jueves, 4 de agosto de 2011

El arte de la conversación

A lo largo de mi carrera como terapeuta, me he sentido conducido a la profundidad de un centenar de conversaciones donde las palabras que he intercambiado con mis clientes han edificado nuevas realidades, han abierto posibilidades y han sacado a luz mejores versiones de los involucrados en la terapia, es decir, de mis clientes y de mí mismo.

Siempre he creído que una buena sesión de psicoterapia, de esas que dan mucho material para reflexionar, es buena porque la conversación va desarrollándose de manera fluida. También he creído que la psicoterapia es como un modelo a escala de la vida, donde se suscitan experiencias que nos invitan a ver el mundo de formas nuevas y con una mayor riqueza. Y si mis dos creencias son correctas, entonces una buena vida es una que reboza de buenas conversaciones. ¿Será que el arte de conversar sea una de las vías para una vida plena?

Pensemos en cuántas situaciones interpersonales se han vuelto conflictos debido a una mala comunicación: crisis familiares, rupturas de pareja, malentendidos entre los amigos, chismes en el trabajo. Todo ello tiene que ver con cómo nos comunicamos; al grado que uno de los clichés más recurridos en la psicoterapia es achacar a la comunicación los cualesquiera problemas con que uno llega solicitando el servicio.

¿Qué pasaría si supiéramos conversar mejor?; no me refiero a únicamente hablar y expresar todo cuanto me pase por la cabeza, me refiero más bien a un equilibrio bien medido entre hacerte llegar mi mensaje, realizar una pausa, ser receptivo a tu mensaje, nuevamente una pausa, reflexionamos, te digo lo que opino de lo que me has comunicado y me dices tú lo que opinas de lo que yo dije, luego empezamos nuevamente.

Un buen conversador no se queda con nada relevante sin decir, ni nada relevante sin escuchar. Por eso, quien sabe conversar se interesa por lo que su interlocutor dice, y le va orientando conforme la conversación se desenvuelve, para que pueda explicarse mejor; es decir, le va preguntando, comenta a qué le suena lo que escucha, a cuáles experiencias propias le remite y etcétera. La premisa básica es que todos entendemos mediante mecanismos distintos.

No es verdad que al buen entendedor, basten pocas palabras. A veces un buen entendedor ayuda a construir una buena explicación, pide paralelismos, ejemplos, formas y hasta colores. No me negarás que cuando estás platicando es muy sabroso que te hagan preguntas relevantes a eso de lo que estas contando.

En teoría al menos, cuando converso soy tan responsable de explicarme con claridad y empatía, como de escuchar e involucrarme activamente en lo que me estás diciendo. Y si de plano, lo que me estás diciendo me interesa un tantito menos que un pepino, habría de tener la delicadeza suficiente para hacerte saber que ese tema me aburre.

¿Qué sería de nosotros y nuestras relaciones si conversáramos adecuadamente?, a través de las conversaciones podemos conocer a esa persona con la que platicamos y generar fuertes vínculos emocionales en el ínterin. Vamos, ¿cuántas de tus preocupaciones no se relacionan con problemas en alguna relación dentro de la que te encuentras inmerso o inmersa?, ¿cuántas de esas situaciones no tienen que ver con problemas al comunicarse?

Las relaciones interpersonales dependen tanto de las conversaciones, que las considero mutuamente indistinguibles. Yo puedo conversar por primera vez con alguien, y si la conversación cobra vida y de desarrolla y evoluciona, y surca de un tema a otro sin naufragar en algún silencio necesario, entonces posiblemente declararé que esa persona me ha caído bien y tendré ganas de verle nuevamente. Mientras platicábamos se tejían entre líneas los primeros vínculos para una relación; futuras charlas consolidarían esos vínculos, y una sucesión de buenas conversaciones forjarán una relación cada vez más entrañable.

El punto flaco es el grado en que nos involucramos. Cuando platicamos con alguien, usualmente dejamos que sea nuestro interlocutor quien nos lleve por donde le apetezca, y nuestro interlocutor espera de nosotros lo mismo a su vez; entonces andamos erráticos y a la deriva, sin llegar a lugares interesantes de los cuales hablar y sin que la conversación capte nuestra atención. Una cosa importante es que usualmente no hacemos preguntas que vuelvan interesante lo que sea que estamos escuchando.

Qué pasaría si  aquél o aquella con quien estamos conversando se ha extendido quince minutos completos hablando de petunias coloradas y nosotros ya estamos bostezándole a escondidas o en su cara, y conocedores de nuestro creciente aburrimiento le preguntáramos porqué le gustan tanto las petunias, si en su familia es tradicional este interés botánico, o si ha pensado poner un negocio con esas flores. La idea es considerar la posibilidad de permitirle a la otra persona explayarse en ese tema que quizá le da seguridad al hablarlo, o puede que genuinamente le guste mucho. Uno indudablemente también tiene sus intereses, y una premisa habitual pero incorrecta, es creer que en una conversación solamente puede regir el interés de uno y sólo uno de los involucrados.

