martes, 18 de enero de 2011

Para bajar de peso, ¡cuidado con las dietas!

Hablar de nutrición se presta a muchos errores cuando no ubicamos bien lo que es una dieta, así que para prevenir futuros quebraderos de cabeza, hablemos un poco la dieta en singular y las dietas en plural.
Primero lo básico, lo que comemos son alimentos, y estos pueden ser de buen sabor algunos y otros de un gusto no muy agradable, pero todos ellos contienen moléculas de sustancias que nos son indispensables: los nutrimentos. Algunos nutrimentos son fuente de calorías, es decir, la energía que nuestro cuerpo necesita para seguir funcionando; nutrimentos son como los carbohidratos, las proteínas y los lípidos, ellos dan energía; otros son constructores e intervienen en la construcción y reparación de tejidos, como el calcio, el fósforo y nuevamente las proteínas y los lípidos. Hay un tercer grupo formado por las vitaminas, los aminoácidos esenciales y los minerales, que es llamado el de los nutrientes reguladores, porque influyen en la resistencia a enfermedades y facilitan casi todos los procesos que ocurren en nuestro organismo.

Si el interés es mantener a nuestro organismo sano, y probablemente lo es, necesitamos utilizar la comida de forma adecuada para obtener una alimentación equilibrada y variada que nos proporcione las cantidades necesarias de estos nutrimentos. Ese es el secreto de una buena nutrición y la clave para un envidiable estado de salud física y mental. Con la intensión de lograr una alimentación satisfactoria, las personas se alimentan según el tiempo del que disponen, los alimentos que tienen al alcance, sus gustos personales y sus creencias ideológicas. Todo esto determina la dieta que siguen.

Es una creencia errónea pensar que la dieta es un régimen restrictivo de alimentos que pueden o no ingerirse según lo determine un profesional; la dieta es lo que alguien suele comer cotidianamente: hay quienes se prohiben ingerir cerdo y por ello excluyen los embutidos de su dieta; otros comen poco y tienen una dieta pobre, dado que carecen del tiempo para preparar sus alimentos; y algunos más no tienen los recursos económicos para proporcionarse grandes menús, lo que evidentemente también empobrece su dieta. El factor común en la mayoría de los casos es que las personas improvisan la estructura de su dieta, según las limitaciones y ventajas con las que cuentan, en pocos casos se organiza la alimentación para volverla variada y equilibrada.

Por lo general cada alimento contiene varios nutrientes, pero ninguno los contiene todos; además el tipo y la cantidad de nutrimentos contenidos en determinado alimento pueden ser escasos. Por ejemplo, la leche contiene proteínas, grasas, carbohidratos, calcio, fósforo, rivoflavína y otras vitaminas del grupo B y vitaminas A y D, pero en cambio tiene muy poco hierro y muy poca vitamina C. La falta de un nutrimento no puede compensarse ingiriendo en exceso algún otro.

Por eso, para garantizar que nuestro organismo reciba todo lo que necesita, es aconsejable variar los alimentos. Si un día preparamos frijoles, es recomendable la próxima vez preparar sopa y la siguiente lentejas; si ayer compramos naranjas, mañana comprar manzanas. Así evitamos que, de comer frijoles durante un mes entero, nuestro cuerpo reciba sólo los nutrimentos contenidos en ésta leguminosa. No es necesario conocer con exactitud que vitaminas hay en cada alimento, que minerales o que aminoácidos, basta con hacer esta continua variación en la dieta para que recibamos lo suficiente de cada uno de ellos.

Y si ya variamos la dieta, sólo hace falta equilibrarla. La persona quien cada día come tacos al pastor, cena tacos al salir de su trabajo y compra tacos para ver el televisor con sus amigos una tarde de domingo, no sólo no esta dándole variedad, sino que tampoco la está equilibrando. Equilibrar lo que comemos significa ingerir proporcionadamente los alimentos altos en carbohidratos, como la fruta o las verduras; en proteínas, como la carne y los lácteos; y en lípidos, como los alimentos grasosos en general. Equilibrando nuestros alimentos prevenimos que un exceso de lípidos se cumule al interior de nuestras arterias dificultando la labor del corazón o causándonos la incómoda “llantita” alrededor de la cintura; igual que un innecesario incremento de proteínas que facilite la aparición de dolores musculares.

Con lo anterior en mente podemos analizar un par de regímenes que suelen gozar de gran popularidad entre las personas, pero su beneficio a la larga puede resultar muy cuestionable.

El vegetarianismo es un régimen dietético que organiza la alimentación excluyendo los productos animales. Se dice que este tipo de dieta alimentaria posee virtudes, que son difíciles de demostrar, como prolongar la expectativa de vida; sin embargo seguirla de forma estricta puede causar enfermedades carenciales como la anemia y algunos trastornos del sistema nervioso, que aparecen cuando hay un déficit de vitamina B12 y algunos minerales. Hay variedades, como la dieta lacto – vegetariana o la lacto – ovo – vegetariana que, al incluir la ingestión de huevos, leche y derivados, si cumple con los requerimientos nutritivos humanos.

