sábado, 2 de junio de 2012

La responsabilidad de ser LGBTTI

¿Te has preguntado alguna vez cómo le hacen las sociedades para evolucionar?, desde un análisis muy ligero de una comunidad, puedes distinguir dos vertientes ideológicas muy claras: las que tienden a la derecha y las que tienden a la izquierda. La ideología de extrema derecha busca el mantenimiento del status quo, que lo que se ha ganado se mantenga y lo que ha funcionado para establecer la estructura social nunca cambie. La ideología de extrema izquierda guarda una postura crítica desde la que todo tiempo futuro puede siempre ser mejor; buscan innovaciones, cambios, arriesgarse para el crecimiento de la colectividad.

En la práctica, las agrupaciones sociales de derecha parecieran tener más poder y mayores recursos que las que tienden ideológicamente hacia la izquierda, y si esto fuese un patrón sostenido, entonces se mantiene la pregunta de ¿cómo es que pueden evolucionar las sociedades si la fuerza más potente de la comunidad tiende hacia el status quo? La respuesta no está en las estructuras de poder más elevadas, sino en pequeños grupos sociales que buscan el reconocimiento de sus necesidades e identidad; ellos y ellas son las minorías.

Desde los ochentas el tema de las minorías ha crecido en importancia dentro del discurso demagógico y los planteamientos sociales: indígenas, personas de la tercera edad, inmigrantes, gente viviendo desde la diversidad sexual, etcétera. Y algunos grupos que no son numéricamente inferiores, se vuelven minoría porque la discriminación y violencia de la que son objeto las vuelve foco de atención para políticas de protección; por ejemplo las mujeres o los jóvenes. En este contexto hay minorías que son objeto de atención por su sola existencia, y hay las que reclaman la atención de su sociedad desde una demanda puntual de reconocimiento. Estas últimas son las minorías activas.

Ahora podemos responder a la pregunta inicial: quienes a lo largo de la historia han logrado cambios sustanciales en la sociedad han sido las minorías que desde una postura activa, cuestionan las afirmaciones que el status quo sostiene hacia la comunidad. Las mujeres obtuvieron el voto al activarse como minoría, los homosexuales lograron el reconocimiento legal de los matrimonios gay, y etcétera. Revisando cualquier volumen de historia universal del colegio, te encuentras con múltiples ejemplos de esto. De ahí que sea innegable que es responsabilidad de las minorías activas llevar a su sociedad hacia rumbos que le permitan renovarse y continuar existiendo. Una sociedad que se niega a escuchar a sus minorías es por default, una sociedad decadente.

Y esa responsabilidad desciende de la colectividad minoritaria hacia cada uno de sus integrantes, convirtiéndolos en factores de cambio social. El poder de las minorías termina, en el mejor de los casos, cuando pueden asimilarse a un nuevo status quo que ya identifica y respeta la identidad y necesidades de quienes la conformaban; pero en el peor de los casos, también termina cuando las minorías esperan que sea otra figura la haga su chamba y promueva el cambio, cuando dejan de estar activas, cuando se resignan sin asimilarse.

Hoy en día ser hombre gay o chica lesbiana, o ser bi, o trans (quizá especialmente ser trans) implica una enorme responsabilidad social, porque equivale a conducir a la comunidad hacia un cambio necesario y urgente. No importa si el gobierno de una nación está en manos de la derecha o de la izquierda, las minorías activas siempre estarán existiendo y demandando transformaciones que van más allá del confort de lo teórico y lo ideológico; esa voz en cuello de las minorías llama hacia el aquí y el ahora, hacia lo que es más cotidiano e impostergable.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

La responsabilidad de ser LGBTTI

junio 02, 2012 Hernan Paniagua
¿Te has preguntado alguna vez cómo le hacen las sociedades para evolucionar?, desde un análisis muy ligero de una comunidad, puedes distinguir dos vertientes ideológicas muy claras: las que tienden a la derecha y las que tienden a la izquierda. La ideología de extrema derecha busca el mantenimiento del status quo, que lo que se ha ganado se mantenga y lo que ha funcionado para establecer la estructura social nunca cambie. La ideología de extrema izquierda guarda una postura crítica desde la que todo tiempo futuro puede siempre ser mejor; buscan innovaciones, cambios, arriesgarse para el crecimiento de la colectividad.

