sábado, 30 de abril de 2011

Niñ@s: educación para la violencia

¿Cuándo fue la última vez que te escandalizaste al saber que un niño era agredido por alguien mayor que él?, ¿te indignaste? Quizá pienses que es raro que un niño o una niña sufra violencia, probablemente asumas que es obligación de los adultos cuidarlos y responsabilizarnos de su desarrollo; lamentablemente en la práctica, aquí en México, esos ideales distan mucho de reflejar la realidad que viven los miembros más vulnerables de nuestra sociedad. Según el informe de 2006 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre violencia infantil, en México sufren violencia familiar 3 000 000 de niños, ocasionando la muerte de al menos 80 000 cada año debido a la inexistencia de una política de Estado que los proteja. Según organizaciones de la sociedad civil mexicana, estas cifras se incrementan a 8.5 millones los niños y niñas sujetos a la violencia.

Además, entre 80 y 98 por ciento de los niños y niñas en el país son víctimas de castigos corporales, pues como una “forma de educación”, los padres propinan golpes en sus manos con correas, alambres, cables y objetos diversos como piedras o zapatos, llegando incluso a quemaduras severas, ante lo que los niños no están protegidos porque estas prácticas están disfrazadas de disciplina y se las acepta tanto por tradición como por costumbre, por lo que existe un alto nivel de tolerancia para la violencia que se ejerce contra la población infantil.

Se trata de una normalidad cultural, y si bien el hogar es uno de los sitios donde más violencia sufren las niñas y niños, los castigos físicos y el maltrato verbal son prácticas cotidianas que gozan de niveles altos de aceptación. Según cifras del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), en 99 por ciento de los hogares hay violencia emocional, en 16 por ciento hay intimidación, en 11 por ciento sufre violencia física y en uno por ciento hay abuso sexual.

En el Distrito Federal organizaciones sociales indican que en uno de cada tres hogares se vive algún tipo de maltrato infantil, que equivale a un 1 400 000 hogares. El Informe Nacional sobre Violencia y Salud reveló que la violencia sexual contra niñas y niños es más común dentro del hogar, pues los agresores comúnmente son los padres que aprovechan tanto su situación de poder como la vulnerabilidad de los infantes.

Por estas razones, si el contexto en el que las familias en México ha cambiado debido a los múltiples factores que inciden y moldean nuestra sociedad, es materia urgente el actualizar la legislación con el fin de promover y dar seguimiento a nuevas reformas institucionales que reconozcan los diversos arreglos familiares dentro y más allá de la consanguinidad, que preserven los derechos y la dignidad de cada uno de sus integrantes y que fortalezcan entre ellos las relaciones equitativas y justas. No hacer esto y dejarlo para después, es día con día un asunto de vida o muerte.

Además el maltrato no es equitativo, a los niños se les agrede físicamente en una mayor frecuencia, que a las niñas. Esto enseña a los hombres a tolerar el castigo corporal y a replicarlo, llevando a mediano plazo que expresen su frustración y enojo mediante acciones físicamente violentas que, evidentemente, no han surgido de la nada. ¿A las niñas no se las violenta físicamente?, efectivamente ocurre, pero en una menor intensidad. A las mujeres se las descalifica en los proceso de educación, de las enseña a darse su lugar mediante una serie de prohibiciones y descalificaciones que coartan la libertad e iniciativa de ellas. No es accidental que las mujeres ejerzan con mayor frecuencia la violencia psicológica, que es más sutil pero igualmente destructiva. Nosotros, los adultos de hoy, les estamos nutriendo con un versátil catálogo de expresiones violentas.

Sin mencionar que en el seno de la familia son más las niñas que sufren de abuso sexual que los niños, sin que esto implique que los casos en varones que sufren de violación sean pocos. Ese es un triste y vergonzoso indicador de nuestra sociedad.

Nos urge sensibilizar a nuestras familias acerca del peligro de preservar en la educación tanto la violencia, como los estereotipos de género, pues el  Informe Nacional sobre Violencia de Género en la Educación Básica en México, llevado a cabo por la Secretaría de Educación Pública (SEP), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), y el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), reveló que entre los niños y jóvenes de México están fuertemente arraigados los prejuicios, los estereotipos y la violencia de género, imponiendo desventajas importantes en el desarrollo pleno de sus capacidades.

