viernes, 30 de septiembre de 2011

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Dime quien eres... y sabre que identidad tienes

“Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que siempre soñó de sí misma”
-La Agrado, en Todo sobre mi madre

Si te llamo por tu nombre y te pregunto quién eres, ¿qué sería lo primero que responderías? La identidad es esa explicación que haces de ti, tan simple o tan compleja como tú mismo o como tú misma quieras describirte. Cada persona desde el momento en que nace, afronta el reto de convertirse en el tipo de ser humano que va soñando ser, y ese sueño y esas ganas de un “yo ideal” es la primera piedra para la elaboradísima estructura de su identidad, y el primer paso en el camino de alcanzarla.

Se dice por ahí que construimos nuestra identidad cuando somos más jóvenes, y una vez que nos hacemos adultos, la identidad queda terminada e inquebrantable. Se habla mucho de crisis de identidad o de búsquedas por la identidad que son un reflejo del buen o mal trabajo que he hecho al constituir este quien creo y afirmo que soy.

Sin embargo no es tan simple: mi identidad es la definición que voy haciendo cada día de mí mismo (o de mi misma) y la voy modificando conforme tengo experiencias en mi vida que me demanden redefinirme y reinventarme; tantas veces como sea necesario, tan intenso como me sea necesario. Por eso no hay una etapa en la vida en que mi identidad o mi propio concepto de quien soy, quede terminado; trabajo en ello cuando niño, y trabajo en eso también cuando soy anciano.

Por supuesto que no es lo mismo empezar desde cero, como cuando somos chicos, que dar continuidad a algo que ya iniciamos siendo jóvenes, adultos o ya de mayores. Es como construir un edificio: lo rudo es empezar con los cimientos y ponerle paredes, pero después ya se trata nada más de afinar detalles y remodelar  de vez en cuando. De ahí que un adolescente ponga tanta energía y énfasis en definir quién es y en lo distinto que es del resto de las personas (particularmente de sus padres).

Hay momentos en la vida en que vivimos grandes confrontaciones a nuestra identidad, justo la adolescencia es una de ellas y la más significativa; posteriormente llegan otros retos a vencer como las crisis de la edad o los cambios de estatus social, como la graduación de la universidad, el matrimonio, el divorcio y demás. En lo demás, la vida es un constante devenir de pequeños cuestionamientos acerca de quién decimos que somos, pequeños retos cotidianos que no debemos dejar acumularse para que a la larga no se vuelvan un gran problema.

Eso que llaman “búsqueda de la identidad” es más una frase hecha a la que le hacemos copy & paste, que un concepto cabalmente reflexionado. Los seres humanos no buscamos una identidad, porque no funciona del modo en que yo vaya caminando por la calle y de pronto diga: “caramba, una identidad…!!” y entonces al ver que no es de nadie me la ponga y siga feliz por la vida felicitándome de mi buena suerte de haberme encontrado una identidad. No. Yo ya tengo una identidad y la llevo conmigo a donde quiera que voy; sin importar cuán confundido me mantenga ante la vida o poco responsable sea yo de mí mismo, no importa si soy psicótico, neurótico, maniático o estrambótico, ya tengo una identidad.

Puede que sea chiquita y esté rota, pero es mi identidad.

Lo que si hago cotidianamente es escuchar los mensajes que recibo de la vida y que me dicen que debo madurar o tener mayor valor para afrontar los conflictos, o que debo ser más alivianado o comprometerme más, o ser más sociable, o qué se yo. Entonces escucho, y si quiero llevarme bien con la vida, cambio la definición que hago de mi persona a través de una prolongada cadena de decisiones del tipo: “atreverse a…”.

Una señora del antiguo Polanco, habituada a codearse con la alta sociedad, pero que ha entrado en un declive económico, debe “atreverse a” no vivir con tanta ostentación y habituarse a la austeridad. Un hombre que se ha divorciado luego de 35 años de matrimonio continuo debe “atreverse a” volver a socializar y conocer personas. Si una no elige hacer los ajustes menores en la definición que hace de sí misma, su economía tronará y se verá obligada a hacer un GRAN ajuste y encarar una nueva identidad como señora desamparada y en quiebra; si el otro no opta por hacer un ajuste menor a su identidad y permitir abrirse a nuevas relaciones, estará virtualmente obligado a afrontar una nueva identidad de sí mismo como hombre aislado y solitario.