En la práctica, las agrupaciones sociales de derecha parecieran tener más poder y mayores recursos que las que tienden ideológicamente hacia la izquierda, y si esto fuese un patrón sostenido, entonces se mantiene la pregunta de ¿cómo es que pueden evolucionar las sociedades si la fuerza más potente de la comunidad tiende hacia el status quo? La respuesta no está en las estructuras de poder más elevadas, sino en pequeños grupos sociales que buscan el reconocimiento de sus necesidades e identidad; ellos y ellas son las minorías.


viernes, 1 de junio de 2012

La culpa

Pensando en inteligencia emocional, podríamos decir que todas las emociones que somos capaces de sentir nos conducen a cierto tipo especifico de movimiento; por ejemplo, la tristeza te mueve hacia el aislamiento, te lleva a introvertirte y ver qué ocurre dentro de ti. La felicidad tiene lo suyo, que te lleva a buscar a las personas y compartir con ellas; el miedo te hace correr en el sentido contrario, la nostalgia a revisar tu historia de vida y a veces a reinterpretarla. Pero, ¿qué hay con la culpa?

Del extenso abanico de emociones que los seres humanos somos capaces de sentir, la culpa es la que tiene peor imagen pública, y no sin razón. Ella te conduce a una baja opinión de ti misma o de ti mismo y en la mayoría de los casos, a convertirte a ti en tu propio juez, jurado y verdugo implacable. Las personas habituadas a  sentir culpa, frecuentemente viven intranquilas y con pensamientos de reproche que les restan energía para encarar a los demás o iniciar proyectos. La frase más vinculada a la culpa es “no me lo merezco”, no importa qué. Es como tener un lastre amarrado al cuello y que por más que intentas subir, no te lo permite.

Disexionemos  a la culpa: se trata de una emoción que me pone en deuda debido a una acción que he llevado a cabo o que evité hacer. Tiene que ver con alguien más, es decir, que esa deuda ¿moral? que he adquirido concierne además a otra persona distinta a mí; de ahí que la culpa usualmente sea respecto a alguien: evitamos ver a fulanita porque nos da culpa, aceptamos lo que nos pide menganito porque sentimos culpa, y así. Ahora, si el enojo nos mueve a generar cambios alrededor de uno, ¿hacia dónde nos mueve la culpa?

La culpa sin duda es un arrepentimiento, un tache que le ponemos a nuestro proceder pasado. Seguramente hemos decepcionado a alguien que esperaba algo de nosotros, probablemente hemos deteriorado la imagen que esa persona tenía de nosotros; y ahí está el espíritu de la culpa, justo en la premisa silenciosa de: “debo cumplir con las expectativas de los demás, debo satisfacer lo que los otros esperan de mi”, incluso a veces a costa de mi mismo.

¿Por qué no siento culpa al no haberme comprado la chamarra de la que tenía ganas?, ¿porqué no me reprocho no haber ido al parque ayer? La culpa es una emoción de carácter social; nos vincula a los demás de una forma jerárquica. Cuando la culpa está presente y domina al resto de mis emociones, yo me siento por debajo de los demás, y especialmente inferior a una persona en especial. La culpa me pone en desventaja frente a alguien y me mueve a compensar.

No hay peor negociador que una persona con culpa, porque entonces sus emociones le llevarán a ceder en todo y va a ponerse en manos de aquél o aquella persona frente a quien se siente culpable. En una macroescala, el objetivo de la culpa es la sumisión. Si yo consigo estimular la culpa en mi pareja, él o ella hará todo cuanto yo le pida; si estimulo la culpa en mis empleados, yo podré reducirles el sueldo sin que ellos protesten demasiado: “Godínez, usted nunca trabaja lo suficiente; ¿así quiere prosperar en esta empresa?”.

Empero, no todas las personas son igualmente propensas a sentirse culpables; al menos no en la misma magnitud. Quienes son asiduas víctimas de la culpa cuentan en su personalidad con una elevada exigencia hacia sí mismas o hacia sí mismos, una que les demanda cumplir las expectativas de los demás y acoplarse a la imagen que los otros se han hecho de él o ella. La culpa manifiesta entonces esa obligación de ser más congruente con los demás que conmigo mismo.