La alimentación macrobiótica es un estilo de vegetarianismo mezclado con principios provenientes de la filosofía Zen – budista. En este tipo de dieta, tanto los nutrientes como los alimentos se clasifican en dos categorías: yin (femeninos) y yang (masculinos). Entre los primeros se encuentran, por ejemplo, los dulces, numerosos frutos y algunas vitaminas; entre los segundos están la carne, los huevos, etcétera. Según los principios de este régimen, es necesario un perfecto equilibrio entre alimentos yin y yang para liberar al organismo de los venenos que encierra y asegurar una vida saludable.

Este tipo de alimentación, introducida y divulgada por George Oshawa, consta de diez niveles dietéticos y en cada uno de ellos la persona va suprimiendo un grupo de alimentos, de modo que en las etapas iniciales se incluyen todavía sustancias de origen animal, pero en las finales sólo se consumen granos de cereales completos. Por eso la dieta macrobiótica no es recomendable, ya que no cubre los requerimientos mínimos de algunos minerales, de ciertas vitaminas y carece de proteínas de alto valor biológico. Al mismo tiempo, este régimen limita el agua de bebida, lo que además puede causar deshidratación y trastornos renales.

También podemos repasar algunas de los regímenes mas recurridos por la gente para reducir su peso: las llamadas dietas milagrosas, que no sólo no promueven una alimentación equilibrada y variada, sino que además ponen en riesgo la salud.

  • Dietas para perder 3 kilos o más en una semana: En general este tipo de dietas son poco efectivas porque fisiológicamente no es posible perder tres kilogramos de grasa corporal en una semana y lo único que consiguen que se pierda es agua y músculo, causando descompensación de sales y deshidratación, por no mencionar la pérdida de masa muscular.
  • Dieta de la luna: Es aquella dieta que consiste en tomar durante 3 días solamente agua natural cada primer día de la luna llena. Este tipo de dietas pueden ocasionar desmayos, fatiga y bajo rendimiento, ya que no se obtiene la energía suficiente proveniente de los alimentos, además de que lo perdido será recuperado inmediatamente al regresar a la alimentación normal.
  • Dieta de Beverly Hills: Este tipo de dietas consisten en consumir durante el día solo un tipo de fruta: Lunes – uvas, martes – sandía, etcétera. Al igual que otra clase de dietas en donde sólo se consume un solo tipo de alimento, éstas no proporcionan todos los nutrimentos que se necesitan para mantener las funciones del organismo.
  • Dietas altas en proteínas y bajas en carbohidratos: Son aquellas basadas en el consumo de alimentos de origen animal, que principalmente aportan proteínas, y grasas, como el chicharrón, la carne, los huevos, el queso, etcétera, y en las que se elimina el consumo de alimentos que contienen carbohidratos como los cereales y la fruta. Este tipo de dieta puede ser riesgosa para la salud, ya que al consumir en exceso proteínas y grasas, los niveles de colesterol y triglicéridos pueden aumentar y con ello la predisposición a desarrollar afecciones cardiovasculares. En cuanto a la falta de carbohidratos, ésta puede causar mareos, dolores de cabeza y dificultad para poner atención, ya que son la única fuente de energía que utiliza el cerebro para funcionar.

Por otra parte, hay alimentos solos que por alguna razón han sido asociados con consecuencias negativas al organismo, lo que ha llevado a quienes los consumen a hacerlo con una cierta culpa o a no consumirlos del todo. Aquí mencionamos algunas de estas creencias para tu consideración:

  • Se dice que el huevo aumenta mis niveles de colesterol: Se creía que consumir huevos durante la dieta diaria era dañino por el incremento de colesterol, sin embargo la Sociedad Americana de Cardiología señaló que se pueden consumir 2 huevos al día sin ese incrementar, además de que su consumo puede prevenir el riesgo de padecer cáncer de mama en las mujeres.
  • Beber agua durante la comida hace daño: Se dice que consumir agua durante la comida diluye los jugos gástricos y perjudica la digestión. Efectivamente si existe una dilución de los jugos gástricos pero no interfieren con la digestión, se puede beber agua en cualquier momento del día y durante las comidas, mejorando nuestra sensibilidad a los sabores de los alimentos.
  • Los mariscos son indigestos: En realidad son buenos para la salud siempre y cuando se consuman con moderación y bajo un régimen nutricional, ya que ayudan a prevenir la diabetes, cánceres, infartos y Alzheimer, además de ser ricos en zinc.
  • El café es dañino para el organismo: El café es una bebida muy funcional para el organismo siempre y cuando no se consuma en exceso. Esta bebida es capaz de prevenir el desarrollo de cáncer de colon, cálculos de vesícula, cirrosis hepática y Parkinson con el solo hecho de consumir 1 ó 2 tazas al día. Sin embargo sigue si ser recomendable para personas embarazadas, hipertensas y con reflujo gastroesofágico.
  • El vino durante la comida es para alcohólicos: Investigaciones recientes han demostrado que el consumo de una o dos copas de vino al día puede prevenir el desarrollo de enfermedades cardiovasculares, cáncer de pulmón y de próstata, además de que el vino durante las comidas es un excelente digestivo.
  • Si como muchos dulces me volveré diabético: Que una persona consuma azúcar en grandes cantidades no significa que desarrollará el padecimiento, pues éste se debe a la combinación de varios factores de riesgo como la herencia, el sedentarismo y el sobrepeso, sin embargo, el exceso de dulces provoca aumento de peso y por tanto incrementa las posibilidades de desarrollar diabetes. Pero, si ya se tiene la enfermedad, comer dulces desencadena un aumento en los niveles de glucosa, por lo que se recomienda a quienes la padecen mesurar su consumo.
    Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

    Para bajar de peso, ¡cuidado con las dietas!