Si yo soy médico, podría preguntar u opinar acerca del modo en que las petunias pueden sanar ciertas enfermedades o favorecerlas. Si soy arquitecto, puede que tome las petunias para hablar de su función como flores de ornato, o retome el ‘feng shui y las petunias’. Un antropólogo retomaría las petunias para mencionar lo que ellas han significado en algunas culturas, y un psicólogo podría llevarlas al territorio de la salud mental y petunias.

Y entonces, cuando el tema en la conversación son las petunias y las energías renovables de origen orgánico, posiblemente sea sencillo pasar de botánica a ecología para dejar por la paz a esas pobres plantas.

Sin embargo para eso es necesario que me visualice como participante activo de la conversación que estoy sosteniendo; no importa cuál sea el tema que esté sobre la mesa, el reto es preguntarme ‘qué tiene eso que ver conmigo’ y entonces arrastrar ese tópico a una de mis áreas de interés, sin desoír la intensión de mi interlocutor de platicar conmigo de ese tema.

Puede ser que para él o para ella sea importante que le conozcamos desde su gustos en botánica porque se siente especialmente orgullosa u orgulloso de sus dotes en la floricultura. También eso es muy importante: los temas que arrojo a la conversación son una radiografía de quién soy yo, por eso vale la pena preguntarme cuáles son los tópicos mediante los que me encantaría que las personas me conocieran. ¿Me gustaría que me conocieran como el maniaco de las petunias, o hay algo en mi de lo que podría hacer mayor gala?, ¿de qué en mi siento mayor orgullo?

Parte del balance en la conversación es cuidar que, como en un juego de ping pon, los temas en la mesa sean puestos uno por mí, otro por ti, uno nuevo por mí, y así. Si en la charla hay más de un conversador, podemos elegir tener la cortesía de introducir en el tema a quien menos ha hablado, especialmente si nos inspira una particular curiosidad: ¿a ti te ha pasado eso alguna vez?, o ¿cómo ven los agrónomos esa problemática?, qué se yo.

La conversación es un acto de construcción en equipo, quien sabe conversar sabe tomar en cuenta a los demás; quien desarrolla habilidades en este campo se hace a sí mismo (o a ella misma) notoriamente más empática y inspira confianza en los demás.

Hay pequeñas claves muy fáciles de intuir al conversar: ¿cuánto tiempo has pasado hablando de ti y solamente de ti?, ¿los temas hacia los que llevas la conversación son demasiado personales o demasiado superficiales? Si te sorprendes en una de esas charlas narcisistas donde tu es el personaje protagónico, mete el freno de emergencia preguntando ‘¿te ha sucedido algo así?’, o ‘¿qué opinas tu?’, por ejemplo. Entonces preguntas, y luego te callas para hacer espacio para la respuesta de tu interlocutor.

Recuerda: la conversación debe estar equilibrada. Si tu selección de temas va siendo demasiado profunda, la conversación será cansada y tu interlocutor aburrirá en la misma medida en que tu continúes intenseando. Si tu selección de temas es demasiado superficial, quien te escuche igualmente se aburrirá por la sarta de temas irrelevantes a los que recurres. La clave es campechanear los temas y pasar desde tu selección de temas intensitos a los temas superficiales y de regreso.

Por eso es que dicen que el conversar es un arte, uno que se domina con práctica, práctica y mucha práctica.

Conversar es emitir unos mensajes y recibir otros de vuelta, responder a unos y aguardar a que respondan los nuestros. Para todo eso no siempre empleamos palabras, también hay gestos, señales, silencios. Para el ser humano es imposible no comunicar, así que siempre estamos diciendo algo a los demás: tu vestimenta expresa como anda tu ánimo hoy, tu postura habla de qué opinión tienes de quienes tienes enfrente, tu ausencia al evento dice mucho del interés que tienes respecto a los involucrados, etcétera. Los tips del conversar aplican igualmente aquí; si te interesa la relación con los, el o la aludida, deberás atender al modo en que tu interlocutor recibe el mensaje que estás emitiendo y necesitarás escuchar lo que tiene que decir al respecto. Nunca asumas que tu conducta no decía nada sólo porque no estaba revestida de palabras, tampoco seas siempre tu quien comunique, ni seas siempre tu quien escuche.