¿En su personalidad?, mejor pongamos que han desarrollado el hábito de satisfacer las expectativas de las personas importantes a su alrededor, ya sea porque no hacerlo tendría un costo más elevado, o ya porque no tenían expectativas propias que cumplirse a sí mismas o mismos. La culpa llega cuando rompen esa mala costumbre y hacen lo que necesitan (o quieren) hacer y no lo que se espera que hagan, entonces una vocecita en su cabeza les reprocha y les trata de convencer de compensar de alguna manera tan “imperdonable” falta.

¿Entonces hay que aprender a ignorar a la culpa? Claro que no. Del arcoíris de emociones que los seres humanos somos capaces de sentir, y piénsalas todas ellas como colores en un espectro que va de lo más luminoso a lo más oscuro, es necesario experimentarlas todas a lo largo de la vida para vivir con plenitud; así que experimentar la culpa tiene un aspecto funcional y positivo. La cuestión es no confundirse: en lugar de ignorarla, solo evita darle la razón por default. Evalúa tu culpa, revisa si tiene razón de estar ahí porque la has regado, ya sea por negligencia, maldad o descuido al hacer algo que afectó a alguna persona que es importante para ti. Si eres honesta u honesto y la culpa tiene sentido, has algo al respecto.

Si lo que hiciste o no hiciste, fue porque necesitabas portarte con mayor lealtad contigo que con los demás, y la decisión que tomabas te ponía en la encrucijada de ser más congruente con la otra persona que contigo, entonces apechuga y acepta que no tienes el material suficiente para sentirte culpable.

Y en presencia de la culpa, saca cuentas: ¿frente a quién me siento culpable?, ¿cuál es el reclamo que supongo que él o ella me haría?, ¿cómo defino esta deuda que yo asumo hacia esa persona?, ¿de qué manera imagino que podría saldar esa deuda para recuperar mi tranquilidad? Detecta cómo muchas de las reflexiones que pueden clarificar el sentimiento de culpa son en realidad conjeturas; a veces uno se siente el más culpable y la persona hacia la que nos sentimos en deuda no tiene absolutamente nada que se le ocurra reprocharnos; la culpa surge de lo que yo mismo pensaría imperdonable, pero afortunadamente todas las personas pensamos cosas diferentes.

También pasa que para alguien pueda ser imperdonable que no le visite en casa todos los  días y como su queja no tiene sentido para mí, no me estimule la menor culpa.

Recuerda no darle la razón a la culpa tan a la primera; planteate punto por punto respecto a qué y a quién te sientes culpable y escucha tus propios argumentos, escribelos, ¿sigue manteniendo la culpa su mismo peso? Si le das la razón a la culpa y te sientes en deuda con alguien, pacta contigo una forma de resarcir tu falta; plantéate el modo en que pagarás tu deuda para que ésta no quede en tu consciencia marcándote de por vida.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C

La culpa

Pensando en inteligencia emocional, podríamos decir que todas las emociones que somos capaces de sentir nos conducen a cierto tipo especifico de movimiento; por ejemplo, la tristeza te mueve hacia el aislamiento, te lleva a introvertirte y ver qué ocurre dentro de ti. La felicidad tiene lo suyo, que te lleva a buscar a las personas y compartir con ellas; el miedo te hace correr en el sentido contrario, la nostalgia a revisar tu historia de vida y a veces a reinterpretarla. Pero, ¿qué hay con la culpa?

Del extenso abanico de emociones que los seres humanos somos capaces de sentir, la culpa es la que tiene peor imagen pública, y no sin razón. Ella te conduce a una baja opinión de ti misma o de ti mismo y en la mayoría de los casos, a convertirte a ti en tu propio juez, jurado y verdugo implacable. Las personas habituadas a  sentir culpa, frecuentemente viven intranquilas y con pensamientos de reproche que les restan energía para encarar a los demás o iniciar proyectos. La frase más vinculada a la culpa es “no me lo merezco”, no importa qué. Es como tener un lastre amarrado al cuello y que por más que intentas subir, no te lo permite.


miércoles, 30 de mayo de 2012

Damas y Caballeros: el lenguaje incluyente

Género (del latín genus, -eris, clase) es el conjunto de los aspectos sociales de la sexualidad, un conjunto de comportamientos y valores (incluso estéticos) asociados de manera arbitraria, en función del sexo.