    Hablar de nutrición se presta a muchos errores cuando no ubicamos bien lo que es una dieta, así que para prevenir futuros quebraderos de cabeza, hablemos un poco la dieta en singular y las dietas en plural.

    Primero lo básico, lo que comemos son alimentos, y estos pueden ser de buen sabor algunos y otros de un gusto no muy agradable, pero todos ellos contienen moléculas de sustancias que nos son indispensables: los nutrimentos. Algunos nutrimentos son fuente de calorías, es decir, la energía que nuestro cuerpo necesita para seguir funcionando; nutrimentos son como los carbohidratos, las proteínas y los lípidos, ellos dan energía; otros son constructores e intervienen en la construcción y reparación de tejidos, como el calcio, el fósforo y nuevamente las proteínas y los lípidos. Hay un tercer grupo formado por las vitaminas, los aminoácidos esenciales y los minerales, que es llamado el de los nutrientes reguladores, porque influyen en la resistencia a enfermedades y facilitan casi todos los procesos que ocurren en nuestro organismo.

    Si el interés es mantener a nuestro organismo sano, y probablemente lo es, necesitamos utilizar la comida de forma adecuada para obtener una alimentación equilibrada y variada que nos proporcione las cantidades necesarias de estos nutrimentos. Ese es el secreto de una buena nutrición y la clave para un envidiable estado de salud física y mental. Con la intensión de lograr una alimentación satisfactoria, las personas se alimentan según el tiempo del que disponen, los alimentos que tienen al alcance, sus gustos personales y sus creencias ideológicas. Todo esto determina la dieta que siguen.

    domingo, 5 de diciembre de 2010

    Las premisas detrás de la homofobia

    Al margen de la creciente aceptación que la comunidad parece estar teniendo en lo general hacia el tema  gay (particularmente en el campo del marketing) sobresale en nuestra sociedad un particular rechazo hacia los homosexuales que todavía está vigente, y ese rechazo, constituido por una serie de atribuciones negativas en referencia a la homosexualidad, es lo que llamamos homofobia; no importa si se maneja el tema como una carencia o un defecto, como pecado, malformación, perversión o delito, la homofobia es un acto de discriminación que descalifica a la persona de la que se hace objeto y nos negamos a relacionarnos con ella (o con él), independientemente de su forma de ser, sus ideas, su simpatía o cualquier otra característica personal.

    Cuando discriminamos lo que más importa es nuestra idea de lo bueno y lo malo, basada en generalizaciones hacia una categoría de personas, categoría o etiqueta arbitraria que nos sacamos de la manga, porque tenemos prejuicios y nos permitimos ver el mundo a través de ellos. Y no importa demasiado que en los últimos años haya habido trabajos científicos, filosóficos y médicos en torno a temas como el de la homofobia, que demuestran que no hay nada en la homosexualidad que sea patológico o antinatural, lo que importa es la precaria e inargumentable idea en mi cabeza que me moviliza a discriminar y descalificar.

    Y hablando de discriminar, la que se dirige hacia hombres y mujeres homosexuales es una, pero ¿qué me dirías de la que sufren los hombres y mujeres transexuales? Te invito a echarle una oreja a este podcast de Fernanda Tapia acerca de los derechos de las personas transexuales

    Tener prejuicios es la cosa mas sencilla del mundo, de hecho, me atrevería a decirte que los prejuicios están entre las primeras cosas que aprendemos cuando somos niños: “no hables con extraños”, “a la gente sucia nadie la quiere”, “las niñas buenas no usan pantalones”. Están tan ligados a nuestra educación que es difícil cuestionarlos; en primera, es difícil identificar que están ahí, usualmente a muchos de los prejuicios que conservamos, elegantemente los llamamos “valores”, en segunda, tenemos tantos que tardaríamos una vida en deshacernos de todos. Una vida. Pero el punto no es dejar de tener prejuicios, sino lo que hacemos con ellos: los prejuicios son “juicios previos” que de manera tentativa nos explican el mundo, pero son tentativos, sugieren que algo puede ser bueno o malo para nuestros intereses, pero no son determinantes, así que en nosotros queda la decisión de averiguar si lo que pre – entendemos es algo para ratificar o rectificar, si nuestros prejuicios son correctos o dejaron de estar vigentes.

    Nuestros  prejuicios son opiniones personales (heredadas de nuestros padres y ellos las heredaron de nuestros abuelos) que no nos definen como persona, por eso podemos estar dispuestos soltarlos cuando dejan de sernos útiles. Pero hasta el momento en que nos liberamos de ellos vamos a continuar, por ejemplo, ejerciendo al homofobia, la cual se mantiene en el discurso colectivo aunque carece de argumentos racionales; es un prejuicio social que no surgió de la nada, lo aprendimos, nos lo quedamos y le damos réplica para enseñárselo a nuestros hijos, y como con todos los prejuicios, no nos detenemos a preguntarnos porqué lo mantenemos o de dónde o cuando surgió, solamente le obedecemos y actuamos guiados por él.