La gran belleza del modo en que funcionan nuestras identidades es que siempre pueden ser distintas conforme lo vayamos necesitando; siempre podremos ser mejores a través de nuestras identidades. La definición que hago de mí mismo es el marco dentro del que tomo cada una de mis decisiones: si yo me veo a mi mismo como un hombre sociable, las decisiones que voy a tomar van a ser decisiones sociables, si soy alguien maduro, difícilmente me atrevería a tomar decisiones de manera irreflexiva. Mi identidad orienta qué clase de elecciones hago, y esas elecciones constituyen a la larga el tipo de vida que yo tengo.

O sea, el tipo de identidad que me he construido se manifiesta en el tipo de vida que llevo. Si de repente no me gusta la vida que tengo, cambio mi identidad, me “atrevo a” tomar decisiones diferentes a las que he venido tomando, y ya está.

Ok, no es tan sencillo. No es sencillo porque habitualmente no identificamos la relevancia que tiene el cómo nos vemos a nosotros mismos y a nosotras mismas sobre la forma en que vamos construyendo nuestras vidas: no ubicamos que si me siento un perdedor, tendré la vida de un perdedor. No, tampoco estoy sugiriendo que te mires al espejo repitiéndote cien veces “no soy un idiota cualquiera, soy un idiota excelente!”; no. Lo que estoy sugiriendo es que revises las supuestas “verdades” que tienes acerca de ti misma o de ti mismo para que identifiques la clase de oportunidades que puedes o no permitirte a partir de esas premisas.

Ejemplo: Felipito es un hombre que cree firmemente que tiene pocas oportunidades porque solamente estudió hasta el bachillerato, y entonces en cada ocasión en que se encuentra una buena oportunidad laboral, él no se postula como candidato a esa plaza porque “sabe” que no se la van a dar.

Obvio, no se la dan porque jamás aplicó para ese puesto, y al hacer retrospectiva y evaluar el conjunto de (malos) trabajos que ha tenido en los últimos años, Felipito confirma que efectivamente el tipo de vida que tiene (de bajos ingresos y escasas oportunidades) se debe a que no terminó el bachillerato. Él no toma en cuenta que ha acumulado una experiencia práctica que compensa con creces la falta de estudios académicos y que pudo haber sido buen candidato para más de un puesto que él mismo dejó pasar; no se entera que el problema que tiene no es el de haber elegido mal en el pasado, sino la actitud que mantiene hacia sí mismo en el presente.

El problema está en la actitud, y la actitud  proviene de nuestras creencias. ¿Puedes o no puedes?, tanto si dices que si, como si dices que no, en cualquiera de los casos vas a tener razón, porque lo que tú crees moviliza tus actitudes y ellas a su vez son el motor de tus acciones.

Tu identidad entonces, es el conjunto de creencias que tienes hacia ti mismo o que tienes hacia ti misma. ¿Quieres cambiar tu vida?, cambia las creencias que tienes de ti sin importar cuánto esfuerzo creas que puede costarte.

Si, vivimos una crisis social de identidades. No se trata de que los chavitos se hagan emos o ninis o cualquier otra categoría social que nosotros les impongamos; se trata de que allá afuera hay un montón de personas a quienes no les gusta su vida y que se sienten atrapadas por la creencia resignada de que no tienen una salida. No somos conscientes del impacto de nuestras identidades ni del modo en que al hacernos responsables de vernos como queremos vernos, moldeamos nuestras vidas a nuestro antojo.

¿Qué tanto te pareces tú a lo que siempre has soñado de ti? Hazte responsable de quién vas siendo día a día y atrévete a lo que nunca te has atrevido pero siempre has tenido ganas de hacer. Afronta el riesgo y cambia tus creencias; cada vez que te atrevas a algo distinto y resulte bien, tendrás una evidencia de que el cambio correcto va en esa dirección. Lleva una bitácora, toma notas del experimento: registra a qué vas a atreverte mañana y ponle una palomita cuando hayas tenido éxito. Al final del mes cuenta las palomitas. Presume tus cambios con tus amigos, permítete mostrarte a los demás como alguien distinto y explora más esa nueva mejor versión de ti; habla de ella, vuélvela real. Tu vida es la consecuencia de tus creencias, ¿qué crees qué estas esperando?

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C
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Dime quien eres... y sabre que identidad tienes


“Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que siempre soñó de sí misma”
-La Agrado, en Todo sobre mi madre

Si te llamo por tu nombre y te pregunto quién eres, ¿qué sería lo primero que responderías? La identidad es esa explicación que haces de ti, tan simple o tan compleja como tú mismo o como tú misma quieras describirte. Cada persona desde el momento en que nace, afronta el reto de convertirse en el tipo de ser humano que va soñando ser, y ese sueño y esas ganas de un “yo ideal” es la primera piedra para la elaboradísima estructura de su identidad, y el primer paso en el camino de alcanzarla.

