viernes, 18 de marzo de 2011

Hablando de VIH: el juego de la ruleta rusa

Llegado tu turno, tomas el revólver de la mesa y lo levantas, comprobando cuán frío y pesado te resulta. Tu mirada no puede apartarse del cañón que lentamente vas aproximando hacia ti, ascendiendo por tu pecho con los dedos de tu mano crispados alrededor de la empuñadura. Mecánicamente te ves poner el índice sobre el barril del arma con sus cámaras vacías, salvo por una bala. Lo haces girar con energía, y éste, obediente, da varias vueltas antes de detenerse tras un último clic y quedar listo.

El revólver se vuelve más pesado, o así te lo parece, mientras lo acercas a tu boca que se va abriendo cansinamente. Luego, a lo largo de un segundo que dura eternidades, jalas del gatillo con el filo del cañón cosquillando tu paladar. Un resorte se libera, oyes un chasquido que martillea en tu mente con un eco que jamás conseguirás olvidar, se hace una pausa que pervive eternidades. Y no pasa nada, esta vez no te pasó nada.

Y hasta ahí llega mi parco intento literario; porque ahora que lo pienso, mi intención era hablarte un poco sobre el VIH.

El VIH es un muy pequeño bicho, de la especie conocida como virus, que no aguanta que le cambien mucho la temperatura ambiente o que lo sometan al oxígeno ni al agua, porque entonces al tipo le da por morirse, en un contexto donde el único virus bueno es el virus muerto. Pero si no se muere, si no lo enfrías ni lo mojas ni lo oxigenas, entonces se reproduce felizmente por todo el organismo, tanto y tan tenazmente que causará grandes problemas en aquél que se haya infectado. La bronca más conocida es el deterioro del sistema inmunológico que nos protege de sufrir enfermedades, otras más puede ser ciertos tipos de demencia que se manifiestan cuando al susodicho le da por alojarse entre las células del cerebro y su área conurbada.

Una vez que esto pasa y el sistema inmunológico se hace pomada, la persona que se ha infectado de VIH se enferma y le da SIDA; antes de eso, cuando el sistema inmunológico todavía aguanta, quien tenga el virus seguirá siendo una persona sana… aunque portador del VIH.

¿O sea que tener el VIH no es estar enfermo? Exacto.

Los seres humanos somos grandes bioterios ambulantes, donde coexisten en tranquila armonía bacterias, virus y las células de nuestros tejidos; la armonía entre estos elementos es el equivalente de la salud. La enfermedad y el malestar llegan cuando ese equilibrio se rompe y alguno de ellos comienza a agandallarse a los demás; esto pasa frecuentemente cuando ingresan bacterias o virus a este ecosistema personal. Cuando el VIH ingresa, se vuelve en uno de los primeros revoltosos, rompiendo con la armonía preexistente y abriendo las puertas de par en par para el paso de sarcomas, neumonías y etcétera.

Así que infectarse de VIH no equivale directamente a enfermarse, pero da inicio a la posibilidad de llegar a estarlo.

La mejor manera de infectarse de VIH es teniendo una relación sexual con alguien que ya esté infectado y sin protecciones de barrera, como lo es el condón. Pero la cosa no acaba ahí. A la probabilidad de infectarse, una vez que hemos tenido un sexo fabuloso, uno medianamente bueno, o algo que más bien preferiríamos ni comentar, se le suma la carga viral de la persona que está ya infectada y con quien tuvimos relaciones sexuales sin protegernos, es decir, la cantidad de virus nadando entre sus células; si tiene muchos virus, será más probable que alguno de esos se pase de contrabando al cuerpo de la otra persona. Otro factor es el nivel de salud del que no esta infectado: si esta persona fuma, duerme mal, come mal y hace inconscientemente todo cuanto sea posible por debilitar su sistema inmunológico, va a tener las defensas tan bajas que cuando hay la posibilidad de infectarse, el virus se encontrará con la mejor hospitalidad para instalarse y sentirse como en casa. La suma de estos factores genera una alta probabilidad de que te infectes si tienes sexo con alguien que sea portador de VIH, lo sepa esa persona, o no; lo sepas tú o no.

Existen muchas personas que viven con el VIH dentro de sus organismos y no tienen la menor idea de ello, porque están sanos y no se han hecho la prueba de sangre, pero pueden infectar a otros por descuido o negligencia. De nuevo: estar infectado de VIH no implica estar enfermo, pero si hace posible infectar a otros por descuido.