Este informe, realizado en abril del 2010, se obtuvo analizando una muestra de 26 mil 319 alumnos de los niveles de 4to de primaria a tercero de secundaria, en 395 escuelas públicas primarias y secundarias, de los niveles de marginación muy alta – alta, media y baja-muy baja. Los resultados revelaron que 60.3 % de los adolescentes hombres y el 54.8 % de las mujeres, coincidieron en que la mujer es la responsable de cuidarse para no quedar embarazada (y es culpa suya si por descuido se embaraza); 90% de los estudiantes de sexto grado de primaria y de los de secundaria ha sufrido alguna vez humillaciones o insultos de sus compañeros varones obedeciendo el estereotipo que vincula masculinidad con violencia y 30% ha sufrido violencia física recurrentemente.

La desigualdad es en México un fenómeno tan generalizado que arremete contra la calidad de vida de niñas y niños que, si bien se enfrentan a sus primeros contactos con los estereotipos y la violencia doméstica, frecuentemente se encuentran en su desarrollo con otros retos que escapan de sus recursos; por ejemplo,  los conflictos relacionados con las discapacidades: discriminación, maltrato específico, segregación y baja autoestima. Según el primer Registro Nacional de Menores con Discapacidad (1995), se identifican 2 millones 727 mil 989 personas menores de 20 años con discapacidad; de éstas 2 millones 121 mil 365 reciben algún tipo de servicio educativo, mientras que 606 mil 624 no reciben ninguno; de aquí deviene nuevamente el problema sustancial de la equidad, para lo que es menester lograr un efectivo acceso universal a las escuelas, que asegure la igualdad de oportunidades de aprendizaje y éxito educativo para todas las niñas y niños. Por supuesto, esto incluye al grupo de pequeños y jóvenes con alguna discapacidad. También es imperativo el que todos los alumnos independientemente de su origen étnico, ambiente familiar de procedencia o características individuales participen en experiencias educativas, para que desarrollen al máximo sus potencialidades.

En este sentido, en su momento fue un logro importante la instauración de la Ley General de Educación, promulgada en 1993, cuyo artículo 41 señala que la educación especial propiciará la integración de los alumnos con discapacidad a los planteles de educación regular mediante la aplicación de métodos, técnicas, y materiales específicos. Además establece que la educación especial procurará la satisfacción de las necesidades básicas de aprendizaje para la autónoma convivencia social y productiva, a través de programas y materiales de apoyo específicos, de aquellos alumnos con discapacidad que no se integren a las escuelas de educación regular. Pero pese a las buenas intenciones, aún existen serios problemas de cobertura y distribución de los servicios y en la calidad de la atención que reciben niñas, niños y jóvenes.

No es necesario puntualizar que los niños y las niñas de hoy, van a ser los adultos del futuro, y que si bien nadie nos enseña a nosotros a ser padres, si debemos detenernos a revisar cómo aprendimos a educar a partir del ejemplo de nuestros padres: ¿nos educaron mediante castigos físicos y ejercicios de poder?, ¿en verdad funcionó?; si lo hizo, ¿a qué costo? Por regla general, cualquier castigo que implique humillación, dolor intencionado o menosprecio de la dignidad de la persona, bien merecería la pena que nos los evitáramos.

¿Deseamos dejar este país en manos de adultos habituados a sembrar el dolor, humillar a los otros y pasar por encima de la dignidad humana de los demás? Quizá generaciones anteriores a la nuestra podría responder que si; bueno… hoy el mundo no es el nicho de paz y armonía que hubiésemos preferido. El cambio empieza desde la casa.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Niñ@s: educación para la violencia


¿Cuándo fue la última vez que te escandalizaste al saber que un niño era agredido por alguien mayor que él?, ¿te indignaste? Quizá pienses que es raro que un niño o una niña sufra violencia, probablemente asumas que es obligación de los adultos cuidarlos y responsabilizarnos de su desarrollo; lamentablemente en la práctica, aquí en México, esos ideales distan mucho de reflejar la realidad que viven los miembros más vulnerables de nuestra sociedad. Según el informe de 2006 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre violencia infantil, en México sufren violencia familiar 3 000 000 de niños, ocasionando la muerte de al menos 80 000 cada año debido a la inexistencia de una política de Estado que los proteja. Según organizaciones de la sociedad civil mexicana, estas cifras se incrementan a 8.5 millones los niños y niñas sujetos a la violencia.