    ¿De dónde salió la homofobia? Cuando mantenemos un prejuicio, lo hacemos a partir de nuestra certeza en determinadas premisas, tales como “el objetivo de la sexualidad es la reproducción”. Así, la homosexualidad existe en el contexto de un modelo sexual hegemónico: la heterosexualidad, que tiene un carácter claramente reproductor. La heterosexualidad es “buena” porque se ajusta a esa premisa donde reproducción y sexualidad son equivalentes, la homosexualidad es “mala” porque es una versión de la sexualidad en la que la reproducción no es el objetivo. En el histórico momento en que el ser humano afirmó que sexualidad y reproducción son la misma cosa, convirtió la sexualidad en patrimonio exclusivo de las parejas heterosexuales de mediana edad (edad reproductora) y bajo el cobijo del matrimonio (institución avalada para tener hijos). De esa premisa se desglosan una serie de interesantes prejuicios: el sexo entre personas del mismo sexo es malo, el sexo entre dos ancianos es malo, el sexo fuera del matrimonio es malo, buscar el placer durante el sexo es malo, usar métodos anticonceptivos durante una relación sexual…

    Primera premisa:

    Acerca de la homosexualidad entre varones, el contacto erótico no desencadena proceso reproductivo alguno (evidentemente), por lo que la actividad sexual no es otra cosa que “el desperdicio de la simiente”, dicho en términos bíblicos. Desde este contexto religioso, el homoerotismo entre hombres desconoce “el desarrollo natural de todo ser humano que nace, crece, se reproduce y muere”, y cuestiona el proyecto de vida de quienes efectivamente buscan trascender a la muerte preservando su existencia en un hijo. Este es el argumento central de los jerarcas en las iglesias y una que otra persona de fe, sustentándose en la premisa de que toda mujer u hombre debe de dedicar su vida a la procreación y la construcción de un contexto adecuado para el desarrollo de un humanito nuevo. ¿Donde quedan quienes no incluyen hijos en su proyecto de vida?, bueno, con esta premisa las religiones se encargan de dar el visto bueno a unos proyectos de vida, y de no dárselos a otros.

    El deseo reproductivo, mediante el que, efectivamente, pueden realizarse y trascender algunas personas, adquiere en el ser humano, que es racional y consciente de sí, un carácter opcional, elegible según el proyecto de vida de cada hombre o mujer; capacidad de elegir que es negada al individuo cuando queda establecida una hegemonía centrada en la heterosexualidad.

    Concretamente, si yo digo “vi dos homosexuales en la calle” tu muy probablemente vas a imaginarte a dos tipos caminando y tomados de la mano, puede que hasta dándose un beso. Exactamente lo mismo pasa cuando se hacen campañas sociales para sensibilizar contra el rechazo a la homosexualidad, ves afiches con fotografías de hombres; y en la mercadotecnia homosexual hay productos para hombres. ¿Sabías que también las mujeres pueden ser homosexuales? Lo que sucede es que mantenemos ciertas ideas hacia la sexualidad de las mujeres que, incluso en el ámbito de la homosexualidad, también están presentes: las mujeres son seres delicados e inocentes. Por eso cuando nos referimos a la sexualidad de una chava, usualmente agregamos adjetivos juguetones como “sucia” o “perversa”, lo que no pasa cuando hablas de la sexualidad de un varón. ¿Machismo?, si… totalmente.

    El deseo sexual entre hombres es algo normal para las concepciones de nuestra cultura (los hombres piensan en sexo, después en sexo y al final en sexo, dice la vox populi), pero paralelamente, nuestro Occidente judeocristiano le ha negado a la mujer el reconocimiento de su deseo sexual: históricamente existe la convicción de que las mujeres no sienten, ni buscan, ni pretenden el deseo sexual. Por eso pensamos la sexualidad entre mujeres más como un juego inocente que como un acto erótico. Si ves a dos mujeres caminando por la calle, tomadas de la mano, pensarás probablemente que se trata de dos grandes amigas.

    Segunda premisa:

    La segunda premisa que alimenta el prejuicio contra la homofobia se instala, en la prohibición del placer: “buscar el placer es malo”. Nos cuesta trabajo hablar de lo que nos da placer y es difícil aceptar que a veces lo que hacemos está únicamente motivado por el placer de hacerlo, porque nos creemos obligados a ser productivos y generar un bien para la comunidad, al mismo tiempo que menospreciamos el valor del placer como una manera de nutrirnos tan válida como la satisfacción del trabajo bien hecho. Este sistema de creencias encuentra su nicho en el discurso moral de las religiones, las cuales enfatizan la “malignidad” del placer como una forma de pecado; para muchas doctrinas morales, este mundo es el valle de lágrimas y dolor por el que tenemos que cruzar para acceder a la tierra prometida, al paraíso que obtendremos luego de que nos muramos.

    El tema de las religiones es uno interesante, porque si bien el universo total de seres humanos se compone de conjuntos distintos de creyentes y no creyentes, tanto unos como otros crecen y se desarrollan en comunidades donde las iglesias son instituciones con poder, cuyos discursos alcanzan a sus feligreses y a los vecinos, hijos, amigos de esos feligreses. Es entonces cuando el hombre más agnóstico se sorprende obedeciendo por simple inercia a los cánones católicos, por ejemplo, o aceptando las premisas de una religión, sin necesariamente compartir su doctrina.