Se dice por ahí que construimos nuestra identidad cuando somos más jóvenes, y una vez que nos hacemos adultos, la identidad queda terminada e inquebrantable. Se habla mucho de crisis de identidad o de búsquedas por la identidad que son un reflejo del buen o mal trabajo que he hecho al constituir este quien creo y afirmo que soy.


jueves, 29 de septiembre de 2011

Ser mujer, en México

Lo mismo que los hombres, las mujeres definen quienes son a partir de sus perspectivas individuales,  de sus relaciones con los y las demás, y de los grupos sociales a los que pertenecen, para vincular sus identidades con atributos específicos tanto de sus propios cuerpos, como del lugar que cada una de ellas ocupa en la sociedad y del conjunto de creencias, mitos y expectativas que han aprendido acerca de sí mismas o que de manera autónoma han construido a lo largo de sus experiencias de vida.

Así y con tantas variables interviniendo en la manera en que una mujer define quién es, es que se desarrolla una manera de ser mujer… por cada mujer que se identifique como tal. Esto es que tantas mujeres hay en el mundo, como formas de ser mujer existen en el preciso instante en que escribo esto.

Por eso, en lo abstracto queda bien hablar de “la feminidad” para expresar un atributo humano, pero en la práctica no queda de otra que hablar de “las feminidades”, porque cada mujer individualmente constituye y se vive a sí misma desde una feminidad personal que está hecha a la medida de sus propias expectativas y opiniones que mantiene acerca de ella.

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Radiografía: Ser mujer en México


Lo mismo que los hombres, las mujeres definen quienes son a partir de sus perspectivas individuales,  de sus relaciones con los y las demás, y de los grupos sociales a los que pertenecen, para vincular sus identidades con atributos específicos tanto de sus propios cuerpos, como del lugar que cada una de ellas ocupa en la sociedad y del conjunto de creencias, mitos y expectativas que han aprendido acerca de sí mismas o que de manera autónoma han construido a lo largo de sus experiencias de vida.

Así y con tantas variables interviniendo en la manera en que una mujer define quién es, es que se desarrolla una manera de ser mujer… por cada mujer que se identifique como tal. Esto es que tantas mujeres hay en el mundo, como formas de ser mujer existen en el preciso instante en que escribo esto. Por eso, en lo abstracto queda bien hablar de “la feminidad” para expresar un atributo humano, pero en la práctica no queda de otra que hablar de “las feminidades”, porque cada mujer individualmente constituye y se vive a sí misma desde una feminidad personal que está hecha a la medida de sus propias expectativas y opiniones que mantiene acerca de ella.

Cada cabeza, un mundo. Cada mujer, una feminidad. Cada hombre también, una masculinidad.


jueves, 22 de septiembre de 2011

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¿Familia ideal o familias diversas?

Definir qué es familia nos obliga a referirnos a un grupo social que en las últimas décadas se ha diversificado y complejizado para adaptarse a los eventos sociales y culturales de nuestro tiempo que son por si mosmos tan diversos y complejos como propiamente, las mismas familias.

En términos bien generales, la familia constituye el núcleo de la sociedad (una afirmación que suena más a frase hecha que a verdad incontrovertible). Su estructura entrelaza aspectos biológicos, económicos, jurídicos, socioculturales, y etcètera. En lo particular, el de la familia mexicana, es un tema que puede abordarse desde más de una perspectiva de análisis, como la de las identidades o el género.

Desde este doble enfoque podemos acceder no solo al cómo definimos a las familias a partir de lo teórico, sino también, y teniendo quizá mayor relevancia, a cómo las familias se definen a sí mismas y los retos que necesitan enfrentar para consolidar este autoconcepto (concepto de si mismas) y encontrar su validación o reconocimiento como  familia “completa” en nuestra sociedad.

Es de este modo que hablar de la familia mexicana es hacer referencia a un sistema de identidades que coexisten, a veces bajo un mismo techo, en un escenario conjunto, y comparten los mismos recursos para poder consolidarse.

Aquí, donde hay la identidad de un niño que empieza a internalizar nociones de género, violencia o educación mientras va ubicando su mundo, hay también alguien muy cerquita, cuya identidad de ser hombre, se ve confrontada por el discurso feminista, la inestabilidad económica y otros factores sociales que exigen viejas demandas a las masculinidades actuales, sin favorecer posibilidades para satisfacerlas; y la identidad de ser mujer, que cotidiana e históricamente se la ha sometido a la descalificación, incertidumbre e invisibilidad.