Además, entre 80 y 98 por ciento de los niños y niñas en el país son víctimas de castigos corporales, pues como una “forma de educación”, los padres propinan golpes en sus manos con correas, alambres, cables y objetos diversos como piedras o zapatos, llegando incluso a quemaduras severas, ante lo que los niños no están protegidos porque estas prácticas están disfrazadas de disciplina y se las acepta tanto por tradición como por costumbre, por lo que existe un alto nivel de tolerancia para la violencia que se ejerce contra la población infantil.


jueves, 7 de abril de 2011

¿Cómo funciona la psicoterapia?

La principal ventaja de una psicoterapia estriba en su cualidad de abrir posibilidades en torno al problema por el que una persona puede solicitar la consulta. Usualmente cuando tenemos alguna dificultad, tendemos a hacer una sola y única definición de la situación en la que vivimos, una definición que al solo repasarla mentalmente nos sofoca y hace sentir atrapados. Los problemas mas grandes en nuestra vida  funcionan de esa manera, y además son aquellos que vemos como laberintos irresolubles; a veces por ellos nos resignamos a vivir con nuestra felicidad a medias, y a veces nos rebelamos contra lo que nos causa el malestar y hacemos cosas, como tomar terapia.
Es cierto que nadie necesita la psicoterapia como una fórmula única para solucionar sus conflictos; probablemente cualquier persona, si se toma el tiempo y dedica a su mundo interior la suficiente reflexión, tarde o temprano resolverá su propio laberinto. El apoyo que brinda consultar a un terapeuta reditúa, tanto en reducir el tiempo en que tardaríamos en resolver nuestro problema, como en incrementar la precisión de nuestros esfuerzos para alcanzar justa y exactamente el objetivo que nos habíamos propuesto.
¿Cómo funciona ese aporte del terapeuta en nuestro proceso? Imagina que te has parado enfrente de una gran montaña, una muy alta; e imagina que el espacio entre la punta de tu nariz y la superficie del muro de la montaña es de apenas un centímetro. ¿Podrías decir qué tan alta es, o qué tan sólida?, probablemente incluso definir el color de la roca te podría costar trabajo, estas demasiado cerca. En cambio, que tal si detrás de ti hubiera alguien más que pudiera orientarte con esos datos, que te dijera la altura que alcanza, lo sólido que se ve o incluso, de qué ángulos podrías agarrarte para escalarla. Así funciona. La psicoterapia pone a tu disposición la perspectiva de un especialista que sabe como mirar, y que además mira desde una postura distinta a la tuya; él o ella tiene experiencia, y la suficiente distancia respecto a tus problemas como para saberte orientar y proporcionarte una perspectiva más global del escenario de tu conflicto. Conoce además las técnicas para darle a tu camino hacia la solución la ruta más directa y segura.
Es con un punto como este, mientras masticamos la posibilidad de solicitar una psicoterapia, cuando uno se pregunta cómo ve su propia vida: ¿tu cómo ves la tuya?, ¿toda ella es apasionante y sorprendente como una novela de Salgari?; porque bien podría serlo, ¿o todo lo contrario?. Todos vivimos dos tipos de vida, la que tenemos en las manos y la que desearíamos tener, y son dos porque a veces no nos creemos que la vida que deseamos es justo la que nos merecemos y la que podemos obtener. Ante lo que ya hay, no vemos posibilidades.
Y si no vemos posibilidades y nos sentimos atrapados en la vida que nos hemos construido, puede ser que nos venga bien una segunda opinión. Entonces entras en el consultorio, que es un lugar donde las conversaciones construyen alternativas, y ahí el terapeuta o la terapeuta te da el soporte necesario para manipular la perspectiva que tienes de tu conflicto: le cambias de forma, le abres salidas o lo permutas por metáforas; tu problema con este nuevo abordaje en algunas ocasiones se te disolverá en las manos, en otras va a seguir ahí, pero dejando de ser un problema. ¿Porqué mi pareja no cumple mis expectativas?, ¿en que necesito transformarme para que mi pareja me ame?, ¿cómo es que no he logrado el éxito que se suponía que debería tener a mis 40?, ¿cómo haré para aguantar mientras consigo feliz…?
La terapia, cuando es humanista, no solamente se enfoca en el problema y en construir alternativas para enfrentarlo, sino además voltea su mirada hacia la persona a quien el problema le esta dificultando la vida y busca conocer y subrayar sus recursos y fortalezas. Todos tenemos grandes estrategias para afrontar los desazones de la vida, quien sabe esto es humanista, pero incluso los mejores humanistas pueden llegar a olvidar sus propias fortalezas, y cuando nos olvidamos de eso, cualquier problema nos parecerá enorme. ¿Cómo le hiciste para criar un hijo?, ¿cuánto esfuerzo tuviste que invertir para terminar tus estudios, o para tener el trabajo que tienes?, ¿tus amigos serían amigos de cualquiera, o es que ven en ti a alguien especial? Nuestra primera equivocación cuando le damos poder a nuestros problemas, es olvidarnos quienes somos.