    El hombre y la mujer homosexuales, entonces, no solo llevan la práctica de su sexualidad lejos de la intensión reproductiva, sino que, incluso, ejercen esa sexualidad fundamentalmente motivados por el placer, contraviniendo las premisas de una sociedad educada bajo los axiomas de la abstinencia, el auto castigo y la continencia para expiar o prevenir los pecados. Entonces, así como el placer es malo, la sexualidad que busca el placer también lo es; y si bien lo del desperdicio de la simiente es un tema que atañe más directamente al varón homosexual, la búsqueda del placer es anatema para las mujeres, que siendo figuras delicadas, virginales e inocentes expresan en el lesbianismo su derecho (y necesidad) al disfrute y el gozo, manteniendo por motu proprio relaciones sexuales con otras mujeres.

    Tercera premisa:

    La tercera y última cuestión tiene todo que ver con la estratificación social: así como, según nuestra sociedad, no es lo mismo ser presidente que barrendero, adulto que joven, o jefe que empleado, tampoco resulta igual ser hombre que ser mujer. Nos encanta crear jerarquías para todo, y el sistema de géneros no es la excepción, lamentablemente.

    El sexo de cada persona corresponde a sus características fisiológicas, hormonales, anatómicas y etcétera: hombre y mujer. El género, en cambio, es el conjunto de atribuciones que hacemos para una persona a partir de su sexo: los hombres deben vestir de azul, ser rudos, varoniles, fuertes, formales y hasta feos, buenos proveedores para la casa y conseguirse una buena mujer; las mujeres deben vestir de rosa, ser delicadas, femeninas, frágiles y hermosas, buenas para la cocina y siempre bien portaditas para que un hombre las elija. El sexo tiene un fuerte componente biológico, pero el género, en cambio, es cultural. Esto implica que apenas naces ya tienes encima de ti un montón de exigencias que van a coartar la libertad que tienes para hacer elecciones de vida: ¿estas seguro que quieres ser bailarín?, ¿cómo se le ocurrió a ella ser piloto? En esta determinante cultural se instala la premisa de que ser hombre es mejor que ser mujer; eso habla de niveles en una jerarquía, ellos arriba, ellas abajo. Así funciona desde la Roma Imperial.

    Roma fue una sociedad con gran aprecio por la virilidad y sus valores asociados, sin embargo no era un mundo que encasillara el comportamiento amoroso según el sexo; sí, en cambio, según el papel activo o pasivo que adoptaba el ciudadano; ser activo es actuar como un macho frente al partenaire sexual, y lo que condenaban era la pasividad del varón, importando poco si era pasivo frente a una mujer o con otro hombre.
    Esta noción, que era muy propia de las sociedades patriarcales y / o guerreras, en que se atribuyen al varón roles dominantes en lo sexual, económico y político, no es exclusiva de la sociedad romana, pero su difusión a través de la cultura y el derecho romano ha dejado una sólida impronta que prevalece en nuestras sociedades hasta nuestros días y que explica parte de las actitudes que mantenemos hacia las sexualidades no ortodoxas y hacia la afectividad, incluso no catalogada homosexual, entre varones.

    Poco después llegó el buen San Pablo, un hombre cero progresista, que apoyó muchos de los argumentos romanos como si fueran palabra del señor y declaro que la mollities, o pasividad masculina, era una grave falta en la cada vez más amplia escala de pecados de la carne, y la comete cualquier varón que permite que su cuerpo sea empleado por otra persona, ya sea hombre o mujer, para obtener placer. Este tabú hacia la pasividad en el varón, que lo “degrada” del lugar preferencial entre los géneros al “nivel inferior que le corresponde a la mujer”, se ha mantenido firme hasta nuestros días, nada más que las palabras cambiaron: en determinados lugares de México y Latinoamérica el homosexual es el hombre que es penetrado por otro, no el que penetra, a quien recibe la penetración se le llama “pasivo” y se le ve en una escala inferior al “activo” que ejecuta la penetración.

    Frente a las premisas contra la búsqueda del placer o la equivalencia entre sexualidad y reproducción, la prohibición contra la pasividad del hombre es el factor de mayor peso en el mantenimiento de la homofobia; es por esta razón que la mayor parte de críticas a la homosexualidad aludan a la figura del hombre que se feminiza, y también por la que la homosexualidad masculina causa mayor revuelo que la femenina. Otra evidencia del tabú hacia la pasividad masculina está en el discurso social, donde los chistes y anécdotas de humor hacen burla del hombre “dominado”. La feminización del hombre despierta el rechazo de homosexuales y heterosexuales por igual: cuando el hombre gay abre su sexualidad homoerótica a sus padres, el principal temor de éstos es que su hijo desarrolle conductas notorias de “afeminamiento”; cuando dos grupos de hombres gay se confrontan, surge espontáneamente una jerarquización donde los más femeninos quedan en la base y los más masculinos se instalan arriba de la jerarquía.

    En la homofobia se asume que el hombre homosexual esta renunciando a su lugar en la jerarquía de género, quedando “a nivel de las mujeres” (se asume también que en consecuencia esto invertiría el orden social) y mereciendo el escarnio público por tal “degradación”. De este modo se asocia el mito de la superioridad del varón, con la homofobia; de hecho, la homofobia es un mecanismo de control que previene que muchos hombres se muevan en esta estructura de poder, pues saben que renunciar a su postura privilegiada en la jerarquía de género les hará receptores de la desacreditación y el escarnio.