Ahora lo contrario: si tienes sexo con alguien que es VIH Positivo, es decir, que esta infectado, pero esa persona tiene pocos virus en su sistema porque toma medicamento u otras razones, la probabilidad de ser contagiado disminuye. Disminuye más si además tú haces ejercicio regularmente, duermes el tiempo suficiente, comes chido y llevas una vida saludable. Con todos estos factores, tu probabilidad de infectarte de VIH es una entre diez, igual que ponerle una sola bala al cargador y disparar con el cañón apuntando a tu cabeza.

Pero vamos, solamente a una de cada diez personas le tocaría la bala; solo hay que esperar que esa persona no seas tú.

Otras maneras de adquirir la infección es mediante el plasma sanguíneo, por eso en México, hay un programa nacional llamado “Sangre segura”, que te garantiza que toda sangre que se maneja en los hospitales es sangre super checada, que no tiene VIH ni otras sorpresas igual de desagradables. Pero cuando compartes la aguja de un compa para inyectarte alguna droga, no hay garantías de nada; el virus puede viajar en calidad V.I.P. dentro de las gotas de sangre atrapadas en el canal de la aguja, calientito, cómodo y ansioso por conocer nuevos horizontes.

Como sea, regresando al asunto del sexo, no sólo con quién, también es cómo lo haces. Si le pones con una persona que está infectada por el virus, la probabilidad de que te infectes de VIH al bajarte por los chescos y hacerle el oral a tu compañero, o llevar tu lengua a explorar las clitorídeas cavidades de tu compañera, es de una probabilidad baja para la transmisión del virus. Si lo haces de una manera más institucionalizada, aplicando al siempre entusiasta y erecto miembro A en el participativo y femenino orificio B, sin condón, además del riesgo de un embarazo, también te enfrentas a una probabilidad media de infección. Y a la que de plano le va mal en esto de las probabilidades, es a la postura del chivito en el precipicio. El sexo anal es el que mayor riesgo presenta cuando se tiene sexo sin condón y con una persona que porta el virus, por las heridas que pueden, si bien no siempre, presentarse en la pared del recto, el anillo del ano y todo lo que anda por ahí.

Y ya. Esto es sólo una parte de lo que debes saber cuando eliges usar o no un condón. Ahora sabes que alguien que está infectado de VIH no necesariamente se ve enfermo, o que infectarse de VIH no es tener SIDA pero sí implica tener que cuidarse.

Por otra parte, nadie puede obligarte a usar un condón, ni violentarte para que lo uses o chantajearte; no lo uses para cuidar de otros, que si bien es loable, lo mas importante eres tú y eres la única razón para elegirlo o no. Si quieres usarlo, bien; si no quieres usarlo, es tu decisión. Una decisión en la que te juegas una apuesta muy alta, así que antes de elegir, échale un vistazo a tu futuro. Si crees que no tienes nada que perder al infectarte de VIH y ante la posibilidad de adquirir el SIDA, va. Si consideras que el vivir siendo portador de VIH no interfiere con tus proyectos a futuro, y que puedes seguir adelante a cada pequeño instante de tu vida con el virus a cuestas, entonces no necesitas usar un condón.

!Pero claro¡, si tú decido no usarlo, yo decidiré no tener sexo contigo. No es nada personal, se trata nada más de cuidar algo que me es tremendamente valioso: mi vida.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Hablando de VIH: el juego de la ruleta rusa

marzo 18, 2011 Hernan Paniagua
Llegado tu turno, tomas el revólver de la mesa y lo levantas, comprobando cuán frío y pesado te resulta. Tu mirada no puede apartarse del cañón que lentamente vas aproximando hacia ti, ascendiendo por tu pecho con los dedos de tu mano crispados alrededor de la empuñadura. Mecánicamente te ves poner el índice sobre el barril del arma con sus cámaras vacías, salvo por una bala. Lo haces girar con energía, y éste, obediente, da varias vueltas antes de detenerse tras un último clic y quedar listo.

El revólver se vuelve más pesado, o así te lo parece, mientras lo acercas a tu boca que se va abriendo cansinamente. Luego, a lo largo de un segundo que dura eternidades, jalas del gatillo con el filo del cañón cosquillando tu paladar. Un resorte se libera, oyes un chasquido que martillea en tu mente con un eco que jamás conseguirás olvidar, se hace una pausa que pervive eternidades. Y no pasa nada, esta vez no te pasó nada.