Hay una forma de conducir la terapia, forma a la que en especial se refieren estas estas líneas que ahora lees, en que el proceso de cada sesión es tan similar a una conversación, que la terapia pierde su carácter solemne y el terapeuta abandona el papel de una “autoridad incuestionable” para abrir el diálogo entre dos expertos: uno es experto en técnicas de terapia, teorías de la personalidad y psicología, y el otro es experto en su propia vida y en la narración que va armando de ésta, y de la manera en que se ha dedicado a construir  sus experiencias. Pensemos en que las situaciones que vivimos a diario son solo eso, situaciones, y que no se convierten en experiencias sino hasta que relacionamos eso que sucede con otras cosas que nos han pasado, o cuando regresamos a esos acontecimientos a través del recuerdo; es entonces cuando se convierten en experiencia, y las experiencias son material para conversar sobre ellas en terapia. Las experiencias son acontecimientos concretos que envolvemos en significados.
¿Porqué lo que viviste es una experiencia tan dolorosa, particularmente para ti?, ¿porqué eso que te sucedió es una experiencia tan frustrante?; ¿porqué recuerdas mejor las experiencias en que sufriste que aquellas en las que fuiste feliz?, ¿porqué recuerdas mejor las experiencias en que fracasaste que en las que lograste triunfar como nadie lo hubiera hecho?, ¿cómo llegaste a la conclusión de que esto que te ocurre te pasa nada más a ti?
La manera en que construimos nuestras experiencias a partir de lo que vivimos es un constante trabajo de  decisión, lo que nos dice que a veces elegimos construir experiencias dolorosas sobre la base de lo que vamos viviendo y no experiencias que nos fortalezcan y nutran el concepto que tenemos de nosotros mismos (o de ustedes mismas, porque funciona exactamente igual para hombres que para mujeres). Una consecuencia de la psicoterapia es que nos conduce a evaluar la manera en que, en efecto, construimos nuestras experiencias; nos vuelve conscientes de esta elección cotidiana y nos previene contra los peligros de atesorar los acontecimientos como experiencias dolorosas.
También en la psicoterapia podemos darle una manita de gato a las experiencias que acumulamos, dándole brillo a las que eran relucientes y hermosas, y rediseñando las que definíamos como oscuras y plenas de dolor. Como dicen, los acontecimientos del pasado no pueden ser cambiados, pero si la manera en que nos relacionamos con ellos, la interpretación y significado que les damos.
Y como tu llegas a terapia con tus propios recursos y estrategias, aunque no te enteres que las llevas contigo, eres tu quien hace la chamba en el consultorio (y fuera de éste); eres tú quien reflexiona y quien acepta o rechaza las ideas que van saliendo de la conversación, eres quien elige si hay que virar a la derecha o hacia la izquierda, instalarte ahí, tomar un descanso o profundizar más. El terapeuta estará cerca para ser tu back up y ayudarte a ver nuevos caminos, de los que tu irás eligiendo por cuales caminar. Por eso un psicoterapeuta profesional no te va a juzgar, ese no es su trabajo, ni va a imponerte sus perspectivas porque nadie, ni siquiera él (o ella), va a venir a “contarte a ti tu propia vida”, o en otras palabras, nadie va a tomar las decisiones de tu vida por ti, porque nadie excepto tu va a vivir las consecuencias de esas decisiones.
Y frecuentemente una buena decisión es tomar terapia; ya sea porque necesitas tomar una decisión difícil,  porque quieres conocerte mejor o necesitas, incluso, resolver un problema que no te permite ser feliz.
Cuando la montaña que vas a escalar es demasiado alta, o el camino que te espera esta demasiado escarpado, habrá que reconocer que es de sabios pedir ayuda; solo recuerda, el proceso terapéutico no inicia cuando cruzas la puerta del consultorio, la terapia empieza cuando descubres que algo no va bien, o que pudiera marchar mejor, y das el primer paso para cambiarlo. 
Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

¿Cómo funciona la psicoterapia?

abril 07, 2011 Hernan Paniagua
La principal ventaja de una psicoterapia estriba en su cualidad de abrir posibilidades en torno al problema por el que una persona puede solicitar la consulta. Usualmente cuando tenemos alguna dificultad, tendemos a hacer una sola y única definición de la situación en la que vivimos, una definición que al solo repasarla mentalmente nos sofoca y hace sentir atrapados. Los problemas mas grandes en nuestra vida  funcionan de esa manera, y además son aquellos que vemos como laberintos irresolubles; a veces por ellos nos resignamos a vivir con nuestra felicidad a medias, y a veces nos rebelamos contra lo que nos causa el malestar y hacemos cosas, como tomar terapia.