    La gran pregunta después de esta reflexión es: ¿cuando obedeces a tus prejuicios, identificas cuál es la premisa que los motiva? La mayoría de nosotros mantenemos rasgos homofóbicos, independientemente de nuestra orientación sexual, porque guardamos premisas acerca de cómo debe de vivirse la sexualidad, asumiendo que hay una manera que es la adecuada para todos de vivirla. ¿Tu identificas cuales son las premisas detrás de cada uno de tus prejuicios? Es probable que sea un tema más relevante el qué haces con tus prejuicios, que el hecho mismo de que los tengas; y es posible que conociendo tus propias premisas, puedas elegir mejor actuar o no obedeciendo tus prejuicios o decidir, incluso, descontinuarlos. La chamba es tuya.

    Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

    Las premisas detrás de la homofobia

    Al margen de la creciente aceptación que la comunidad parece estar teniendo en lo general hacia el tema  gay (particularmente en el campo del marketing) sobresale en nuestra sociedad un particular rechazo hacia los homosexuales que todavía está vigente, y ese rechazo, constituido por una serie de atribuciones negativas en referencia a la homosexualidad, es lo que llamamos homofobia; no importa si se maneja el tema como una carencia o un defecto, como pecado, malformación, perversión o delito, la homofobia es un acto de discriminación que descalifica a la persona de la que se hace objeto y nos negamos a relacionarnos con ella (o con él), independientemente de su forma de ser, sus ideas, su simpatía o cualquier otra característica personal.

    Cuando discriminamos lo que más importa es nuestra idea de lo bueno y lo malo, basada en generalizaciones hacia una categoría de personas, categoría o etiqueta arbitraria que nos sacamos de la manga, porque tenemos prejuicios y nos permitimos ver el mundo a través de ellos. Y no importa demasiado que en los últimos años haya habido trabajos científicos, filosóficos y médicos en torno a temas como el de la homofobia, que demuestran que no hay nada en la homosexualidad que sea patológico o antinatural, lo que importa es la precaria e inargumentable idea en mi cabeza que me moviliza a discriminar y descalificar.
    Y hablando de discriminar, la que se dirige hacia hombres y mujeres homosexuales es una, pero ¿qué me dirías de la que sufren los hombres y mujeres transexuales? Te invito a echarle una oreja a este podcast de Fernanda Tapia acerca de los derechos de las personas transexuales

    domingo, 28 de noviembre de 2010

    Los rostros del VIH

    Hoy el SIDA ha dejado de ser el escalofriante fantasma  que acechaba en la oscuridad de nuestras sábanas (o la del hotel, el asiento trasero del auto o los cuartos oscuros, ya sabes), paulatinamente ha ido perdiendo su rostro demacrado y afectado por la lipodistrofia, atacado por el sarcoma y muerto, finalmente muerto. Hoy tenemos tratamientos y medicamentos que no son tan agresivos como lo fueron en los años ochenta, cuando la enfermedad debutó en nuestra sociedad dictando una sentencia segura para la mayoría de quienes se infectaron con el virus; hoy sabemos que vivir con VIH no implica necesariamente estar enfermo, y mucho menos que vas a morirte pasado mañana.

    Nos habíamos habituado a tener miedo y como una reacción natural del ser humano, trivializamos el origen de nuestra ansiedad para conseguir respirar tranquilos. A nadie le gusta vivir con miedo. La consecuencia fue que progresivamente le hemos restado importancia al riesgo que para la vida tiene el SIDA, y seamos puntuales: no para la cantidad, sino para la calidad de vida.

    Los laboratorios de investigación científica se han encargado de que una mujer u hombre que padecen cáncer, hepatitis, SIDA o alguna de entre muchas otras enfermedades, puedan alcanzar una buena expectativa de vida; en lo mismo contribuyen instituciones de varios tipos que, con programas y planes de salud pública, proporcionan todo lo necesario para que el paciente se estabilice y sobreviva. Eso está bien; estupendo, comparado con lo poco que teníamos antes. Y con noticias como esta, también la actitud de la gente está cambiando.

    No es, necesariamente, que la sociedad mexicana sepa más que antes acerca del VIH, pero una cosa si tenemos muy en claro todos: no está padre discriminar a alguien porque vive con un padecimiento determinado, o porque vive infectado de algo que no puede transmitirse por mecanismos más cotidianos, como el virus del SIDA. A las personas, actualmente nos da pena que nos cachen discriminando en público, por eso, al menos a veces nos guardamos nuestras actitudes negativas para lo privado, cuando casi nadie nos escucha. Con esta situación de lo políticamente correcto, ya no da “tanta” pena salir de casa para hacer cola en una clínica de salud y solicitar tu dotación mensual de antirretrovirales; la creciente aceptación social, ya sea genuina o solo aparente, permite que cuando vives como portador del VIH puedas asimilar con “más facilidad” esa condición en tu vida.