Y hasta ahí llega mi parco intento literario; porque ahora que lo pienso, mi intención era hablarte un poco sobre el VIH.

martes, 1 de marzo de 2011

Bienvenido a la crisis de los treinta

Cuando eres estudiante, tu existencia esta repleta de certezas: sabes qué cosa sigue a cada experiencia que estas viviendo, tienes un proyecto de vida claro, entiendes cuál es tu papel en la sociedad e incluso, por el simple hecho de estar estudiando obtienes gratuitamente un cierto prestigio social, particularmente cuando estas en la universidad. Cuando tienes veintitantos, tu vida está igualmente definida: eres “chavo”, careces de responsabilidades y si te equivocas no falta quien se haga cargo por ti, nadie espera que seas especialmente maduro o etcétera; además de que cuando ves el discurso mercadológico de los medios, te es claro que el ochenta por ciento de los spots, escaparates y anuncios publicitarios te hablan a ti.

Cuando estás en los veintes y eres estudiante, es fácil encontrar oportunidades para relacionarte con los demás: en el antro, en el salón de clases, en la explanada de la universidad. Basta dar a conocer estas dos categorías fundamentales (veinteañero + estudiante) para que el otro se identifique contigo y obtengas el intro para una hermosa amistad. Pero nada dura para siempre, o como solía decir mi traqueteada abuela: todo por servir se acaba.

Hasta ese momento quedaba por demás claro quién eres, que se espera de ti y tu que puedes esperar de los demás, del universo y de la vida. Eso es identidad, y los medios, los vecinos, los profesores, los amigos y todo el mundo te ayudan oportunamente a mantenerla. Pero de repente, un día te levantas y ya estás titulado de la carrera; todo por lo que tanto estudiaste, cada una de las pestañas que te quemaste, todos tus esfuerzos se ven consumados de sopetón, luego de un solemne pero breve examen profesional.

Al menos ese fue mi caso. Pasan algunos días y una mañana la vida te recibe con un pastel de cumpleaños que más bien parece una maqueta de San Juanico; es el inexorable momento en que cumples los treinta. ¿Y luego…?

Como es corriente, la vida sigue y dejas atrás los estudios, tus veintes se vuelven poco menos que un nostálgico recuerdo y te miras tratando de convencerte de que nada ha cambiado. Pero vaya que las cosas han cambiado. En nuestra sociedad tener treinta y tantos es como estar en el limbo, eres socialmente invisible; no hay programas sociales que se dirijan a ti, como pasaba antes que cabías oficialmente en la abstracta categoría de “joven”; no eres interesante, ni marginado, ni perteneces a un grupo vulnerable a menos que seas indígena o te falte una pierna, por lo que tampoco la sociedad te voltea a ver cuando se trata de repartir las dádivas del sistema.

Y ¿recuerdas que tenías una identidad?, bueno, ahora no tienes idea de quién eres, cómo vas a hacerle, ni dónde estas parado. Y luego, cuando se trata de la vida social, ya no cuentas con los atajos del salón de clases y los pasillos de la facultad como lugares comunes para conocer gente nueva, ya nadie se siente identificado contigo con la facilidad de antaño, y perdiste el prestigio que te daba el ser estudiante; ahora eres un “licenciado” más. Ya nadie meterá las manos para que el peso de tus errores no te agobie tanto, ni tienes esa especie de fuero que infaliblemente te rescata de tener que actuar como un adulto o de responder a las demandas sociales.

Ahora, de hecho, eres oficialmente un adulto, y todos esperan que puedas salir adelante con tus propios recursos. Bienvenido a la faceta mas cruda del darwinismo social y sus dinámicas urbanas de la selección natural; en estos terrenos postmodernos la consigna es: o te aclimatas, o te aclimueres, o te adaptas o te extingues. A simple vista, pareciera que tras la metamorfosis de los treintas, surgen más contras que pros; y volteas para ver cómo es que otros le han hecho para salir airosos de esta situación, y lo que te encuentras es  por demás decepcionante: eres hetero, te caen los treintas y sin previo aviso te encuentras ya casado y esperando a tu primer o segundo hijo, quizá una hija. Lo que antes ganabas para satisfacer tus gustos personales y antojos, ahora lo inviertes en la casa para mantener a tu familia.