Si participamos a cada momento en un intercambio de mensajes con las personas que nos son cercanas, ¿en qué momento se termina la conversación? Yo pienso que nunca termina, creo que podemos identificar el momento en que un capítulo se cierra e inicia otro, pero la conversación continúa y en todo momento retomamos tanto viejas charlas, como iniciamos otras nuevas.

Desde que te conocí empecé a conversar contigo, y empecé a creer que no me amabas cuando dejaste de responderme.

El origen de muchos conflictos en las relaciones estriba en la indiferencia, en la falta de respuestas o los monólogos que se traslapan fingiéndose conversación cuando solamente son soliloquios encontrados. Cuando dejamos de escuchar y perdemos el interés de explicar, nuestras relaciones tienden a romperse y nos quedamos con muchas cosas que pudimos haber dicho, con muchas otras que hubiésemos deseado escuchar.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

El arte de la conversación


A lo largo de mi carrera como terapeuta, me he sentido conducido a la profundidad de un centenar de conversaciones donde las palabras que he intercambiado con mis clientes han edificado nuevas realidades, han abierto posibilidades y han sacado a luz mejores versiones de los involucrados en la terapia, es decir, de mis clientes y de mí mismo.

Siempre he creído que una buena sesión de psicoterapia, de esas que dan mucho material para reflexionar, es buena porque la conversación va desarrollándose de manera fluida. También he creído que la psicoterapia es como un modelo a escala de la vida, donde se suscitan experiencias que nos invitan a ver el mundo de formas nuevas y con una mayor riqueza. Y si mis dos creencias son correctas, entonces una buena vida es una que reboza de buenas conversaciones. ¿Será que el arte de conversar sea una de las vías para una vida plena?


jueves, 14 de julio de 2011

La Familia Ideal y la Iglesia

Si bien nuestro país es oficialmente laico debido a que Iglesia y Estado se conducen de forma independiente desde 1917, aproximadamente el 88% de los mexicanos se identifican como católicos, hay cerca de 11,000 iglesias de esta religión y casi 14,000 miembros de este clero (INEGI, 2002). Por esta razón, para hablar de qué es y cómo funcionan las familias (católicas o no) es relevante tomar en cuenta la influencia social de esta institución.

El objetivo más importante de la iglesia católica es el mantenimiento del bienestar moral de las familias; así lo declaró el Papa Juan Pablo II en su Carta a las Familias. Desde esta noción, el obispo de Matehuala, que es Presidente de la Comisión Episcopal Pastoral Familiar, identifica que la familia mexicana vive situaciones que la ponen en alto riesgo moral, tales como violencia intrafamiliar, la desintegración familiar, la pobreza extrema (por que obliga a emigrar y dejar la familia incompleta), el aumento del índice de familias monoparentales, y, finalmente, la influencia de lo que llaman una mentalidad “divorcista”, además de la creciente influencia de las perspectivas de género [sic].

Vale la pena acotar que entre las palabras del señor obispo traslucen dos premisas que al darlas por hecho funcionan como pilares centrales para esto que afirma, son: las perspectivas de género (que en la práctica buscan la equidad entre hombres y mujeres) atentan contra la estructura familiar, y el divorcio afecta el desarrollo de al menos los más vulnerables integrantes de la familia.

Las acciones derivadas de estas premisas serían aconsejar a los cónyuges a permanecer juntos aunque sean un ejemplo de discusión, estrés y violencia para los niños (sin mencionar el sacrificio de su propia satisfacción y felicidad personal), y en el seno familiar esta bien que la mujer sea maltratada y descalificada fisica, emocional y psicológicamente, y esta bien que el hombre sea valioso en tanto sea un buen proveedor al que se le perdone lo que sea en tanto aporte dinero al hogar. La perspectiva del obispo de Matehuala es respetable, como cualquier otra perspectiva, y particularmente valiosa en el punto en que afirma que las familias hoy afrontan retos que no hubieran imaginado en tiempos pasados.

De igual manera, los ministros católicos establecen en pro del bienestar moral de las familias, que se debe prestar mayor atención a lo que ellos mismos identifican como “familias irregulares”, es decir: las familias divididas por diferencias religiosas o políticas, las familias “incompletas”, las que viven con personas de capacidades diferentes o con situaciones de alcoholismo y drogadicción; las que viven con problemas de SIDA, las familias de presos, las que tienen hijos homosexuales o lesbianas, las familias que viven violencia intrafamiliar o que habitan en comunidades de alta delincuencia y las familias de padres divorciados vueltos a casar.

Entiénsase “irregularidad” como algo que se escapa de lo normal. Cuando yo me refiero a familias irregulares, aludo a familias que se desvían de lo normal, lo que me obliga ineludiblemente a preguntar ¿cómo es una familia normal?