Es cierto que nadie necesita la psicoterapia como una fórmula única para solucionar sus conflictos; probablemente cualquier persona, si se toma el tiempo y dedica a su mundo interior la suficiente reflexión, tarde o temprano resolverá su propio laberinto. El apoyo que brinda consultar a un terapeuta reditúa, tanto en reducir el tiempo en que tardaríamos en resolver nuestro problema, como en incrementar la precisión de nuestros esfuerzos para alcanzar justa y exactamente el objetivo que nos habíamos propuesto.


viernes, 18 de marzo de 2011

Hablando de VIH: el juego de la ruleta rusa

Llegado tu turno, tomas el revólver de la mesa y lo levantas, comprobando cuán frío y pesado te resulta. Tu mirada no puede apartarse del cañón que lentamente vas aproximando hacia ti, ascendiendo por tu pecho con los dedos de tu mano crispados alrededor de la empuñadura. Mecánicamente te ves poner el índice sobre el barril del arma con sus cámaras vacías, salvo por una bala. Lo haces girar con energía, y éste, obediente, da varias vueltas antes de detenerse tras un último clic y quedar listo.

El revólver se vuelve más pesado, o así te lo parece, mientras lo acercas a tu boca que se va abriendo cansinamente. Luego, a lo largo de un segundo que dura eternidades, jalas del gatillo con el filo del cañón cosquillando tu paladar. Un resorte se libera, oyes un chasquido que martillea en tu mente con un eco que jamás conseguirás olvidar, se hace una pausa que pervive eternidades. Y no pasa nada, esta vez no te pasó nada.

Y hasta ahí llega mi parco intento literario; porque ahora que lo pienso, mi intención era hablarte un poco sobre el VIH.

El VIH es un muy pequeño bicho, de la especie conocida como virus, que no aguanta que le cambien mucho la temperatura ambiente o que lo sometan al oxígeno ni al agua, porque entonces al tipo le da por morirse, en un contexto donde el único virus bueno es el virus muerto. Pero si no se muere, si no lo enfrías ni lo mojas ni lo oxigenas, entonces se reproduce felizmente por todo el organismo, tanto y tan tenazmente que causará grandes problemas en aquél que se haya infectado. La bronca más conocida es el deterioro del sistema inmunológico que nos protege de sufrir enfermedades, otras más puede ser ciertos tipos de demencia que se manifiestan cuando al susodicho le da por alojarse entre las células del cerebro y su área conurbada.

Una vez que esto pasa y el sistema inmunológico se hace pomada, la persona que se ha infectado de VIH se enferma y le da SIDA; antes de eso, cuando el sistema inmunológico todavía aguanta, quien tenga el virus seguirá siendo una persona sana… aunque portador del VIH.

¿O sea que tener el VIH no es estar enfermo? Exacto.

Los seres humanos somos grandes bioterios ambulantes, donde coexisten en tranquila armonía bacterias, virus y las células de nuestros tejidos; la armonía entre estos elementos es el equivalente de la salud. La enfermedad y el malestar llegan cuando ese equilibrio se rompe y alguno de ellos comienza a agandallarse a los demás; esto pasa frecuentemente cuando ingresan bacterias o virus a este ecosistema personal. Cuando el VIH ingresa, se vuelve en uno de los primeros revoltosos, rompiendo con la armonía preexistente y abriendo las puertas de par en par para el paso de sarcomas, neumonías y etcétera.

Así que infectarse de VIH no equivale directamente a enfermarse, pero da inicio a la posibilidad de llegar a estarlo.