Los conflictos actuales que las familias deben afrontar devienen del modo en que niñas, niños, padres y madres hacen frente a estos retos, al mismo tiempo que, como familia, se esfuerzan por conjugar una pertenencia colectiva, que trascienda o rebase el famoso mito de la “familia ideal” donde familia es igual a reproductividad, heterosexualidad o matrimonio.

Para enfatizar: la familia es mucho más que reproductividad, heterosexualidad o matrimonio, tres variables no necesarias para la definición de familia.

A primera vista, parece que las familias cuentan en estos días con más retos para vencer que recursos de los cuales echar mano; sin embargo pose de origen una organización social tan básica como plástica, y una flexibilidad tal, que puede permitirse derivar en cuantas versiones de familia sean necesarias para adaptarse y mantener su vigencia.

La mayoría de las definiciones de familia plantean una estructura social muy básica, donde padres e hijos o hijas se relacionan dentro de fuertes lazos afectivos. Esta familia, llamada “de origen” por su configuración  bigeneracional (o trigeneracional cuando involucra a los abuelos en su dinámica cotidiana) es exclusiva, única, e implica una permanente entrega entre todos sus miembros, posibilitando la constitución de un sentido de pertenencia hacia el grupo y la identidad de sus integrantes. En esta estructura social, lo que afecta a un miembro de la familia afecta directa o indirectamente al resto.

Por ello puede hablarse no solo de una colectividad de individuos, sino de un sistema familiar, es decir, de una comunidad organizada, intervinculada con sus jerarquías internas, y en constante relación con su entorno físico, económico y social.

La cohesión del sistema familiar se logra mediante una red de vínculos con enorme carga emocional, por eso la familia constituye el primer escenario donde comenzamos nuestro proceso de socialización e ingreso a la subjetividad del entorno social donde nacimos (o sea, a asimilar las creencias, reglas y patrones de conducta que tienen los adultos a su alrededor). En este contexto se construyen las bases de cualquier socialización posterior.

Hablan de que el niño está inmerso en ésta socialización primaria, donde reconoce primero a las figuras de poder en su sistema familiar y posteriormente se identifican con ellas; dando inicio a la conformación de su identidad. De esta manera, tanto las niñas como los niños asimilan, entre muchos otros elementos culturales, el rol respectivo a su género. Luego esta misma identificación se generaliza: ya no se trata específica y particularmente de papá o mamá, sino en general de los hombres y de las mujeres, o de todos los adultos y de toda la gente, de todos los mexicanos y etcétera, asimilando grupos sociales en forma de categorías, en algunas de las cuales van a sentirse incluidos o incluidas.

En este proceso, el lenguaje verbal y el no verbal es el vehículo para estas progresivas e inagotables identificaciones con los y las demás.

Entre las formas tradicionales de organización familiar y estructuras de parentesco, es posible distinguir cuatro tipos de familias:

  1. La familia nuclear o elemental, conformada por los padres y los hijos, ya sean de descendencia biológica de la pareja o adoptados por la familia.
  2. La familia homoparental, conformada por dos papás o dos mamás.
  3. La familia extensa o consanguínea, conformada por más de una unidad nuclear, se extiende más allá de dos generaciones y está basada en los vínculos de sangre de una gran cantidad de personas.
  4. La familia monoparental se conforma por uno de los padres y sus hijos.
  5. La familia de padres separados o biparental, donde los padres se encuentran separados pero continúan cumpliendo sus roles como padres. 

Aunque en nuestra sociedad muchas de las funciones atribuidas a la familia han pasado parcialmente a ser cargo de otras instituciones (como la educación a las escuelas), todavía quedan al interior del país familias que ejercen íntegramente las funciones educativas, religiosas, protectoras, recreativas y productivas.

Ahora bien, es una realidad el que los adultos, generalmente los padres, no siempre cuentan con la totalidad de elementos que les permitan educar de manera adecuada a sus hijos e hijas: cotidianamente se conocen nuevos casos de violencia intrafamiliar, de abuso sexual, abandono de los hijos o problemas de comunicación y comprensión, que exponen a los más integrantes más vulnerables en la familia a un sin fin de riesgos sociales como las drogas, la violencia y la posibilidad de cometer distintos delitos contra la comunidad.