Quien afirme que no es habitual encontrar familias donde existan diferencias sexuales, culturales, políticas o religiosas, donde no haya alcoholismo o drogadicción en algún nivel (la adicción al tabaco es una adicción y es nociva para quien lo consume y para los que están cerca mientras lo hace, por ejemplo), o en las que no haya integrantes con capacidades distintas, quien lo afirme, evidentemente no se ha asomado un domingo a la calle para ver las familias que transitan por la banqueta.

En este sentido existe el Encuentro Mundial de las Familias, que es una convocatoria a nivel internacional y que se da cada tres años, instaurada por el Papa en 1992 para celebrar a la familia; el objetivo es dialogar y profundizar en el tema de la familia, a partir de distintas voces de la visión católica. En el 2009 se llevó a cabo este encuentro en la Ciudad de México, así como en el 2012 se realizará en Milán en su edición número 7.

De este encuentro en México, al que asistieron 7 000 católicos de todo el mundo, 30 cardenales y 80 obispos, Bernardo Barranco Villafán, especialista en temas religiosos y vicepresidente del Centro de Estudios de las Religiones en México (Cerem), afirma que no hubo debates ni reflexiones profundas, sino el mantenimiento de una tónica muy ortodoxa con formatos acartonados que no representó ninguna novedad. Sin embargo, puntualiza que fue importante el hecho de que Ennio Antonelli, presidente del Pontificio Consejo para la Familia del Vaticano, haya reconocido la existencia de los homosexuales, dentro de un mensaje que los exhortaba a vivir su homosexualidad en lo privado .

La declaración de monseñor Antonelli fue: “las relaciones homosexuales siempre han estado presentes en nuestra sociedad, la novedad es que se pretenda equiparar a la familia con la convivencia homosexual, y esto no puede ser aceptado porque la familia tiene una especificidad: sólo la familia engendra hijos y los educa”.

Entonces, ¿una familia sin hijos pierde el derecho a nombrarse familia?

Dado que toda identidad requiere de ser reconocida por alguien más para existir social y públicamente, efectivamente es relevante que un miembro del Vaticano haya emitido esta declaración, porque valida en lo individual la existencia de las muchas identidades homosexuales que se encuentran desacreditadas en el discurso social, ya sea laico o religioso. Sin embargo, el problema de fondo, es que al enfatizar un modelo único de familia, se polariza la disputa de la sociedad moderna en torno a “la familia ideal” y el derecho de las familias diversas a ser reconocidas como familia.

Afirmando que las familias son inherentemente monogámicas, se las reduce a una función puramente reproductiva. La Iglesia, al centrar insistentemente la cuestión familiar en términos reproductivos, deja de lado tanto la temática del amor, que se da también en parejas del mismo sexo, como la de las parejas que deciden no tener hijos.

El peligro de esta descalificación es que las familias católicas que no se apeguen a este “modelo único” no podrán definirse a sí mismas como familia, evaluándose desde este argumento como inacabadas e insuficientes para alcanzar los objetivos instrumentales y afectivos de un sistema familiar maduro. Barranco Villafán  critica el hecho de que la Iglesia no comprende que la familia es una construcción social tan diversa como adaptable, que refleja en su estructura lo que se vive día a día y que está estrechamente ligada a los cambios de la sociedad .

Las conclusiones del VI Encuentro Mundial de las Familias fueron: la familia es lo más importante porque el amor entre hombre y mujer, cuando es verdadero, siempre es fecundo. De ahí, los hijos se hacen personas cuando crecen en familia, porque en ella se saben bienvenidos y aprehenden los valores para la sana convivencia humana. En este mundo no le falta dinero, sino la creatividad que emana del amor en familia para solucionar el problema de la pobreza.

La crisis que hoy vivimos aumenta con la ruptura de las familias, y en este contexto el divorcio puede tener una presencia silenciosa aunque no se lo ejecute; el desamor daña a los hijos: niños y jóvenes fracasan en sus proyectos académicos y laborales y dejan de ser personas pacíficas cuando no han crecido en familias donde padre y madre permanecen unidos en el amor.

Además, plantean que las instituciones públicas y privadas deben revisar sus leyes para ver si con ellas fortalecen o debilitan a la familia, asumiendo que la familia no es sólo un bien religioso, sino un bien social que genera capital humano saludable y feliz para el desarrollo de todos los pueblos. La familia es fruto del amor entre hombre y mujer, y las relaciones homosexuales son solo otra forma de convivencia que no es equiparable a ella. Sin embargo en la diversidad, la familia se define siempre como el conjunto de vínculos adquiridos a partir del nacimiento de un nuevo ser humano, fruto inalienable de la relación entre hombre y mujer.

