la mano, pensarás probablemente que se trata de dos grandes amigas.

Segunda premisa:

La segunda premisa que alimenta el prejuicio contra la homofobia se instala, en la prohibición del placer: “buscar el placer es malo”. Nos cuesta trabajo hablar de lo que nos da placer y es difícil aceptar que a veces lo que hacemos está únicamente motivado por el placer de hacerlo, porque nos creemos obligados a ser productivos y generar un bien para la comunidad, al mismo tiempo que menospreciamos el valor del placer como una manera de nutrirnos tan válida como la satisfacción del trabajo bien hecho. Este sistema de creencias encuentra su nicho en el discurso moral de las religiones, las cuales enfatizan la “malignidad” del placer como una forma de pecado; para muchas doctrinas morales, este mundo es el valle de lágrimas y dolor por el que tenemos que cruzar para acceder a la tierra prometida, al paraíso que obtendremos luego de que nos muramos.

El tema de las religiones es uno interesante, porque si bien el universo total de seres humanos se compone de conjuntos distintos de creyentes y no creyentes, tanto unos como otros crecen y se desarrollan en comunidades donde las iglesias son instituciones con poder, cuyos discursos alcanzan a sus feligreses y a los vecinos, hijos, amigos de esos feligreses. Es entonces cuando el hombre más agnóstico se sorprende obedeciendo por simple inercia a los cánones católicos, por ejemplo, o aceptando las premisas de una religión, sin necesariamente compartir su doctrina.

El hombre y la mujer homosexuales, entonces, no solo llevan la práctica de su sexualidad lejos de la intensión reproductiva, sino que, incluso, ejercen esa sexualidad fundamentalmente motivados por el placer, contraviniendo las premisas de una sociedad educada bajo los axiomas de la abstinencia, el auto castigo y la continencia para expiar o prevenir los pecados. Entonces, así como el placer es malo, la sexualidad que busca el placer también lo es; y si bien lo del desperdicio de la simiente es un tema que atañe más directamente al varón homosexual, la búsqueda del placer es anatema para las mujeres, que siendo figuras delicadas, virginales e inocentes expresan en el lesbianismo su derecho (y necesidad) al disfrute y el gozo, manteniendo por motu proprio relaciones sexuales con otras mujeres.

Tercera premisa:

La tercera y última cuestión tiene todo que ver con la estratificación social: así como, según nuestra sociedad, no es lo mismo ser presidente que barrendero, adulto que joven, o jefe que empleado, tampoco resulta igual ser hombre que ser mujer. Nos encanta crear jerarquías para todo, y el sistema de géneros no es la excepción, lamentablemente.

El sexo de cada persona corresponde a sus características fisiológicas, hormonales, anatómicas y etcétera: hombre y mujer. El género, en cambio, es el conjunto de atribuciones que hacemos para una persona a partir de su sexo: los hombres deben vestir de azul, ser rudos, varoniles, fuertes, formales y hasta feos, buenos proveedores para la casa y conseguirse una buena mujer; las mujeres deben vestir de rosa, ser delicadas, femeninas, frágiles y hermosas, buenas para la cocina y siempre bien portaditas para que un hombre las elija. El sexo tiene un fuerte componente biológico, pero el género, en cambio, es cultural. Esto implica que apenas naces ya tienes encima de ti un montón de exigencias que van a coartar la libertad que tienes para hacer elecciones de vida: ¿estas seguro que quieres ser bailarín?, ¿cómo se le ocurrió a ella ser piloto? En esta determinante cultural se instala la premisa de que ser hombre es mejor que ser mujer; eso habla de niveles en una jerarquía, ellos arriba, ellas abajo. Así funciona desde la Roma Imperial.

Roma fue una sociedad con gran aprecio por la virilidad y sus valores asociados, sin embargo no era un mundo que encasillara el comportamiento amoroso según el sexo; sí, en cambio, según el papel activo o pasivo que adoptaba el ciudadano; ser activo es actuar como un macho frente al partenaire sexual, y lo que condenaban era la pasividad del varón, importando poco si era pasivo frente a una mujer o con otro hombre.
Esta noción, que era muy propia de las sociedades patriarcales y / o guerreras, en que se atribuyen al varón roles dominantes en lo sexual, económico y político, no es exclusiva de la sociedad romana, pero su difusión a través de la cultura y el derecho romano ha dejado una sólida impronta que prevalece en nuestras sociedades hasta nuestros días y que explica parte de las actitudes que mantenemos hacia las sexualidades no ortodoxas y hacia la afectividad, incluso no catalogada homosexual, entre varones.