Quizá tu pareja también le chambea para solventar los gastos, pero eso no impide que tu libertad económica se haya limitado notoriamente. Los pasatiempos que tenías, esos han quedado atrás porque ahora careces del tiempo que cuando joven (hace dos años o por ahí) despilfarrabas sin empacho, además ahora eres formal. Y esas actitudes que tenías frente a la vida, tales como despreocupación, optimismo, juego y hasta un picaresco sentido de aventura ya no tienen cabida, la sociedad te exige que hayas madurado.

Porque ser maduro es ser solemne; todos sabemos que un adulto no se sienta en el piso, ni anda por la calle dando saltos por encima de los contenedores de basura. Ser adulto es estar en un nivel elevado de la sociedad, implica un prestigio distinto al que teníamos cuando estudiantes, pero prestigio al fin, con sus responsabilidades, porque como decía el tío Ben: “con un gran poder, viene una gran responsabilidad”. Y vaya que los adultos tienen poder en esta sociedad. Pero cuando actúas medianamente diferente a como se esperaría de alguien ya instalado en sus treintas, antesala de los cuarentas, la sociedad, esas buenas personas bienintencionadas, gentilmente te harán saber su desaprobación.

No, no esperes que sean sutiles.

Este es el modelito para todos, el rol que asumes si quieres recuperar cierta certidumbre de la que gozabas en la década pasada. Si a tus treintas cuentas ya con una familia, un empleo estable y una actitud que es un fastuoso despliegue de valores morales, entonces la sociedad, orgullosa de ti, te lo compensará cobijándote en su ceno como uno de sus hijos legítimos.

Podrás sentirte “perteneciente” y podrás relacionarte con los demás a través de tus pequeños hijos que balbucean desde sus carreolas rosadas, o de tu perro cuando lo pasees cada tarde por el Parque México. Pero si irresponsablemente eliges hacer las cosas a tu manera, y llegas a los treinta sin casarte, sin tener un empleo que proyecte estabilidad social y económica y además te comportas puerilmente cuando la situación te deja, entonces deberás hacerte a la idea de ser un paria. ¡Hay de la mujer que cumple sus treinta años sin tener un hombre que la mantenga!, ¡hay del hombre que abandona su veintes a pié y no en su auto lavado religiosamente cada mientras se apoltrona tras el escritorio de su oficina!

Cuando decides dar inicio al resto de tu vida según tu gusto y apetencias personales, necesitas entender que la sociedad te confrontará a cada minuto, y que frente la maltrecha identidad que les es regalada a los que se conformaron con lo tradicional, tú tendrás que arreglártelas para armar la tuya de una forma incesantemente creativa. Ahora más que nunca se hará evidente que tendrás que ingeniártelas para ser feliz y armarte una vida que realmente te satisfaga. Otrora, nunca ese hecho fue tan tangible: una vez que empiezas a tomar decisiones autónomas, no puedes detenerte.

Y lo lograrás; adoptarás un modo de vida notablemente satisfactorio porque tienes todas las herramientas para conseguirlo; solo hace falta que te decidas a aventarte, porque vale la pena. Y la sociedad continuará confrontándote, pero entonces sabrás que es inevitable porque tu simple presencia les confronta; tu existencia plena dentro de una vida a la medida, personalizada para ti y con tu sello y marca, les muestra a cada segundo lo que pudieron haber tenido de haber escogido, como tú, diseñarse su vida; lo que habría sido para ellos de haber rechazado el proyecto prefabricado que les heredaron las generaciones pasadas: míralo, se parece tanto al abuelo… como éste era igualito a tu tatarabuelo…

Diseñar tu propia vida no es sencillo, construir una identidad propia es una tarea a la que muy pocos se avientan, pero es claro que vale la pena. No hay mejor vacuna que ésta, contra la vergüenza de llegar a la muerte sin haber realmente vivido.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Bienvenido a la crisis de los treinta

Cuando eres estudiante, tu existencia esta repleta de certezas: sabes qué cosa sigue a cada experiencia que estas viviendo, tienes un proyecto de vida claro, entiendes cuál es tu papel en la sociedad e incluso, por el simple hecho de estar estudiando obtienes gratuitamente un cierto prestigio social, particularmente cuando estas en la universidad. Cuando tienes veintitantos, tu vida está igualmente definida: eres “chavo”, careces de responsabilidades y si te equivocas no falta quien se haga cargo por ti, nadie espera que seas especialmente maduro o etcétera; además de que cuando ves el discurso mercadológico de los medios, te es claro que el ochenta por ciento de los spots, escaparates y anuncios publicitarios te hablan a ti.