Agregan además que en la práctica, hay familias donde viven abuelos con los nietos, o madres con los hijos, o hijos con el padre, o tíos y sobrinos; esta variedad muestra partes de lo que sería la familia extensa y formas de parentesco que dan identidad a la persona humana, pero son ambos padres quienes tienen derecho y obligación de velar por la educación de sus hijos, elegir el sistema de enseñanza y hasta participar en el diseño de la misma.

Por eso las políticas públicas deben favorecer la equidad entre el tiempo de trabajo y tiempo de familia, de modo que padres y madres puedan atender a sus hijos en momentos de enfermedad y acompañarles en asuntos escolares. Finalmente, concluyen que son los padres y abuelos quienes transmiten en forma natural los valores a las nuevas generaciones y que, en esta tarea, ninguna otra institución humana puede suplirlos, porque ni la suma de muchas buenas voluntades puede llenar el vacío que deja, no sólo en los hijos, sino en la sociedad humana, el abandono en la familia del padre, la madre o ambos.

Este modo de entender el mundo de la familia excluye una infinidad de realidades que conviven de cotidiano en la sociedad mexicana y mundial; ¿las familias diversas que este discurso eclesiástico no contempla, no cuentan para las nociones de la iglesia?, ¿puede entenderse esta ceguera parcial, acaso intencionada, como una manera de discriminar?

El conjunto de afirmaciones con que concluye el VI Encuentro Mundial de las Familias son verdades parciales y descontextualizada que a todos nos resultan familiares porque probablemente en algún momento las hemos creído y a partir de ellas hemos juzgado lo “bueno” y lo “malo”. ¿Esta mal o es disfuncional una familia sin papa, u otra donde los dos papás tienen un hijo feliz y desarrolládose en absoluta plenitud?; ¿quien le va a decir a ese niño que su familia es una familia que no sirve?

Con esto sobre la mesa cabe una pregunta más: ¿estamos dispuestos a seguir apostando por un único modelo de familia ideal, o vamos a aceptar que la familia crece, evoluciona, se diversifica y adapta a los retos actuales para mantener su vigencia en nuestras sociedades? Pienso que vale la pena considerarlo.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

La Familia Ideal y la Iglesia


Si bien nuestro país es oficialmente laico debido a que Iglesia y Estado se conducen de forma independiente desde 1917, aproximadamente el 88% de los mexicanos se identifican como católicos, hay cerca de 11,000 iglesias de esta religión y casi 14,000 miembros de este clero (INEGI, 2002). Por esta razón, para hablar de qué es y cómo funcionan las familias (católicas o no) es relevante tomar en cuenta la influencia social de esta institución.

El objetivo más importante de la iglesia católica es el mantenimiento del bienestar moral de las familias; así lo declaró el Papa Juan Pablo II en su Carta a las Familias. Desde esta noción, el obispo de Matehuala, que es Presidente de la Comisión Episcopal Pastoral Familiar, identifica que la familia mexicana vive situaciones que la ponen en alto riesgo moral, tales como violencia intrafamiliar, la desintegración familiar, la pobreza extrema (por que obliga a emigrar y dejar la familia incompleta), el aumento del índice de familias monoparentales, y, finalmente, la influencia de lo que llaman una mentalidad “divorcista”, además de la creciente influencia de las perspectivas de género [sic].


sábado, 11 de junio de 2011

Decisiones, relaciones de pareja... y pasteles

Todos podemos desear más de una cosa al mismo tiempo, pero a veces entre estos deseos simultáneos hay varios que se contraponen mutuamente: podemos querer un pastel de chocolate con mucho merengue, cerezas y trocitos de nuez, acompañado con una copa de chocolate espumoso para una tarde lluviosa de domingo; pero a la vez podríamos desear no subir de peso  y mantenernos esculturales para el próximo verano en la playa; entonces deberemos elegir pastel de chocolate o modelito playero, una cosa u otra, pero no podemos tener ambas. Tomar una decisión implica que renunciaremos a algo, ese algo es justamente la alternativa que no estamos eligiendo.

Es sencillo captar la idea central de algo que parece un completo absurdo: buscamos con afán nuestra rebanada de pastel de chocolate con merengue y nueces, para luego no poder comérnoslo porque la culpa nos impide disfrutarlo plenamente. Elegir comerme el pastel entero implica que subiré un poco de peso, particularmente si ya rebaso la tremenda brecha de los 30 y soy adulto contemporáneo. Renunciar a mi deseo verme como quiero y lucirme en la playa es lo que duele, y de lo que no me puedo desprender fácilmente a favor de la otra alternativa.