Poco después llegó el buen San Pablo, un hombre cero progresista, que apoyó muchos de los argumentos romanos como si fueran palabra del señor y declaro que la mollities, o pasividad masculina, era una grave falta en la cada vez más amplia escala de pecados de la carne, y la comete cualquier varón que permite que su cuerpo sea empleado por otra persona, ya sea hombre o mujer, para obtener placer. Este tabú hacia la pasividad en el varón, que lo “degrada” del lugar preferencial entre los géneros al “nivel inferior que le corresponde a la mujer”, se ha mantenido firme hasta nuestros días, nada más que las palabras cambiaron: en determinados lugares de México y Latinoamérica el homosexual es el hombre que es penetrado por otro, no el que penetra, a quien recibe la penetración se le llama “pasivo” y se le ve en una escala inferior al “activo” que ejecuta la penetración.

Frente a las premisas contra la búsqueda del placer o la equivalencia entre sexualidad y reproducción, la prohibición contra la pasividad del hombre es el factor de mayor peso en el mantenimiento de la homofobia; es por esta razón que la mayor parte de críticas a la homosexualidad aludan a la figura del hombre que se feminiza, y también por la que la homosexualidad masculina causa mayor revuelo que la femenina. Otra evidencia del tabú hacia la pasividad masculina está en el discurso social, donde los chistes y anécdotas de humor hacen burla del hombre “dominado”. La feminización del hombre despierta el rechazo de homosexuales y heterosexuales por igual: cuando el hombre gay abre su sexualidad homoerótica a sus padres, el principal temor de éstos es que su hijo desarrolle conductas notorias de “afeminamiento”; cuando dos grupos de hombres gay se confrontan, surge espontáneamente una jerarquización donde los más femeninos quedan en la base y los más masculinos se instalan arriba de la jerarquía.

En la homofobia se asume que el hombre homosexual esta renunciando a su lugar en la jerarquía de género, quedando “a nivel de las mujeres” (se asume también que en consecuencia esto invertiría el orden social) y mereciendo el escarnio público por tal “degradación”. De este modo se asocia el mito de la superioridad del varón, con la homofobia; de hecho, la homofobia es un mecanismo de control que previene que muchos hombres se muevan en esta estructura de poder, pues saben que renunciar a su postura privilegiada en la jerarquía de género les hará receptores de la desacreditación y el escarnio.

La gran pregunta después de esta reflexión es: ¿cuando obedeces a tus prejuicios, identificas cuál es la premisa que los motiva? La mayoría de nosotros mantenemos rasgos homofóbicos, independientemente de nuestra orientación sexual, porque guardamos premisas acerca de cómo debe de vivirse la sexualidad, asumiendo que hay una manera que es la adecuada para todos de vivirla. ¿Tu identificas cuales son las premisas detrás de cada uno de tus prejuicios? Es probable que sea un tema más relevante el qué haces con tus prejuicios, que el hecho mismo de que los tengas; y es posible que conociendo tus propias premisas, puedas elegir mejor actuar o no obedeciendo tus prejuicios o decidir, incluso, descontinuarlos. La chamba es tuya.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Las premisas detrás de la homofobia

Al margen de la creciente aceptación que la comunidad parece estar teniendo en lo general hacia el tema  gay (particularmente en el campo del marketing) sobresale en nuestra sociedad un particular rechazo hacia los homosexuales que todavía está vigente, y ese rechazo, constituido por una serie de atribuciones negativas en referencia a la homosexualidad, es lo que llamamos homofobia; no importa si se maneja el tema como una carencia o un defecto, como pecado, malformación, perversión o delito, la homofobia es un acto de discriminación que descalifica a la persona de la que se hace objeto y nos negamos a relacionarnos con ella (o con él), independientemente de su forma de ser, sus ideas, su simpatía o cualquier otra característica personal.