Cuando estás en los veintes y eres estudiante, es fácil encontrar oportunidades para relacionarte con los demás: en el antro, en el salón de clases, en la explanada de la universidad. Basta dar a conocer estas dos categorías fundamentales (veinteañero + estudiante) para que el otro se identifique contigo y obtengas el intro para una hermosa amistad. Pero nada dura para siempre, o como solía decir mi traqueteada abuela: todo por servir se acaba.


sábado, 19 de febrero de 2011

Y tu, ¿crees que son tod@s iguales?

A través de los tiempos, al hablar del amor y de los enamorados se han vertido galones de tinta, perfume y suspiros en el afán de explicar esa aparente locura que todo lo confunde. Para algunos es una reacción fisiológica absolutamente explicable, predictible y lógica que corresponde con las leyes mecánicas de la causa y el efecto; para otros hablar de amor es describir a detalle un pequeño milagro para dos, de entre los pocos milagros que se dan hoy en día. En lo que todos coinciden, desde las mentes científicas hasta los idealistas filosóficos, es que el amor es un fenómeno que inesperadamente transforma a quienes están involucrados, algunas veces para bien y otras para no tan bien.

Ahí radica la riqueza de las relaciones interpersonales en general, y de las relaciones de pareja en particular, en las que cada uno deja una huella indeleble en las esencia del otro: el trato mutuo les cambia y al final cada cual termina siendo alguien muy distinto a como fue en un principio. Cuando vemos esta mutación desde afuera, se ve como una clara locura dentro de la que el enamorado hace lo que nunca hubiera hecho, habla de cosas que otrora le aburrían y es precisamente hoy como siempre juró que jamás sería. A veces esto dura solamente lo que dura el enamoramiento, acaso 6 meses, lo que tarda en extinguirse la pasión; y a veces la transformación es permanente.

¿A qué se debe esto?, ¿Es en verdad un rasgo de franca locura? La respuesta más romántica sería afirmativa, sin duda; ahora, si lo que buscas en una idea más aproximada a la realidad, las cosas podrían encaminarse a una respuesta más o menos como ésta: nos han dicho hasta el cansancio que no necesitamos cambiar para ser aceptados por los demás, porque ellos deben de amarnos incondicionalmente como somos; pero la realidad es que sí cambiamos, así como igual la gente cambia para agradarnos más a nosotros, y mientras más nos importa alguien, más cambiamos por esa persona. Es lo natural, parte de una permanente negociación que pocas veces se expresa de manera explícita: yo cedo para que tu cedas también, yo dejo el cigarro para que tu dejes de comer en la cama.

Negociamos entre sus gustos y los propios, entre sus necesidades y las nuestras, entre su forma de ser y la de uno. De esta manera, tiempo después llega el momento en que nos damos cuenta de que la cercanía con ese alguien que nos es tan significativo nos ha cambiado, y que en muchos aspectos dejamos de ser lo que fuimos para volvernos distintos, y a veces mejores, al mismo tiempo que nos vamos sintonizando con nuestra pareja.

Por eso cambiamos cuando nos enamoramos, porque frente a la expectativa de compartir la vida con otra persona, nos adaptamos paulatinamente a su forma de ser, y él o ella se adapta también a nuestras maneras conforme las va descubriendo. Es un proceso de aprendizaje en el que el uno le enseña al otro la forma de relacionarse con él (o con ella). Saber esto, y tenerlo presente, es muy útil cuando nos preguntamos porqué siempre nos involucramos con el mismo tipo de personas. Uno mira su historia en retrospectiva, frecuentemente luego de haber terminado una relación importante, y pareciera hacerse evidente que siempre que acaban las cosas mal, terminan en cada ocasión por razones muy similares; nos preguntamos qué fue lo que pasó, qué se perdió o porqué fue que cambió este candidato o candidata que parecía tan distinto a los anteriores.

Una de las razones por las que el otro cambia, y es un hecho que hay que asumir, es que suelen cambiar por causa de uno mismo… o de una misma.