-Wikipedia

Recientemente recibí un correo electrónico en el que se cuestiona el hábito de algunos comunicadores de especificar ambos géneros (las y los) en determinados adjetivos y sustantivos que emplean, como por ejemplo, al decir “ciudadanos y ciudadanas”.

Pienso que ese mensaje refleja una opinión compartida por muchas personas, que creen que es una moda que inició Vicente Fox (expresidente mexicano) durante su sexenio; lo cual no es muy atinado, pero al menos las fechas podrían pasar por ciertas si uno no profundiza.

El mismo texto describe cómo esta tendencia es una total ofensa para la sintaxis y gramática del castellano; esto último podría ser cierto.

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Damas y Caballeros: el lenguaje incluyente

Género (del latín genus, -eris, clase) es el conjunto de los aspectos sociales de la sexualidad, un conjunto de comportamientos y valores (incluso estéticos) asociados de manera arbitraria, en función del sexo. 
-Wikipedia
Recientemente recibí un correo electrónico en el que se cuestiona el hábito de algunos comunicadores de especificar ambos géneros (las y los) en determinados adjetivos y sustantivos que emplean, como por ejemplo, al decir “ciudadanos y ciudadanas”. Pienso que ese mensaje refleja una opinión compartida por muchas personas, que creen que es una moda que inició Vicente Fox (expresidente mexicano) durante su sexenio; lo cual no es muy atinado, pero al menos las fechas podrían pasar por ciertas si uno no profundiza. El mismo texto describe cómo esta tendencia es una total ofensa para la sintaxis y gramática del castellano; esto último podría ser cierto.

La consideración de emplear ambos géneros en el lenguaje, especialmente cuando de cierto tipo de tópicos se trata, no es una tendencia iniciada por los políticos en el sexenio de Vicente Fox, sino por los y las investigadoras sociales que promueven una visibilidad y equidad en el discurso, que sea inclusivo y que tome en cuenta características diferenciales tanto de ellos como de ellas en un mismo mensaje. Un ejemplo: en nuestra sociedad tenemos temas que el uso ha vinculado a género específico, como el embarazo que se considera un tema para mujeres y el éxito profesional uno que suponemos para hombres. Pero cuando yo elaboro un texto sobre éxito dirigido a ellos, las mujeres que me lean no van a sentirse cabalmente incluidas en las situaciones que pueda yo plantear; y si redacto un texto sobre embarazo de riesgo o lactancia, los hombres van a pasar el tema de largo.


El 1, 2, 3 de la autoestima

La autoestima es tema protagónico en la literatura de superación personal de los años recientes. En lo que prácticamente cualquier par de libros de este género podrán coincidir, es en que una buena autoestima es la base de relaciones saludables y el logro de nuestros proyectos; además hay una relación muy estrecha entre la satisfacción que mantienes hacia tu vida y el grado en que sientes estima por tí misma o por tí mismo. Una persona que ha descuidado su autoestima, puede caer en conductas adictivas con mayor frecuencia, estar en riesgo de sufrir depresiones y atreverse menos a hacer cambios en su vida. A alguien con una autoestima saludable se le nota y le luce tanto como un buen auto o una buena marca en su ropa, y a veces mucho más.
Quien tiene escasa belleza física, pero una autoestima bien trabajada, posee ese no se que, que le vuelve irresistible. Tiene carisma, atracción y esa personalidad magnética que le lleva a sentirse bien a uno. Y lo que pasa es que quien con buenas autoestimas se junta, tarde o temprano a quererse aprende; pero más vale empezar por uno.

Una de las creencias mas firmes sobre autoestima, es que una vez que la trabajaste y la has dejado reluciente, así se queda; serias alguien con eso que le llaman: una buena autoestima. Sin embargo no pasa de ese modo. La autoestima es un rasgo de la relación que sostienes contigo y que todo el tiempo esta cambiando, porque depende de la opinión que tienes de ti mismo o de ti misma, y ese autoconcepto a veces cambia de enfoque, o crece o disminuye; y tu autoestima con él.