Cuando discriminamos lo que más importa es nuestra idea de lo bueno y lo malo, basada en generalizaciones hacia una categoría de personas, categoría o etiqueta arbitraria que nos sacamos de la manga, porque tenemos prejuicios y nos permitimos ver el mundo a través de ellos. Y no importa demasiado que en los últimos años haya habido trabajos científicos, filosóficos y médicos en torno a temas como el de la homofobia, que demuestran que no hay nada en la homosexualidad que sea patológico o antinatural, lo que importa es la precaria e inargumentable idea en mi cabeza que me moviliza a discriminar y descalificar.
Y hablando de discriminar, la que se dirige hacia hombres y mujeres homosexuales es una, pero ¿qué me dirías de la que sufren los hombres y mujeres transexuales? Te invito a echarle una oreja a este podcast de Fernanda Tapia acerca de los derechos de las personas transexuales

domingo, 28 de noviembre de 2010

Los rostros del VIH

Hoy el SIDA ha dejado de ser el escalofriante fantasma  que acechaba en la oscuridad de nuestras sábanas (o la del hotel, el asiento trasero del auto o los cuartos oscuros, ya sabes), paulatinamente ha ido perdiendo su rostro demacrado y afectado por la lipodistrofia, atacado por el sarcoma y muerto, finalmente muerto. Hoy tenemos tratamientos y medicamentos que no son tan agresivos como lo fueron en los años ochenta, cuando la enfermedad debutó en nuestra sociedad dictando una sentencia segura para la mayoría de quienes se infectaron con el virus; hoy sabemos que vivir con VIH no implica necesariamente estar enfermo, y mucho menos que vas a morirte pasado mañana.

Nos habíamos habituado a tener miedo y como una reacción natural del ser humano, trivializamos el origen de nuestra ansiedad para conseguir respirar tranquilos. A nadie le gusta vivir con miedo. La consecuencia fue que progresivamente le hemos restado importancia al riesgo que para la vida tiene el SIDA, y seamos puntuales: no para la cantidad, sino para la calidad de vida.

Los laboratorios de investigación científica se han encargado de que una mujer u hombre que padecen cáncer, hepatitis, SIDA o alguna de entre muchas otras enfermedades, puedan alcanzar una buena expectativa de vida; en lo mismo contribuyen instituciones de varios tipos que, con programas y planes de salud pública, proporcionan todo lo necesario para que el paciente se estabilice y sobreviva. Eso está bien; estupendo, comparado con lo poco que teníamos antes. Y con noticias como esta, también la actitud de la gente está cambiando.

No es, necesariamente, que la sociedad mexicana sepa más que antes acerca del VIH, pero una cosa si tenemos muy en claro todos: no está padre discriminar a alguien porque vive con un padecimiento determinado, o porque vive infectado de algo que no puede transmitirse por mecanismos más cotidianos, como el virus del SIDA. A las personas, actualmente nos da pena que nos cachen discriminando en público, por eso, al menos a veces nos guardamos nuestras actitudes negativas para lo privado, cuando casi nadie nos escucha. Con esta situación de lo políticamente correcto, ya no da “tanta” pena salir de casa para hacer cola en una clínica de salud y solicitar tu dotación mensual de antirretrovirales; la creciente aceptación social, ya sea genuina o solo aparente, permite que cuando vives como portador del VIH puedas asimilar con “más facilidad” esa condición en tu vida.

El punto de referencia para afirmar algo como esto es la escasa calidad de vida que le quedaba a un hombre o mujer en los años ochenta e inicios de la década de los noventa, cuando inesperadamente adquiría el VIH por transmisión sexual o sanguínea; y considerando, por supuesto, que estas líneas que lees, se refieren a países o poblaciones relativamente avanzados. En una comunidad africana, indígena o viviendo en extrema pobreza, no había ni hay mucho que hacer cuando te sabes infectado por un virus como este. Paralelamente, es necesario puntualizar que vivir con VIH es siempre un reto de vida, por lo que, sin importar cuán avanzados sean los tratamientos, nunca será del todo sencillo vivir siendo seropositivo.

A menos, claro, que los tratamientos consistan en una vacuna o una cura.

Todo hace evidente, incluso para el observador más distraído, que está cambiando el modo en que nuestras sociedades se están relacionando con el VIH; ya no vivimos con el miedo que nos conmovía en otro momento, porque hoy el SIDA dejó de ser ese extraño mal del que no sabíamos nada, y le temíamos fundamentalmente porque nos era desconocido. Hoy es un tema bien cotidiano; le vemos en películas campañas publicitarias y obras de teatro, todos ahora conocemos alguien que vive con VIH o de un famoso que falleció por una dolencia que se complico por la presencia del SIDA o etcétera. Ya no tenemos miedo, al menos no tanto, y ese vivir sin miedo está bien. Por eso las nuevas campañas de sensibilización contra el VIH necesitan recursos y discursos distintos a la propagación del miedo para impactar en el público; uno ya no le pega a escuchar que si no haces tal o cual cosa te vas a morir, o que sufrirás un tormento eterno si no te portas como debes. Ahora el discurso necesita ser otro, especialmente en el tema del VIH,
porque la relación que hoy tenemos con el SIDA también ya es otra.