Así que evaluando tus pasadas relaciones, antes de lanzar al aire la sentencia fatal del “todos son iguales”, o echarle la culpa a la mala suerte, conviene hacer una revisión de cómo cambia la gente cuando se relaciona con nosotros; porque tanto para bien como para mal, en cada relación en la que nos involucramos, le enseñamos al otro la forma de relacionarse con uno; no de una manera explícita, no de forma evidente o incluso consciente, sino de una manera velada y persistente a lo largo de cada encuentro íntimo, de cada cita con tus amigos o los suyos, o de cada día que despiertas a su lado en la cama. Le enseñas con cada uno de tus gestos, reacciones, iniciativas y detalles, el modo en que te gusta ser tratada (o tratado), y tu pareja va aprendiéndolo poco a poco, y modificando su actuar conforme los sutiles pero consistentes indicios que cada día le vas ofreciendo.

La otra cara de la moneda también es real, él o ella, con sus actitudes hacia ti, te va enseñando el modo en que le gusta ser tratado, dónde no le gusta que le toques, donde sí, que le molesta a un grado tal que le lleva a perder los estribos, lo que le complace increíblemente, lo que le prende; y de ese modo las actitudes aprobadas las seguimos haciendo o las hacemos mucho más, y lo que nuestra pareja nos desaprueba se vuelve una conducta que omitimos y terminamos por abandonar. Todo en el afán de reducir los conflictos en la convivencia y ser cada vez más aceptados. El o ella harán lo mismo contigo.

Así, hay a quienes les gusta sentirse protegidos, aunque algunos prefieren la sobreprotección; otros buscan respeto hacia su espacio, unos el desapego más absoluto, y etcétera; y cuando una persona busca aproximarse y ser amado por alguien así, echa ojo de los sutiles mensajes que le son enviados, aprende como acercarse a su prospecto, y le tratará como asume que le gusta ser tratado a partir de las señales que recibe. De este modo, haciendo las pequeñas cosas que al otro le gustan, quien jamás lo hubiera imaginado termina siendo extremadamente protector, increíblemente desapegado, crítico, o lo que corresponda, según las reglas del juego en su nueva relación.

Este mutuo intercambio de reglas tiene un aspecto positivo: dado que el príncipe azul no existe y la princesa del cuento vive sólo en los cuentos, si lo que buscamos es a una pareja ideal, podemos esperar a que nuestra pareja actual lo vaya siendo conforme le mostremos el modo en que nos gustaría que la relación evolucionara. Si sabemos negociar, y tenemos claro qué es lo que queremos y lo que podemos ofrecer, podremos enseñarle con claridad cómo queremos ser tratados y qué soñamos respecto a nuestro ideal de pareja; y si estamos dispuestos a ser su pareja ideal, probablemente él o ella no tendrá problema en serlo para nosotros. La clave de todo es la negociación.

El aspecto negativo de este asunto aparece cuando no tenemos claro cuáles son los deseos que tenemos en torno a una relación, es decir, qué mensajes estamos emitiendo acerca de cómo nos gusta ser tratados. Si, por ejemplo, en cada ocasión en que inicias una relación de pareja, le envías al novio en turno el mensaje de que te gusta ser protegido o protegida, aunque no necesariamente seas conciente de esta necesidad, entonces él tenderá a ser contigo protector, y si sigues solicitando más protección, él te protegerá más, y más, hasta que te sientas acorralada o limitado y con tu libertad coartada por su vigilancia y celo. Es entonces cuando explotas y cortas la relación con el pobre fulanito a quien ya no soportas por ser posesivo, celoso y controlador; ¿quién se hubiera imaginado al principio que él llegaría a ser de esa manera?, probablemente ni siquiera él mismo, solo que asumió que para entrar en la relación contigo, había que ser y comportarse así.

No hubo un error de lectura, la falla estuvo en los mensajes verbales y no verbales que le mandaste. Luego empiezas otra relación, le enseñas a tu nueva pareja a relacionarse contigo sobreprotegiéndote, pero no te das cuenta del mensaje que estás enviando, y con el tiempo resulta que el nuevo novio también se vuelve un control freak de pesadilla que no te deja ni respirar. Cortas la nueva relación e inicias otra con la esperanza de que esta vez las cosas terminen diferente, pero sigues haciéndolo todo de la misma manera y el nuevo pretendiente termina por ser otra vez un controlador. Y los que no aceptan esos términos de la relación contigo, del asunto este de protegerte  más y más cada vez, puede que ni siquiera figuren como pareja, porque se alejaron antes de ser considerados como pretendientes.