La mejor manera de infectarse de VIH es teniendo una relación sexual con alguien que ya esté infectado y sin protecciones de barrera, como lo es el condón. Pero la cosa no acaba ahí. A la probabilidad de infectarse, una vez que hemos tenido un sexo fabuloso, uno medianamente bueno, o algo que más bien preferiríamos ni comentar, se le suma la carga viral de la persona que está ya infectada y con quien tuvimos relaciones sexuales sin protegernos, es decir, la cantidad de virus nadando entre sus células; si tiene muchos virus, será más probable que alguno de esos se pase de contrabando al cuerpo de la otra persona. Otro factor es el nivel de salud del que no esta infectado: si esta persona fuma, duerme mal, come mal y hace inconscientemente todo cuanto sea posible por debilitar su sistema inmunológico, va a tener las defensas tan bajas que cuando hay la posibilidad de infectarse, el virus se encontrará con la mejor hospitalidad para instalarse y sentirse como en casa. La suma de estos factores genera una alta probabilidad de que te infectes si tienes sexo con alguien que sea portador de VIH, lo sepa esa persona, o no; lo sepas tú o no.

Existen muchas personas que viven con el VIH dentro de sus organismos y no tienen la menor idea de ello, porque están sanos y no se han hecho la prueba de sangre, pero pueden infectar a otros por descuido o negligencia. De nuevo: estar infectado de VIH no implica estar enfermo, pero si hace posible infectar a otros por descuido.

Ahora lo contrario: si tienes sexo con alguien que es VIH Positivo, es decir, que esta infectado, pero esa persona tiene pocos virus en su sistema porque toma medicamento u otras razones, la probabilidad de ser contagiado disminuye. Disminuye más si además tú haces ejercicio regularmente, duermes el tiempo suficiente, comes chido y llevas una vida saludable. Con todos estos factores, tu probabilidad de infectarte de VIH es una entre diez, igual que ponerle una sola bala al cargador y disparar con el cañón apuntando a tu cabeza.

Pero vamos, solamente a una de cada diez personas le tocaría la bala; solo hay que esperar que esa persona no seas tú.

Otras maneras de adquirir la infección es mediante el plasma sanguíneo, por eso en México, hay un programa nacional llamado “Sangre segura”, que te garantiza que toda sangre que se maneja en los hospitales es sangre super checada, que no tiene VIH ni otras sorpresas igual de desagradables. Pero cuando compartes la aguja de un compa para inyectarte alguna droga, no hay garantías de nada; el virus puede viajar en calidad V.I.P. dentro de las gotas de sangre atrapadas en el canal de la aguja, calientito, cómodo y ansioso por conocer nuevos horizontes.

Como sea, regresando al asunto del sexo, no sólo con quién, también es cómo lo haces. Si le pones con una persona que está infectada por el virus, la probabilidad de que te infectes de VIH al bajarte por los chescos y hacerle el oral a tu compañero, o llevar tu lengua a explorar las clitorídeas cavidades de tu compañera, es de una probabilidad baja para la transmisión del virus. Si lo haces de una manera más institucionalizada, aplicando al siempre entusiasta y erecto miembro A en el participativo y femenino orificio B, sin condón, además del riesgo de un embarazo, también te enfrentas a una probabilidad media de infección. Y a la que de plano le va mal en esto de las probabilidades, es a la postura del chivito en el precipicio. El sexo anal es el que mayor riesgo presenta cuando se tiene sexo sin condón y con una persona que porta el virus, por las heridas que pueden, si bien no siempre, presentarse en la pared del recto, el anillo del ano y todo lo que anda por ahí.

Y ya. Esto es sólo una parte de lo que debes saber cuando eliges usar o no un condón. Ahora sabes que alguien que está infectado de VIH no necesariamente se ve enfermo, o que infectarse de VIH no es tener SIDA pero sí implica tener que cuidarse.

Por otra parte, nadie puede obligarte a usar un condón, ni violentarte para que lo uses o chantajearte; no lo uses para cuidar de otros, que si bien es loable, lo mas importante eres tú y eres la única razón para elegirlo o no. Si quieres usarlo, bien; si no quieres usarlo, es tu decisión. Una decisión en la que te juegas una apuesta muy alta, así que antes de elegir, échale un vistazo a tu futuro. Si crees que no tienes nada que perder al infectarte de VIH y ante la posibilidad de adquirir el SIDA, va. Si consideras que el vivir siendo portador de VIH no interfiere con tus proyectos a futuro, y que puedes seguir adelante a cada pequeño instante de tu vida con el virus a cuestas, entonces no necesitas usar un condón.