En televisión y otros medios te dan diez mil argumentos de porqué debes para evitar enfermarte; pero ¿cuántas campañas se han hecho acerca del autocuidado? Te hablan con lujo de detalles acerca de la muerte; ¿pero qué tal que te hablaran un poco de las delicias de la vida?

Efectivamente no se trata de vivir con miedo, pero tampoco se trata de normalizar el riesgo al grado de neutralizar toda conducta de prevención: con la llegada del nuevo siglo se difundieron prácticas sexuales, como el bareback, que no solo crecieron en popularidad, sino que han ayudado a que crezcan las estadísticas de infección por VIH. En el bareback, quienes sostienen una relación sexual eligen no usar condón en el momento de la penetración; las razones de esta preferencia son muy variadas y van desde el “con condón no se siente lo mismo”, hasta “me gusta ponerme en manos de mi hombre”, o “quiero que mi pareja confíe totalmente en mi”.  Es verdad que el encuentro sexual sin protección con una persona que es portadora del VIH no necesariamente va a causar la transmisión del virus, pero la sola y aleatoria posibilidad de que eso suceda durante el sexo no protegido es equivalente a apostar nuestra calidad de vida en el tiro de una moneda. ¿Cuántos apostadores expertos conoces que se apuntarían a un juego como este?

Igual, en años recientes se ha difundido en Estados Unidos una alarmante práctica sexual que conjuga fiestas sexuales, clandestinidad y VIH, pero no incluyen en la fórmula al sexo protegido, no por olvido, sino por estrategia. Vamos, pensemos que por definición una orgía es un encuentro sexual multitudinario que puede o no involucrar el uso de condones; en las orgías, además, puede haber quien prefiere solamente ver, sin participar, o quien solo vaya a pasearse desnudo. En las fiestas sexuales donde el VIH es el invitado de honor, en cambio, los participantes asisten enfáticamente para exponerse a la transmisión del “bug” o bicho, que es el sobrenombre con el que identifican al virus, mediante un acto que ellos llaman “the gift”, o el regalo. Pueden verse las convocatorias en distintas redes sociales de Internet donde dan a conocer fecha y lugar del evento, a ellas asisten quienes pretenden obsequiar el virus y quienes quieren recibirlo. Actualmente ya empieza a haberlas en México.

Algunos de los receptores del regalo sostienen que gracias a “the gift” pueden mantener con ellos una parte de su pareja (la de turno), que en algunos casos es quien transmite el virus; otros insinúan que al momento de tener en su sangre el “bug” su vida cambia (lo cual es a todas luces innegable), se visualizan a sí mismos como algo distinto a lo que eran, con un sentido de pertenencia y una identificación con otras personas portadoras. Conversando con ellos en entrevista a través de chats, da la impresión de estar conversando con personas en una profunda búsqueda de su propia identidad e incómodos consigo mismos. Lo que su noción del VIH plantea, es que siendo portadores de virus tienen acceso a programas sociales, grupos de apoyo, redes y otros espacios a los cuales pertenecer. De alguna manera, eligen llevar su búsqueda por una identidad al reto de vivir con VIH, finalmente, confirman ellos, tener VIH no es necesariamente estar enfermo.

Vivir con VIH efectivamente no implica estar enfermo, pero también es cierto que la calidad de vida queda tremendamente comprometida. La persona que vive siendo portador o portadora del virus, necesita cuidar mucho de su calidad de sueño, de sus hábitos alimenticios, prácticas sexuales, actividad física y hasta de sus estados de ánimo; ok, es cierto  que todo ser humano también requiere de cuidar su sueño, sexualidad, comida, ejercicio y emociones para tener una buena calidad de vida, pero cuando se es portador del VIH, lo que en un momento era recomendable, ahora se vuelve obligatorio. No importa qué institución se encargue de proveerte de recursos para estar bien, ni que organización te ofrezca programas para que no te sientas solo en tu lucha contra el virus; finalmente eres tú mismo quien elige o no salir de casa y enfrentar la vida, eres quien lleva el virus en su interior y quien elige o no seguir los tratamientos para mantenerse bien o abandonarlos.