    El punto de referencia para afirmar algo como esto es la escasa calidad de vida que le quedaba a un hombre o mujer en los años ochenta e inicios de la década de los noventa, cuando inesperadamente adquiría el VIH por transmisión sexual o sanguínea; y considerando, por supuesto, que estas líneas que lees, se refieren a países o poblaciones relativamente avanzados. En una comunidad africana, indígena o viviendo en extrema pobreza, no había ni hay mucho que hacer cuando te sabes infectado por un virus como este. Paralelamente, es necesario puntualizar que vivir con VIH es siempre un reto de vida, por lo que, sin importar cuán avanzados sean los tratamientos, nunca será del todo sencillo vivir siendo seropositivo.

    A menos, claro, que los tratamientos consistan en una vacuna o una cura.

    Todo hace evidente, incluso para el observador más distraído, que está cambiando el modo en que nuestras sociedades se están relacionando con el VIH; ya no vivimos con el miedo que nos conmovía en otro momento, porque hoy el SIDA dejó de ser ese extraño mal del que no sabíamos nada, y le temíamos fundamentalmente porque nos era desconocido. Hoy es un tema bien cotidiano; le vemos en películas campañas publicitarias y obras de teatro, todos ahora conocemos alguien que vive con VIH o de un famoso que falleció por una dolencia que se complico por la presencia del SIDA o etcétera. Ya no tenemos miedo, al menos no tanto, y ese vivir sin miedo está bien. Por eso las nuevas campañas de sensibilización contra el VIH necesitan recursos y discursos distintos a la propagación del miedo para impactar en el público; uno ya no le pega a escuchar que si no haces tal o cual cosa te vas a morir, o que sufrirás un tormento eterno si no te portas como debes. Ahora el discurso necesita ser otro, especialmente en el tema del VIH,
    porque la relación que hoy tenemos con el SIDA también ya es otra.

    En televisión y otros medios te dan diez mil argumentos de porqué debes para evitar enfermarte; pero ¿cuántas campañas se han hecho acerca del autocuidado? Te hablan con lujo de detalles acerca de la muerte; ¿pero qué tal que te hablaran un poco de las delicias de la vida?

    Efectivamente no se trata de vivir con miedo, pero tampoco se trata de normalizar el riesgo al grado de neutralizar toda conducta de prevención: con la llegada del nuevo siglo se difundieron prácticas sexuales, como el bareback, que no solo crecieron en popularidad, sino que han ayudado a que crezcan las estadísticas de infección por VIH. En el bareback, quienes sostienen una relación sexual eligen no usar condón en el momento de la penetración; las razones de esta preferencia son muy variadas y van desde el “con condón no se siente lo mismo”, hasta “me gusta ponerme en manos de mi hombre”, o “quiero que mi pareja confíe totalmente en mi”.  Es verdad que el encuentro sexual sin protección con una persona que es portadora del VIH no necesariamente va a causar la transmisión del virus, pero la sola y aleatoria posibilidad de que eso suceda durante el sexo no protegido es equivalente a apostar nuestra calidad de vida en el tiro de una moneda. ¿Cuántos apostadores expertos conoces que se apuntarían a un juego como este?

    Igual, en años recientes se ha difundido en Estados Unidos una alarmante práctica sexual que conjuga fiestas sexuales, clandestinidad y VIH, pero no incluyen en la fórmula al sexo protegido, no por olvido, sino por estrategia. Vamos, pensemos que por definición una orgía es un encuentro sexual multitudinario que puede o no involucrar el uso de condones; en las orgías, además, puede haber quien prefiere solamente ver, sin participar, o quien solo vaya a pasearse desnudo. En las fiestas sexuales donde el VIH es el invitado de honor, en cambio, los participantes asisten enfáticamente para exponerse a la transmisión del “bug” o bicho, que es el sobrenombre con el que identifican al virus, mediante un acto que ellos llaman “the gift”, o el regalo. Pueden verse las convocatorias en distintas redes sociales de Internet donde dan a conocer fecha y lugar del evento, a ellas asisten quienes pretenden obsequiar el virus y quienes quieren recibirlo. Actualmente ya empieza a haberlas en México.

    Algunos de los receptores del regalo sostienen que gracias a “the gift” pueden mantener con ellos una parte de su pareja (la de turno), que en algunos casos es quien transmite el virus; otros insinúan que al momento de tener en su sangre el “bug” su vida cambia (lo cual es a todas luces innegable), se visualizan a sí mismos como algo distinto a lo que eran, con un sentido de pertenencia y una identificación con otras personas portadoras. Conversando con ellos en entrevista a través de chats, da la impresión de estar conversando con personas en una profunda búsqueda de su propia identidad e incómodos consigo mismos. Lo que su noción del VIH plantea, es que siendo portadores de virus tienen acceso a programas sociales, grupos de apoyo, redes y otros espacios a los cuales pertenecer. De alguna manera, eligen llevar su búsqueda por una identidad al reto de vivir con VIH, finalmente, confirman ellos, tener VIH no es necesariamente estar enfermo.

    Vivir con VIH efectivamente no implica estar enfermo, pero también es cierto que la calidad de vida queda tremendamente comprometida. La persona que vive siendo portador o portadora del virus, necesita cuidar mucho de su calidad de sueño, de sus hábitos alimenticios, prácticas sexuales, actividad física y hasta de sus estados de ánimo; ok, es cierto  que todo ser humano también requiere de cuidar su sueño, sexualidad, comida, ejercicio y emociones para tener una buena calidad de vida, pero cuando se es portador del VIH, lo que en un momento era recomendable, ahora se vuelve obligatorio. No importa qué institución se encargue de proveerte de recursos para estar bien, ni que organización te ofrezca programas para que no te sientas solo en tu lucha contra el virus; finalmente eres tú mismo quien elige o no salir de casa y enfrentar la vida, eres quien lleva el virus en su interior y quien elige o no seguir los tratamientos para mantenerse bien o abandonarlos.