!Pero claro¡, si tú decido no usarlo, yo decidiré no tener sexo contigo. No es nada personal, se trata nada más de cuidar algo que me es tremendamente valioso: mi vida.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Hablando de VIH: el juego de la ruleta rusa

marzo 18, 2011 Hernan Paniagua
Llegado tu turno, tomas el revólver de la mesa y lo levantas, comprobando cuán frío y pesado te resulta. Tu mirada no puede apartarse del cañón que lentamente vas aproximando hacia ti, ascendiendo por tu pecho con los dedos de tu mano crispados alrededor de la empuñadura. Mecánicamente te ves poner el índice sobre el barril del arma con sus cámaras vacías, salvo por una bala. Lo haces girar con energía, y éste, obediente, da varias vueltas antes de detenerse tras un último clic y quedar listo.

El revólver se vuelve más pesado, o así te lo parece, mientras lo acercas a tu boca que se va abriendo cansinamente. Luego, a lo largo de un segundo que dura eternidades, jalas del gatillo con el filo del cañón cosquillando tu paladar. Un resorte se libera, oyes un chasquido que martillea en tu mente con un eco que jamás conseguirás olvidar, se hace una pausa que pervive eternidades. Y no pasa nada, esta vez no te pasó nada.

Y hasta ahí llega mi parco intento literario; porque ahora que lo pienso, mi intención era hablarte un poco sobre el VIH.

martes, 1 de marzo de 2011

Bienvenido a la crisis de los treinta

Cuando eres estudiante, tu existencia esta repleta de certezas: sabes qué cosa sigue a cada experiencia que estas viviendo, tienes un proyecto de vida claro, entiendes cuál es tu papel en la sociedad e incluso, por el simple hecho de estar estudiando obtienes gratuitamente un cierto prestigio social, particularmente cuando estas en la universidad. Cuando tienes veintitantos, tu vida está igualmente definida: eres “chavo”, careces de responsabilidades y si te equivocas no falta quien se haga cargo por ti, nadie espera que seas especialmente maduro o etcétera; además de que cuando ves el discurso mercadológico de los medios, te es claro que el ochenta por ciento de los spots, escaparates y anuncios publicitarios te hablan a ti.

Cuando estás en los veintes y eres estudiante, es fácil encontrar oportunidades para relacionarte con los demás: en el antro, en el salón de clases, en la explanada de la universidad. Basta dar a conocer estas dos categorías fundamentales (veinteañero + estudiante) para que el otro se identifique contigo y obtengas el intro para una hermosa amistad. Pero nada dura para siempre, o como solía decir mi traqueteada abuela: todo por servir se acaba.

Hasta ese momento quedaba por demás claro quién eres, que se espera de ti y tu que puedes esperar de los demás, del universo y de la vida. Eso es identidad, y los medios, los vecinos, los profesores, los amigos y todo el mundo te ayudan oportunamente a mantenerla. Pero de repente, un día te levantas y ya estás titulado de la carrera; todo por lo que tanto estudiaste, cada una de las pestañas que te quemaste, todos tus esfuerzos se ven consumados de sopetón, luego de un solemne pero breve examen profesional.

Al menos ese fue mi caso. Pasan algunos días y una mañana la vida te recibe con un pastel de cumpleaños que más bien parece una maqueta de San Juanico; es el inexorable momento en que cumples los treinta. ¿Y luego…?

Como es corriente, la vida sigue y dejas atrás los estudios, tus veintes se vuelven poco menos que un nostálgico recuerdo y te miras tratando de convencerte de que nada ha cambiado. Pero vaya que las cosas han cambiado. En nuestra sociedad tener treinta y tantos es como estar en el limbo, eres socialmente invisible; no hay programas sociales que se dirijan a ti, como pasaba antes que cabías oficialmente en la abstracta categoría de “joven”; no eres interesante, ni marginado, ni perteneces a un grupo vulnerable a menos que seas indígena o te falte una pierna, por lo que tampoco la sociedad te voltea a ver cuando se trata de repartir las dádivas del sistema.

Y ¿recuerdas que tenías una identidad?, bueno, ahora no tienes idea de quién eres, cómo vas a hacerle, ni dónde estas parado. Y luego, cuando se trata de la vida social, ya no cuentas con los atajos del salón de clases y los pasillos de la facultad como lugares comunes para conocer gente nueva, ya nadie se siente identificado contigo con la facilidad de antaño, y perdiste el prestigio que te daba el ser estudiante; ahora eres un “licenciado” más. Ya nadie meterá las manos para que el peso de tus errores no te agobie tanto, ni tienes esa especie de fuero que infaliblemente te rescata de tener que actuar como un adulto o de responder a las demandas sociales.