La existencia del SIDA y la posibilidad de infectarse de VIH no es algo que deba tomarse a la ligera. Es verdad que lo que hace un portador del virus para sobrevivir, es precisamente lo que cualquiera tendría que hacer consigo mismo para estar bien, pero con el VIH uno tiene menos oportunidades de equivocarse, y menos tiempo que perder. Trabajando en psicoterapia con personas que son portadoras del virus he conocido personas que viviendo con VIH han conseguido mantenerse bien, y de paso, han logrado construirse vidas ejemplares, se un nivel de salud que yo mismo  envidiaría: cuidan de sí mismos y de sí mismas, valoran de una manera sustancial la vida y han trabajado tanto en encontrar el “equilibrio”, que se han convertido en grandes personas; pero hay algo que suelen decir: que pena que tuve que vivir con el virus para tener que darme cuenta de esto.

Finalmente, no importa que rostro le demos al SIDA, no es otra cosa que una enfermedad que se puede originar con la infección por VIH; y ultimadamente tampoco importa tanto la forma en que nos relacionamos con él, simplemente cambiemos el enfoque: lo relevante es la manera en que yo me relaciono conmigo mismo o conmigo misma y el valor que le pongo a mi futuro y mi calidad de vida, ¿yo podría enfrentar al reto de vivir toda una vida con VIH?, ¿cómo se facilitarían mis planes a futuro si hoy le doy importancia a mi bienestar?

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Los rostros del VIH

Hoy el SIDA ha dejado de ser el escalofriante fantasma  que acechaba en la oscuridad de nuestras sábanas (o la del hotel, el asiento trasero del auto o los cuartos oscuros, ya sabes), paulatinamente ha ido perdiendo su rostro demacrado y afectado por la lipodistrofia, atacado por el sarcoma y muerto, finalmente muerto. Hoy tenemos tratamientos y medicamentos que no son tan agresivos como lo fueron en los años ochenta, cuando la enfermedad debutó en nuestra sociedad dictando una sentencia segura para la mayoría de quienes se infectaron con el virus; hoy sabemos que vivir con VIH no implica necesariamente estar enfermo, y mucho menos que vas a morirte pasado mañana.

Nos habíamos habituado a tener miedo y como una reacción natural del ser humano, trivializamos el origen de nuestra ansiedad para conseguir respirar tranquilos. A nadie le gusta vivir con miedo. La consecuencia fue que progresivamente le hemos restado importancia al riesgo que para la vida tiene el SIDA, y seamos puntuales: no para la cantidad, sino para la calidad de vida.

Los laboratorios de investigación científica se han encargado de que una mujer u hombre que padecen cáncer, hepatitis, SIDA o alguna de entre muchas otras enfermedades, puedan alcanzar una buena expectativa de vida; en lo mismo contribuyen instituciones de varios tipos que, con programas y planes de salud pública, proporcionan todo lo necesario para que el paciente se estabilice y sobreviva. Eso está bien; estupendo, comparado con lo poco que teníamos antes. Y con noticias como esta, también la actitud de la gente está cambiando.

No es, necesariamente, que la sociedad mexicana sepa más que antes acerca del VIH, pero una cosa si tenemos muy en claro todos: no está padre discriminar a alguien porque vive con un padecimiento determinado, o porque vive infectado de algo que no puede transmitirse por mecanismos más cotidianos, como el virus del SIDA. A las personas, actualmente nos da pena que nos cachen discriminando en público, por eso, al menos a veces nos guardamos nuestras actitudes negativas para lo privado, cuando casi nadie nos escucha. Con esta situación de lo políticamente correcto, ya no da “tanta” pena salir de casa para hacer cola en una clínica de salud y solicitar tu dotación mensual de antirretrovirales; la creciente aceptación social, ya sea genuina o solo aparente, permite que cuando vives como portador del VIH puedas asimilar con “más facilidad” esa condición en tu vida.

lunes, 4 de octubre de 2010

¿Qué es la terapia familiar?