Vivir una vida de pastel en pastel, hará muy improbable que me pueda conservar como cliente de tallas pequeñas en las tiendas de ropa sexy; si asumo esto y renuncio a la perspectiva playera, podré gozar plenamente del mundo de la repostería.

Una clave para la vida es asumir que cada decisión tomada implica a una misma vez ganar algo y perder algo. Puede ser que lo perdido pueda ser obtenido en un futuro, pero entonces tomarlo (llegado el momento ulterior)  implicará dejar pasar algo más que no será nuestro hasta que llegue el momento para ello, si llega. Por mucho que negociemos con la vida, no podemos tener todo lo que deseamos; por eso siempre necesitaremos definir qué importa más frente al resto de nuestras necesidades.
¿Quedó claro lo de la disyuntiva del pastel de chocolate frente al proyecto de ser una luminaria en la playa?; vamos ahora a un tema un tanto más complejo: buscar pareja.
Encontrar un alguien especial con quién iniciar una relación, para muchas personas es más un ejercicio de precisión y cálculo que una cadena sucesiva de coincidencias; es decir, la noción de “encontrar pareja” o buscarla, remite a que uno podría ir andando por la calle y de pronto, sin más exclamar: “…caray!, una pareja; ¿de quién será?” y entonces la levantas del piso y luego de ver que efectivamente no es de nadie, te la guardas en la bolsa feliz y satisfecha o satisfecho de ti, porque por fin encontraste pareja. ¿Se trata de una chiripa azarosa el que se consuma un proyecto tan importante? Hay quienes visualizan la cosa precisamente así; el amor es asunto de primera vista, o de la media naranja, un impulso que el karma promueve a tu favor o que te toca porque ya te has portado suficientemente bien. Los dioses te premian y entonces empiezas una relación; si el amor es puro, la relación es sólida, si resuelves que el fulano o fulana no era el o la adecuada, entonces hay que soltar sin apegos y seguir buscando. Y seguir buscando, y seguir…
Y hay quienes creen en que la cosa es de precisión y cálculo; o al menos estrategia: empiezas una relación con aquél o aquella que cumple tus requerimientos mínimos indispensables, y vas construyendo desde cero, sin esperar a que el destino, el karma o los dioses te hagan parte de la chamba. Y la manera en que construyes y le confieres estructura y solidez a la relación es, precisamente, tomando decisiones respecto a lo que si aceptas y lo que no, a lo que renuncias y a qué le das la bienvenida. La cosa no está mal, finalmente el otro que te vea de prospecto va a hacer exactamente lo mismo en su relación contigo: decidir.
Como decía, por mucho que sepamos negociar con la vida, no podemos tener todo el tiempo todo lo que deseamos; y aquí viene la complejidad al momento de empezar a construir una relación de pareja, o al momento más concreto, en el que debo elegir a qué renunciar para darle cabida en mi cotidianidad al fulano o fulana que se está integrando a mi vida. Pero a veces pasa que después de días cortejo y seducción, tiempo en que cada cual hace su luchita para ganarse el corazón del otro, después de estar mutuamente convencidos o convencidas de que las cosas no podrían marchar mejor, sucede tremendamente de repente que la cosa termina. El o ella se esfuma en la nada y no se le vuelve a ver jamás. ¿Que pasó, si todo marchaba tan bien?
Yo no tengo idea. Quizá yendo con tu adivina de cabecera te enteres de que “…esa mujer te lo andaba sonzacando”, o alguna cuestión por el estilo. Pero al margen de que le pagues a la pitonisa o le preguntes al mismísimo interfecto, hay que tomar en cuenta que muchas veces tenemos ganas de tener pareja, pero nos es muy difícil hacerle un espacio en nuestra rutina para que pueda acomodarse una relación. Puede que en lugar de ir al gym tres horas al día, debas de ir sólo dos; puede que los fines de semana tengas también que ir a visitar a su familia, o puede que tenga alergia a los gatos y tu debas de regalar a tu amado y viejo mr. Mistoffelees. Y puede que prefieras quedarte en la soltería antes que bajarle a tu rutina en el gym o despedirte del gato; también puede que lo prefiera él o ella y entonces te vuelva a sacar de su vida.
Como sucede con mi pastel de chocolate hipercalórico, el deseo de encontrar a alguien y establecer una relación de pareja existe y es muy fuerte, pero dado que construir una relación también implica realizar ciertos sacrificios, lo que se desea al mismo tiempo también se evita. A todos nos ha sucedido al menos una vez en la vida. Iniciar una relación implica dejar ir algo que formaba parte cotidiana de nuestro existir, y esta es la primera claridad que necesitamos cuando salimos a la caza de una o un prospecto para la relación; la segunda claridad indispensable definir qué estamos dispuestos a dar a cambio de una vida en pareja, que cambios en nuestro día a día podríamos tolerar a cambio de eso que le llaman las mieles del amor.
A veces queremos el pastel, pero no lo queremos porque nos engorda; queremos una pareja, pero no la queremos porque cambiará nuestro estilo de vida. Y dentro de este forcejeo de querer y no quererlo, cualquiera sufre la incertidumbre de no tener las cosas claras. Frecuentemente he escuchado la voz del desconcierto, afirmando que es imposible encontrar pareja, que no hay uno o una que embone con lo que nosotros buscamos, e incluso, que la naturaleza de uno mismo esta hecha para jamás lograr una relación de pareja. ¡Eso es absolutamente falso!, y la verdad no hay necesidad de azotarse tanto; el problema es que no hemos sido francos con nosotros mismos y no hemos clarificado qué costes estamos dispuestos a pagar a cambio de una relación.