Ahora, de hecho, eres oficialmente un adulto, y todos esperan que puedas salir adelante con tus propios recursos. Bienvenido a la faceta mas cruda del darwinismo social y sus dinámicas urbanas de la selección natural; en estos terrenos postmodernos la consigna es: o te aclimatas, o te aclimueres, o te adaptas o te extingues. A simple vista, pareciera que tras la metamorfosis de los treintas, surgen más contras que pros; y volteas para ver cómo es que otros le han hecho para salir airosos de esta situación, y lo que te encuentras es  por demás decepcionante: eres hetero, te caen los treintas y sin previo aviso te encuentras ya casado y esperando a tu primer o segundo hijo, quizá una hija. Lo que antes ganabas para satisfacer tus gustos personales y antojos, ahora lo inviertes en la casa para mantener a tu familia.

Quizá tu pareja también le chambea para solventar los gastos, pero eso no impide que tu libertad económica se haya limitado notoriamente. Los pasatiempos que tenías, esos han quedado atrás porque ahora careces del tiempo que cuando joven (hace dos años o por ahí) despilfarrabas sin empacho, además ahora eres formal. Y esas actitudes que tenías frente a la vida, tales como despreocupación, optimismo, juego y hasta un picaresco sentido de aventura ya no tienen cabida, la sociedad te exige que hayas madurado.

Porque ser maduro es ser solemne; todos sabemos que un adulto no se sienta en el piso, ni anda por la calle dando saltos por encima de los contenedores de basura. Ser adulto es estar en un nivel elevado de la sociedad, implica un prestigio distinto al que teníamos cuando estudiantes, pero prestigio al fin, con sus responsabilidades, porque como decía el tío Ben: “con un gran poder, viene una gran responsabilidad”. Y vaya que los adultos tienen poder en esta sociedad. Pero cuando actúas medianamente diferente a como se esperaría de alguien ya instalado en sus treintas, antesala de los cuarentas, la sociedad, esas buenas personas bienintencionadas, gentilmente te harán saber su desaprobación.

No, no esperes que sean sutiles.

Este es el modelito para todos, el rol que asumes si quieres recuperar cierta certidumbre de la que gozabas en la década pasada. Si a tus treintas cuentas ya con una familia, un empleo estable y una actitud que es un fastuoso despliegue de valores morales, entonces la sociedad, orgullosa de ti, te lo compensará cobijándote en su ceno como uno de sus hijos legítimos.

Podrás sentirte “perteneciente” y podrás relacionarte con los demás a través de tus pequeños hijos que balbucean desde sus carreolas rosadas, o de tu perro cuando lo pasees cada tarde por el Parque México. Pero si irresponsablemente eliges hacer las cosas a tu manera, y llegas a los treinta sin casarte, sin tener un empleo que proyecte estabilidad social y económica y además te comportas puerilmente cuando la situación te deja, entonces deberás hacerte a la idea de ser un paria. ¡Hay de la mujer que cumple sus treinta años sin tener un hombre que la mantenga!, ¡hay del hombre que abandona su veintes a pié y no en su auto lavado religiosamente cada mientras se apoltrona tras el escritorio de su oficina!

Cuando decides dar inicio al resto de tu vida según tu gusto y apetencias personales, necesitas entender que la sociedad te confrontará a cada minuto, y que frente la maltrecha identidad que les es regalada a los que se conformaron con lo tradicional, tú tendrás que arreglártelas para armar la tuya de una forma incesantemente creativa. Ahora más que nunca se hará evidente que tendrás que ingeniártelas para ser feliz y armarte una vida que realmente te satisfaga. Otrora, nunca ese hecho fue tan tangible: una vez que empiezas a tomar decisiones autónomas, no puedes detenerte.

Y lo lograrás; adoptarás un modo de vida notablemente satisfactorio porque tienes todas las herramientas para conseguirlo; solo hace falta que te decidas a aventarte, porque vale la pena. Y la sociedad continuará confrontándote, pero entonces sabrás que es inevitable porque tu simple presencia les confronta; tu existencia plena dentro de una vida a la medida, personalizada para ti y con tu sello y marca, les muestra a cada segundo lo que pudieron haber tenido de haber escogido, como tú, diseñarse su vida; lo que habría sido para ellos de haber rechazado el proyecto prefabricado que les heredaron las generaciones pasadas: míralo, se parece tanto al abuelo… como éste era igualito a tu tatarabuelo…

Diseñar tu propia vida no es sencillo, construir una identidad propia es una tarea a la que muy pocos se avientan, pero es claro que vale la pena. No hay mejor vacuna que ésta, contra la vergüenza de llegar a la muerte sin haber realmente vivido.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C