Para nadie es extraño afirmar que la familia en México es una institución fundamental para el desarrollo tanto de las personas, como de sus identidades, y tampoco es nuevo pensar en la influencia que mantiene la familia sobre el  bienestar social y personal, además de que hay factores externos que ponen en entredicho su desarrollo económico, emocional e incluso biológico; a partir de todo eso, tiene mucho sentido promover un abordaje psicoterapéutico que, desde una epistemología sistémica, considere a la entidad familiar como el sujeto de sus estrategias e intervenciones.

En este sentido, la Terapia Familiar de enfoque sistémico aborda a las familias como un conjunto de individuos que, al mantenerse en cotidiana interacción, conforman un sistema, es decir, una unidad en sí misma, poseedora de sus propias reglas y pautas organizativas que tienden a una constante autorregulación con el fin de preservarse.

Dentro de una familia, el malestar o bienestar de cada uno de los integrantes va a repercutir en el bienestar del resto de miembros del sistema e, incluso, en su estructura completa. 

¿Qué es la terapia familiar?

octubre 04, 2010 Hernan Paniagua
Para nadie es extraño afirmar que la familia en México es una institución fundamental para el desarrollo tanto de las personas, como de sus identidades, y tampoco es nuevo pensar en la influencia que mantiene la familia sobre el  bienestar social y personal, además de que hay factores externos que ponen en entredicho su desarrollo económico, emocional e incluso biológico; a partir de todo eso, tiene mucho sentido promover un abordaje psicoterapéutico que, desde una epistemología sistémica, considere a la entidad familiar como el sujeto de sus estrategias e intervenciones.

En este sentido, la Terapia Familiar de enfoque sistémico aborda a las familias como un conjunto de individuos que, al mantenerse en cotidiana interacción, conforman un sistema, es decir, una unidad en sí misma, poseedora de sus propias reglas y pautas organizativas que tienden a una constante autorregulación con el fin de preservarse. Dentro de una familia, el malestar o bienestar de cada uno de los integrantes va a repercutir en el bienestar del resto de miembros del sistema e, incluso, en su estructura completa.  Con este fundamento como punto de partida, el proceso terapéutico que se dirige a una parte de la familia va a repercutir generando cambios en toda ella, y de forma inversa, la psicoterapia que interviene a la familia completa moviliza a cada uno de los integrantes involucrados en la cotidianidad del sistema.


jueves, 30 de septiembre de 2010

Radiografía de tus apegos

Desde que empezamos eso que llaman la era de Acuario, ha habido un tremendo boom de corrientes new age que proponen mil y una estrategias para vivir mejor, algunas más sensatas que otras, definitivamente, pero todas ellas envueltas en un sutil encanto de magia, destino y misticismo. Puede que no a todos les atraigan al grado de querer practicarlas, pero pocos podrían negar que les parezcan, al menos, interesantes.

Hace unos días, por ejemplo, conversaba con un amigo acerca del cómo, según teorizan algunos, antes de nacer y formar parte de este mundo, negociamos las experiencias y los retos que necesitaremos tener para lograr un nivel mayor en nuestra evolución espiritual. Según esta idea, entonces, a veces experimentamos problemas de un mismo tipo porque son los problemas que elegimos experimentar para aprender y seguir creciendo.

¿Tú que opinas?, ¿qué tan improbable te suena?

En realidad, a todos nos ha sucedido alguna vez que los problemas que enfrentamos nos llevan a reconocer qué es lo realmente importante; cuando estás preocupado o preocupada por lo que está por venir, y no tienes energía para hacer las mil cosas que normalmente harías, solamente te dedicas a lo que importa, o a las personas que importan. Es lo que suele pasar con todas las crisis; tienen un extraño efecto clarificador. Se dice que cuando hay problemas identificas a tus verdaderos amigos, conoces tus capacidades reales y ubicas aquello por lo que sí vale la pena luchar.

Te quedas con lo que es importante para seguir viviendo, y lo que no es importante, simplemente lo sueltas para dejarlo pasar.

Entonces puede ser que los problemas que experimentamos en la vida tengan la consecuencia involuntaria de mostrarnos lo que hay que soltar a lo largo del camino: esas cosas, memorias, situaciones o relaciones que únicamente nos estorban para continuar creciendo. ¿Puede un globo elevarse sin soltar primero su lastre?, a lo largo de la vida es menos difícil identificar lo que es lastre de lo que no, que permitirnos soltarlo una vez que lo hemos identificado.