La cuestión es un poco simple: ¿quieres encontrar una pareja? Pon primero en una balanza lo que deseas de una relación, ya se trate de que te quiera, que vivan juntos, que te acompañe a los eventos importantes, etcétera; todo ello acomodado en un mismo lado de la balanza. En seguida visualiza qué efectos tendría tu relación a su alrededor: como modificaría tu dinámica con la familia, con tus amigos, con tus actividades preferidas y tu rutina en el trabajo, todo ponlo del otro lado de la balanza. ¿Para qué lado ves que se inclina?

Si siendo lo más realista posible, ves que pesa más en la balanza tu deseo de tener una relación con alguien, entonces lánzate teniendo en cuenta cuáles son las cartas con las que estas jugando. No vas a abrumarte cuando la relación se vuelva seria, porque tendrás claro qué es lo que viene y el modo en que afrontarás el siguiente paso, cualquiera que este sea. Pero si con la misma tentativa objetividad, resulta que te pesa más los sacrificios que tendrías que hacer para mantener una relación, entonces lo tuyo no es buscar algo serio, por lo menos no ahorita. Nada de esto significa que tú seas de esos o esas que nacieron para estar solos; simplemente te habla de que en este momento de tu vida, tu prioridad no es estar con alguien; ya sea porque estas a tu gusto y satisfecho o satisfecha de cómo te va yendo en el trabajo, o lo pasas genial con los amigos y que vas progresando fenomenal en el gym, o lo que sea que para ti resulte importante. La vida esta llena de etapas y momentos, y no en todos estamos receptivos a iniciar una relación estable. Vale la pena considerar eso.

A lo largo de esas etapas por las que pasas mientras marcha la vida, lo que ahora es necesario, mañana para ti ya no lo será, y lo que hoy no necesitas, mañana será una prioridad. No vale la pena comprometerte con algo que hoy no te hace falta solo porque en el futuro es probable que lo necesitarás. Si efectivamente querrás tener una pareja en el futuro, preocúpate cuando llegue ese momento, no ahora en que tienes ocupaciones mas propias de la etapa que estás.

A veces creemos que todo el mundo, todo el tiempo debería tener pareja, que hay algo incorrecto en la soltería o que no tener a nadie es andar por la vida como un apestado; también eso es falso. No tener pareja es el momento justo para conocerse y aprender a convivir contigo mismo o contigo misma; finalmente, si yo no he podido conocerme a mí, ¿como voy a conocer a alguien?; si no logro quererme, ¿cómo voy a querer a otro? y ¿cómo él o ella me va a lograr querer?. Si en la soledad ni yo mismo me aguanto, ¿cómo alguien va a poder aguantarme? Ya sea que no tengas pareja porque estás en el camino de construir una relación o porque este no es tu momento, el estar soltera o soltero es el momento en el que defines muchas cosas de ti sin que nadie te interrumpa, es un tiempo para ti; hoy creces, te reestructuras y enriqueces tu vida para tener en el futuro algo interesante que compartir. Si administras de este modo el presente, tendrás más probabilidades de encontrar justo la relación que quieres en tu siguiente intento.
Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

Decisiones, relaciones de pareja... y pasteles

junio 11, 2011 Hernan Paniagua
Todos podemos desear más de una cosa al mismo tiempo, pero a veces entre estos deseos simultáneos hay varios que se contraponen mutuamente: podemos querer un pastel de chocolate con mucho merengue, cerezas y trocitos de nuez, acompañado con una copa de chocolate espumoso para una tarde lluviosa de domingo; pero a la vez podríamos desear no subir de peso  y mantenernos esculturales para el próximo verano en la playa; entonces deberemos elegir pastel de chocolate o modelito playero, una cosa u otra, pero no podemos tener ambas. Tomar una decisión implica que renunciaremos a algo, ese algo es justamente la alternativa que no estamos eligiendo.