Visualiza tu autoestima como un globo picado que necesitas mantener inflado. Le soplas y se hincha, dejas de hacerlo y se desinfla; esto te obliga a estarle soplando todo el tiempo. Tu autoestima necesita que estés alimentándola todo el tiempo. Alguien con una buena autoestima, no es entonces alguien que nunca se caiga gordo, sino la persona que sabe cómo y por donde soplarle a su autoestima para que no se le desinfle. Diariamente, sin prisa pero sin pausa, la vas alimentando con actividades que te hagan sentir eficiente, ya sean pasatiempos o proyectos laborales, buenas amistades que te devuelvan una imagen agradable de ti, decisiones adecuadas para estar cada vez más orgullosa de ti u orgulloso.

Parte de tu autoestima se consolida también en quién eres, y esa definición de ti es un factor de orgullo y autoestima; por eso evalúa todos los aspectos con los que conformas tu identidad y checa cuáles te hacen sentir mejor, cuáles te son más sencillos de salir al mundo a presumirlos. Yo, por ejemplo, soy mexicano, hombre, psicólogo, adulto contemporáneo, me gusta el ejercicio, leer y etcétera. Para alimentar mi autoestima he de elegir alguno de esos atributos (o de preferencia varios, los que más me gusten) y hacer planes y tener actividades o estimular más relaciones interpersonales que subrayen ese atributo. Un ejemplo: si valoro ser psicólogo, cada cosa que haga desde ese factor de mi identidad alimentara mi autoestima; así, puedo rodearme de amigas y amigos psicólogos, ir a congresos de psicología, escribir artículos de divulgación sobre psicología y etcétera, y todo lo que haga en relación a eso que valoro, va a nutrir la estima que siento por mí.

¿Qué es lo que tu valoras, que podría ayudarte a nutrir tu autoestima?

Ahora la otra cara de la moneda, ¿hay aspectos negativos a través de los cuales también me defino?, probablemente si, e identificarlos es un importante ejercicio de autocrítica. Al contrario que en el párrafo anterior, cada cosa que yo evite hacer o decisión que evite tomar en relación a los aspectos desagradables de mi identidad, van a proteger mi autoestima: si ubico que soy flojo, y no me gusta serlo, deberé tomar acciones que me alejen de la flojera. Si no me gusta el trabajo que tengo, si ya no me gustan las amistades que conservo, debo proteger mi autoestima desprendiéndome de lo que me estorva para desarrollarme.

Y entre lo que puede ser un obstáculo para que podamos nutrir nuestras autoestimas, hay que tomarnos en serio determinados valores sociales que hoy en día están mal entendidos: la humildad, la modestia. Bajo la consigna de que “creerse mucho” es malo, las personas evitamos decir o incluso pensar que somos grandiosos, porque sentimos que de esa manera descalificamos a los demás. Pero imagina que llega el jefe a tu oficina y te dice “señorita Gutierrez (o señorito, según convenga), estamos considerando ajustar los salarios y quiero que me informe de sus avances en este puesto para considerarle en el nuevo plan de incentivos”. Gutierrez puede decir con humildad que sólo ha hecho su chamba, o puede en verdad sacar cifras y evidencias de su buen desempeño para convencer al jefe de que merece ese aumento.

La vida nos plantea muchas situaciones así, en las que hemos de presumir nuestra grandeza a quien quiere asociarse con nosotros, ser nuestra pareja o cualquier otra posibilidad en la que necesitemos hablar bien de nosotros mismos. ¿Tu a que estas más habituado o habituada, a hablar bien o mal de ti, o de plano a mejor no hablar?, si hablaras de ti ¿de qué sentirías más orgullo?, ¿que harías si la vida te preguntara qué hay de grandioso en ti?

Puede que mañana, cuando te levantes, te mires en el espejo y no encuentres nada simpático a tu reflejo; entonces te harás esa misma pregunta y tendrás que responder para que tu autoestima no se desinfle. ¿Que hiciste hoy que te haga sentirte orgulloso u orgullosa el día de mañana?

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C