Entonces miras para atrás y haces un recuento de tus intentos, y ves que todos esos intentos terminaron igual; ¿porqué te toca puro espécimen controlador y posesivo? Llegado el momento debes hacer una parada en el camino y valorar la situación; encontrar si se trata de una muy mala suerte que te lleva relacionarte invariablemente con el mismo tipo de personas, o si eres tú quien se relaciona de un mismo modo en el que conduces a tus parejas hacia actitudes y conductas que a la larga te resultarán contraproducentes.

Cualquiera esperaría que nada tuviéramos más claro que lo que nosotros mismos deseamos, pero entre los seres humanos las cosas no funcionan necesariamente así. El primer paso para conseguir la relación de pareja que buscas, es definir exactamente qué es lo que quieres: ¿porqué y para qué quieres una relación de pareja?, ¿qué estarías dispuesto a dar a cambio de una relación como la que buscas?, ¿qué tipo de relación buscas?Una vez que defines qué es lo que quieres, es más sencillo que logres relaciones satisfactorias donde construyas con tu pareja la dinámica más adecuada para ambos. ¿Alguna vez te has detenido a preguntare qué espera de ti, o que impresión tiene él o ella de las expectativas que tienes hacia la relación?, quizá valga la pena formular un día estas preguntas y ver que te contesta.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Y tu, ¿crees que son tod@s iguales?

A través de los tiempos, al hablar del amor y de los enamorados se han vertido galones de tinta, perfume y suspiros en el afán de explicar esa aparente locura que todo lo confunde. Para algunos es una reacción fisiológica absolutamente explicable, predictible y lógica que corresponde con las leyes mecánicas de la causa y el efecto; para otros hablar de amor es describir a detalle un pequeño milagro para dos, de entre los pocos milagros que se dan hoy en día. En lo que todos coinciden, desde las mentes científicas hasta los idealistas filosóficos, es que el amor es un fenómeno que inesperadamente transforma a quienes están involucrados, algunas veces para bien y otras para no tan bien.

Ahí radica la riqueza de las relaciones interpersonales en general, y de las relaciones de pareja en particular, en las que cada uno deja una huella indeleble en las esencia del otro: el trato mutuo les cambia y al final cada cual termina siendo alguien muy distinto a como fue en un principio. Cuando vemos esta mutación desde afuera, se ve como una clara locura dentro de la que el enamorado hace lo que nunca hubiera hecho, habla de cosas que otrora le aburrían y es precisamente hoy como siempre juró que jamás sería. A veces esto dura solamente lo que dura el enamoramiento, acaso 6 meses, lo que tarda en extinguirse la pasión; y a veces la transformación es permanente.


domingo, 6 de febrero de 2011

Erastes del siglo XXI: los roles sexuales

En la Grecia Clásica era común el que los hombres tuvieran sexo con otros hombres, era un rasgo de virilidad, quizá no era tan común la misma práctica entre mujeres, pero entre varones se le asociaba a elementos sociales de poder y enseñanza. Los hombres de mayor rango, principalmente mayores en edad, eran los erastes, o quienes tenían un rol activo durante el acto sexual; los erómenos, por el contrario, solían ser más jóvenes y quienes debían ser sexualmente receptivos. Tal era la usanza y la tradición.
De esta manera, cada hombre tenía, si bien la oportunidad de mantener una sexualidad homoerótica a su antojo, también la obligación de ser erastes o erómenos según su rango, su edad y algunas otras circunstancias; era inalienable. Esto es que si un erómenos tenía a bien adoptar un papel activo en el coito, la sociedad al enterarse lo tachaba de insubordinado; y si a un erastes se le antojaba ser penetrado en el acto sexual por su compañero, la misma sociedad le volvía objeto de burla y escarnio. Finalmente, aún entre los griegos había una notoria intolerancia sexual.

Pero eso es lo que sucedía en aquél entonces, momento histórico en el que un hombre solamente tenía a su disposición una alternativa para buscar el placer homoerótico. Años ya han pasado a montones, y sin duda muchas cosas han cambiado conforme el tiempo ha transcurrido hasta traernos a nuestra época.

Vamos, en la sociedad moderna nuevamente es común que hombres tengan sexo con otros hombres, hecho que es palpable en los medios de comunicación y en la cotidianidad de las calles. Hay una creciente aceptación social que, empero, no alcanza aún a ser completa, y se reconoce paralelamente que también a las mujeres les apetece relacionarse eróticamente entre ellas, pero carecen, como en la Grecia Clásica, de la visibilidad social de la que ellos gozan.