    La existencia del SIDA y la posibilidad de infectarse de VIH no es algo que deba tomarse a la ligera. Es verdad que lo que hace un portador del virus para sobrevivir, es precisamente lo que cualquiera tendría que hacer consigo mismo para estar bien, pero con el VIH uno tiene menos oportunidades de equivocarse, y menos tiempo que perder. Trabajando en psicoterapia con personas que son portadoras del virus he conocido personas que viviendo con VIH han conseguido mantenerse bien, y de paso, han logrado construirse vidas ejemplares, se un nivel de salud que yo mismo  envidiaría: cuidan de sí mismos y de sí mismas, valoran de una manera sustancial la vida y han trabajado tanto en encontrar el “equilibrio”, que se han convertido en grandes personas; pero hay algo que suelen decir: que pena que tuve que vivir con el virus para tener que darme cuenta de esto.

    Finalmente, no importa que rostro le demos al SIDA, no es otra cosa que una enfermedad que se puede originar con la infección por VIH; y ultimadamente tampoco importa tanto la forma en que nos relacionamos con él, simplemente cambiemos el enfoque: lo relevante es la manera en que yo me relaciono conmigo mismo o conmigo misma y el valor que le pongo a mi futuro y mi calidad de vida, ¿yo podría enfrentar al reto de vivir toda una vida con VIH?, ¿cómo se facilitarían mis planes a futuro si hoy le doy importancia a mi bienestar?

    Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

    Los rostros del VIH

    Hoy el SIDA ha dejado de ser el escalofriante fantasma  que acechaba en la oscuridad de nuestras sábanas (o la del hotel, el asiento trasero del auto o los cuartos oscuros, ya sabes), paulatinamente ha ido perdiendo su rostro demacrado y afectado por la lipodistrofia, atacado por el sarcoma y muerto, finalmente muerto. Hoy tenemos tratamientos y medicamentos que no son tan agresivos como lo fueron en los años ochenta, cuando la enfermedad debutó en nuestra sociedad dictando una sentencia segura para la mayoría de quienes se infectaron con el virus; hoy sabemos que vivir con VIH no implica necesariamente estar enfermo, y mucho menos que vas a morirte pasado mañana.

    Nos habíamos habituado a tener miedo y como una reacción natural del ser humano, trivializamos el origen de nuestra ansiedad para conseguir respirar tranquilos. A nadie le gusta vivir con miedo. La consecuencia fue que progresivamente le hemos restado importancia al riesgo que para la vida tiene el SIDA, y seamos puntuales: no para la cantidad, sino para la calidad de vida.

    Los laboratorios de investigación científica se han encargado de que una mujer u hombre que padecen cáncer, hepatitis, SIDA o alguna de entre muchas otras enfermedades, puedan alcanzar una buena expectativa de vida; en lo mismo contribuyen instituciones de varios tipos que, con programas y planes de salud pública, proporcionan todo lo necesario para que el paciente se estabilice y sobreviva. Eso está bien; estupendo, comparado con lo poco que teníamos antes. Y con noticias como esta, también la actitud de la gente está cambiando.

    No es, necesariamente, que la sociedad mexicana sepa más que antes acerca del VIH, pero una cosa si tenemos muy en claro todos: no está padre discriminar a alguien porque vive con un padecimiento determinado, o porque vive infectado de algo que no puede transmitirse por mecanismos más cotidianos, como el virus del SIDA. A las personas, actualmente nos da pena que nos cachen discriminando en público, por eso, al menos a veces nos guardamos nuestras actitudes negativas para lo privado, cuando casi nadie nos escucha. Con esta situación de lo políticamente correcto, ya no da “tanta” pena salir de casa para hacer cola en una clínica de salud y solicitar tu dotación mensual de antirretrovirales; la creciente aceptación social, ya sea genuina o solo aparente, permite que cuando vives como portador del VIH puedas asimilar con “más facilidad” esa condición en tu vida.

    lunes, 4 de octubre de 2010

    ¿Qué es la terapia familiar?

    Para nadie es extraño afirmar que la familia en México es una institución fundamental para el desarrollo tanto de las personas, como de sus identidades, y tampoco es nuevo pensar en la influencia que mantiene la familia sobre el  bienestar social y personal, además de que hay factores externos que ponen en entredicho su desarrollo económico, emocional e incluso biológico; a partir de todo eso, tiene mucho sentido promover un abordaje psicoterapéutico que, desde una epistemología sistémica, considere a la entidad familiar como el sujeto de sus estrategias e intervenciones.

    En este sentido, la Terapia Familiar de enfoque sistémico aborda a las familias como un conjunto de individuos que, al mantenerse en cotidiana interacción, conforman un sistema, es decir, una unidad en sí misma, poseedora de sus propias reglas y pautas organizativas que tienden a una constante autorregulación con el fin de preservarse.

    Dentro de una familia, el malestar o bienestar de cada uno de los integrantes va a repercutir en el bienestar del resto de miembros del sistema e, incluso, en su estructura completa.