Para la psicología es claro que muchos de los problemas que solemos enfrentar, surgen de una actitud de no querer soltar aquello a lo que estamos demasiado apegados, aun cuando reconozcamos que son elementos de nuestro pasado que ya no necesitamos, ni funcionan, ni nos nutren emocional o espiritualmente. Muchas filosofías coinciden al prevenirnos en contra de los apegos, algunas se alarman frente a los apegos en general y otras, más de lado de la psicología, solamente nos previenen ante ciertos apegos, de esos que no hacen otra cosa que estorbar.

¿Te ha sucedido que sostienes relaciones que en lugar de satisfacerte solamente te agobian más?; quizá un amigo o amiga con quien en lugar de contribuir a sentirte mejor, sabe siempre cómo hacer para que te sientas peor;  quizá esa fotografía que todavía cuelga de la pared, y que cada vez que la miras nuevamente te parte el alma; o ese trabajo en el que llevas años, pero que mancha de gris los días que te pudieron haber sido soleados. ¿Tu qué lastres identificas que vas cargando?

Quizá en esta vida, con nuestras decisiones vamos eligiendo los problemas que habremos de enfrentar posteriormente; posiblemente no elegimos nuestras dificultades antes de nacer, eso suena extremadamente precipitado, pero es más probable que en el día de hoy, al aferrarme a algo que debí de haber soltado y que ayer dejó de pertenecerme, esté forzando situaciones que me generen los problemas de mañana, y si insisto obstinadamente en aferrarme, continuamente el mismo tipo de problemas van a sucederse una y otra vez, hasta que por fin, me decida a soltar.

Piensa en una relación de pareja que ya no funciona, que lo han intentado todo y ni parándose de cabeza logran que la cosa cambie; pero no quieren estar solos, y aplican ese axioma del “peor es nada”. Entonces viene un problema derivado de esa incapacidad para soltar la relación, quizá con gritos y platos volando contra las paredes; luego uno más fuerte, después otro mayor; al cabo de un tiempo, si la pareja no se separa, el creciente aumento en los problemas los van a llevar a una situación insostenible con la que deberán romper y seguir cada cual su vida, sin el lastre en el que se había vuelto su relación.

El inconveniente está en que los problemas no son un consejero amable, y si te esperas a que sean ellos quienes solucionen la disyuntiva del soltar o no hacerlo, cuando la situación se resuelve, invariablemente, alguien termina lastimado.

¿Qué ocurre cuando no suelto el cigarro y me aferro al hábito de fumar?, mis problemas recurrentemente serán de salud; ¿qué sucede cuando no corto el cordón umbilical con mi familia?, probablemente mi relación de pareja estará plagada de problemas por falta de intimidad; ¿y si me aferro a mostrar en público una imagen que no me corresponde?, puede que en una de esas, el problema sea que me convertí en cliente frecuente de asaltantes y secuestradores.

Problemas siempre vamos a tener, porque tienen una innegable función en nuestra evolución como seres humanos; lo que no está bien es que continuamente un determinado tipo de problemas siempre nos haga víctima, y de peor forma en cada ocasión. Vale la pena preguntarse qué necesito cambiar para que eso deje de sucederme, y probablemente lo que haya que cambiar, consista justamente en un lastre que deberé de soltar.

¿Conoces personas para las que les sea un poco más sencillo soltar, o que puedan elegir con mayor claridad sus apegos?; cuando te cae el veinte de los lastres que cargas (o de al menos algunos de ellos) trasciendes los problemas que te causaban y empiezas a tener problemitas más cotidianos, más superables. Las corrientes new age te dirían que ésta es una forma de armonizarte con el mundo en que vives, tomando lo que necesitas y soltándolo cuando deja de serte necesario.

Hay personas que no suelen tener problemas en cierta área de su vida, aunque si los tengan en otros campos: o es gente que nunca se enferma de gravedad, o nunca tienen problemas de pareja o económicos, o puede que en general parezca que siempre les va bien. ¿Ubicas a alguien así? Toma un momento para mirarte en un espejo e identifica qué es lo que para ti es sencillo soltar, ubica cuál es esa área en la que no sueles tener grandes problemas: ¿cómo le hiciste para aprender a no cargar con ese tipo de lastres?, ¿puedes hacer igual con los que no son tan sencillos de desprenderte?

Vale la pena intentarlo; soltar no es sencillo, pero te va a permitir llegar más alto.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C