Es sencillo captar la idea central de algo que parece un completo absurdo: buscamos con afán nuestra rebanada de pastel de chocolate con merengue y nueces, para luego no poder comérnoslo porque la culpa nos impide disfrutarlo plenamente. Elegir comerme el pastel entero implica que subiré un poco de peso, particularmente si ya rebaso la tremenda brecha de los 30 y soy adulto contemporáneo. Renunciar a mi deseo verme como quiero y lucirme en la playa es lo que duele, y de lo que no me puedo desprender fácilmente a favor de la otra alternativa.


miércoles, 1 de junio de 2011

Día de la familia

En el mes de marzo del año 2009 el Consejo de la Comunicación promovió la Encuesta Nacional de la Dinámica Familiar, que en el marco del llamado Día de la Familia, fue llevada a cabo en colaboración con el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia con el objetivo de conocer los valores, intereses, retos y perspectivas de la actual familia mexicana.

Entre los resultados obtenidos de este estudio se encuentra que la familia mexicana parece, en la práctica, favorecer el apoyo, la unión, la entrega, el amor y la alegría de sus integrantes, buscando generar valores comunes como sencillez, solidaridad, trabajo y esfuerzo, así como el resguardo de la tradición. Sin embargo resultó notorio que los más jóvenes identifican que la familia mexicana no favorece la disciplina, ni una actitud ganadora o de aceptación del éxito: con frecuencia refuerza una visión conformista y “perdedora” que se refleja a nivel social en conductas inseguras y sumisas.

Vale la pena parar la oreja en los lugares donde las familias se reúnen en una tarde de domingo y escuchar el discurso que se entreteje entre los padres o con los hijos: frecuentemente escuchamos expresiones de resignación acerca del mal estado del país, la culpa que los políticos tienen de la crisis que vivimos (crisis que por cierto, ha existido en distintas manifestaciones e intensidades desde que yo tengo memoria) y el cómo hay un mundo muy difícil de afrontar allá afuera. Al seno de la familia, los jóvenes crecen descorazonados y con la perspectiva de estar a punto de enfrentar escenarios nefastos que asfixiarán sus esfuerzos y entusiasmo. ¿La desesperanza se hereda?, ¿que hay del conformismo y esa pastosa resignación de la que hablan los adultos fatigados que le enseñan el mundo a los adultos del futuro?

Paralelamente, también se reveló en dicha investigación que a las familias en México les falta favorecer en mayor medida los valores de la honestidad, el deseo de sus miembros por superarse y el respeto a normas comunes como la puntualidad. Los participantes de la encuesta reconocen que en México, la familia conserva aspectos positivos que no existen en familias fuera de nuestro país, como el mantenimiento de costumbres y tradiciones, pasar el tiempo de recreación juntos y demostraciones de cariño. No obstante, también reconocen factores negativos con respecto a las familias en otros países: existen relaciones familiares opresivas o fiscalizadoras que no fomentan el desarrollo personal y serios estereotipos de género en contra de la educación y el desarrollo profesional de las mujeres.

En enero del 2005, por iniciativa del Consejo de la Comunicación, el presidente Vicente Fox instituyó como el Día de la Familia al primer domingo de marzo, con el fin de preservar los valores y fomentar la unión familiar. El argumento del que surgió esta iniciativa, fue que la familia es el ámbito primordial para el desarrollo de cualquier ser humano y la base de su desempeño en la vida, ya que provee la plataforma para el desarrollo de la autoestima y de la verdadera identidad personal, así como de los esquemas de convivencia social más elementales y de la experiencia del amor, que regirán el éxito de cada uno de sus miembros.

El manejo mediático del tema, sintoniza mucho con esta noción, agregando que la familia es una institución irremplazable para el fomento de los valores humanos esenciales, la prevención y solución de los problemas sociales; es también el agente cultural necesario para la transmisión de sus valores más representativos de generación en generación. Dentro de la familia encontramos el sentido de la vida y la felicidad a través del entendimiento y la reciprocidad, ya que sus miembros gozan de la aceptación incondicional: aceptación mutua exclusivamente por pertenecer.

La institución del Día de la Familia, según Juan Domingo Beckmann (2996), entonces presidente del Consejo de la Comunicación, es una invitación para todos los mexicanos a darse un espacio de reflexión y valoración de lo verdaderamente importante y trascendente, porque “si la sociedad es el reflejo de la familia y en familia aprendemos a ser buenos mexicanos, haremos de México el gran país que todos anhelamos” .

En marzo del 2008 la campaña para el Día de la Familia fue lanzada con el eslogan: “Tener un hijo, ¿te hace padre?”.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C