Los hombres homosexuales o gay, suelen agruparse en dos categorías: pasivos (quienes durante el coito reciben la penetración) y activos (los que penetran), lo que hace referencia al tipo de conducta al que recurren durante el acto sexual. Para cada categoría la sociedad gay asocia una serie de atribuciones, es decir, en tanto que se espera que los hombres activos sean dominantes, se deja para los pasivos el ser sumisos; mientras los activos sean masculinos, los pasivos se mostrarían femeninos; etcétera. En este momento histórico cuando un hombre se identifica como gay, no es directamente víctima del escarnio social, principalmente en las grandes ciudades, pero lo es si reconoce públicamente ser pasivo, porque según San Pablo y otros intelectuales, quien debe se objeto de toda penetración sexual debe de ser la mujer.

Es una cuestión de prestigio y poder que impide el que un hombre usualmente activo, pruebe un rol pasivo: en un contexto donde los hombres están por encima de las mujeres, se estila que los gays masculinos estén por encima de los gays femeninos (en el caso de que la existencia de éstos últimos sea algo más que un prejuicioso mito). Así, el ghetto se estratifica a partir de una cuestión tremendamente sutil: el modo en que se disfruta de la sexualidad, emparejándonos sin empacho con la idiosincrasia de los antiguos griegos.

¿Qué hay con todo esto? Que si bien para los griegos ser erómenos o erastes era una atribución inalienable, obligatoria, que se proyectaba más allá de su elección personal, en la sociedad actual tendemos a asumir que ser pasivo y activo son calidades igualmente inalterables. Hay quien al considerarse activo teme explorar el rol pasivo por miedo a mellar su masculinidad, y que al encontrar un recurrente gusto por ser sexualmente receptivo, su forma de ser se afemine, se le note más el ser homosexual o, simplemente, se convierta en objeto de burla al hacerse público que al menos en alguna ocasión a él le agradó ser pasivo.

Por otra parte, entre el conjunto total de hombres en el mundo, hay personalidades específicas para las que el control es una meta muy atractiva por alcanzar; sentir el poder, en varias de sus manifestaciones, les es altamente gratificante. Esto es hablar de hombres con actitudes dominantes, que no necesariamente deban de modificar este rasgo en su forma de ser, pero que frecuentemente su anhelo de dominio les lleva en el terreno sexual a buscar un insistente papel activo que les permita dominar al otro (la tendencia leather es un útil ejemplo de lo anterior), volviendo el acto sexual en un velado juego de poderes.

El problema, ya sea que haya de por medio un temor a lesionar su masculinidad, la necesidad de dominio sobre el otro o un mero hábito sexual que le conduce a un hombre a ser siempre activo, surge cuando lo que se pierde es el impulso a explorar; dado que el éxito del placer sexual se deriva de la innovación y el ejercicio de la creatividad, el recurrir constantemente al mismo y único modo de obtener placer (nota que también incluye a quienes siempre buscan placer en la receptividad sexual) puede desgastar esa práctica y volver el sexo anodino, sin chiste y en una simple manera de aliviar la tensión sexual, pero sin el placer orgásmico de por medio.

Innovación es renovar la dinámica incluyendo nuevas posturas sexuales, experimentar otros roles, integrar elementos a la relación sexual como juguetes, comida, etcétera. Al faltar la innovación surge esta especie de tedio sexual que exalta el placer del sexo con desconocidos (si no innovas cambiando tu técnica, lo haces cambiando a tu compañero sexual) que hace de la relación sexual un acontecimiento novedoso y fresco de per se, en tanto que se mantenga nueva y fresca por sí misma.

El tip aquí no es, sin duda, dejar de tener sexo con desconocidos, sino cambiar y variar el estilo para enriquecer el acto sexual y no anclar la sexualidad en un solo rol, conformándose tan sólo con la mitad de las probabilidades de sentir placer. Afortunadamente, en tiempos recientes ha habido una mayor cantidad de hombres que se definen como inter, es decir, que encuentran placer tanto en el rol activo como en el pasivo durante el coito, y aunque probablemente el placer para ellos, o para cualquiera, será mayor con la estimulación del glande o de la próstata, según su gusto, no dudan en recurrir a todas las fuentes de éxtasis para alcanzar un orgasmo pleno.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C