Sin embargo, cuando los padres transfieren a otras instituciones las tareas familiares, frecuentemente no se debe a que la familia claudique o sea esencialmente incapaz de cumplir con su deber, sino porque las actividades que realizan en la actualidad (tales como las jornadas laborales fuera de casa, tanto de padres como de madres) requieren del apoyo de otras instancias para lograr sus propósitos de desarrollo, como es el caso de la escuela o los tíos, abuelos y demás.

Las familias como unidad social, no se desarrollan en el vacío; interactúan con el contexto en el que se surgen, modificándolo y siendo a su vez modificadas estrechamente por esos escenarios. Esto es igual a afirmar que no hay familia en México a la que no le afecte la situación económica, la inseguridad pública o las nociones culturales: una familia que se desarrolla en una comunidad violenta, deberá afrontar el reto de no permitir que esa violencia permee al interior de su interacción familiar, por ejemplo.

Así, para entender a cualquier familia, es muy necesario entenderla como si fuera un sistema sumergido dentro de otros sistemas, un espacio influido por los espacios que lo envuelven; entonces será posible darnos una idea de los retos que enfrenta y las fortalezas que sobre la marcha desarrolla.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C
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¿Familia ideal o familias diversas?

septiembre 22, 2011 Hernan Paniagua
Definir qué es familia nos obliga a referirnos a un grupo social que en las últimas décadas se ha diversificado y complejizado para adaptarse a los eventos sociales y culturales de nuestro tiempo que son por si mosmos tan diversos y complejos como propiamente, las mismas familias.

En términos bien generales, la familia constituye el núcleo de la sociedad (una afirmación que suena más a frase hecha que a verdad incontrovertible). Su estructura entrelaza aspectos biológicos, económicos, jurídicos, socioculturales, y etcètera. En lo particular, el de la familia mexicana, es un tema que puede abordarse desde más de una perspectiva de análisis, como la de las identidades o el género.

Desde este doble enfoque podemos acceder no solo al cómo definimos a las familias a partir de lo teórico, sino también, y teniendo quizá mayor relevancia, a cómo las familias se definen a sí mismas y los retos que necesitan enfrentar para consolidar este autoconcepto (concepto de si mismas) y encontrar su validación o reconocimiento como  familia "completa" en nuestra sociedad.


jueves, 4 de agosto de 2011

El arte de la conversación

A lo largo de mi carrera como terapeuta, me he sentido conducido a la profundidad de un centenar de conversaciones donde las palabras que he intercambiado con mis clientes han edificado nuevas realidades, han abierto posibilidades y han sacado a luz mejores versiones de los involucrados en la terapia, es decir, de mis clientes y de mí mismo.

Siempre he creído que una buena sesión de psicoterapia, de esas que dan mucho material para reflexionar, es buena porque la conversación va desarrollándose de manera fluida. También he creído que la psicoterapia es como un modelo a escala de la vida, donde se suscitan experiencias que nos invitan a ver el mundo de formas nuevas y con una mayor riqueza. Y si mis dos creencias son correctas, entonces una buena vida es una que reboza de buenas conversaciones. ¿Será que el arte de conversar sea una de las vías para una vida plena?

Pensemos en cuántas situaciones interpersonales se han vuelto conflictos debido a una mala comunicación: crisis familiares, rupturas de pareja, malentendidos entre los amigos, chismes en el trabajo. Todo ello tiene que ver con cómo nos comunicamos; al grado que uno de los clichés más recurridos en la psicoterapia es achacar a la comunicación los cualesquiera problemas con que uno llega solicitando el servicio.

¿Qué pasaría si supiéramos conversar mejor?; no me refiero a únicamente hablar y expresar todo cuanto me pase por la cabeza, me refiero más bien a un equilibrio bien medido entre hacerte llegar mi mensaje, realizar una pausa, ser receptivo a tu mensaje, nuevamente una pausa, reflexionamos, te digo lo que opino de lo que me has comunicado y me dices tú lo que opinas de lo que yo dije, luego empezamos nuevamente.

Un buen conversador no se queda con nada relevante sin decir, ni nada relevante sin escuchar. Por eso, quien sabe conversar se interesa por lo que su interlocutor dice, y le va orientando conforme la conversación se desenvuelve, para que pueda explicarse mejor; es decir, le va preguntando, comenta a qué le suena lo que escucha, a cuáles experiencias propias le remite y etcétera. La premisa básica es que todos entendemos mediante mecanismos distintos.

No es verdad que al buen entendedor, basten pocas palabras. A veces un buen entendedor ayuda a construir una buena explicación, pide paralelismos, ejemplos, formas y hasta colores. No me negarás que cuando estás platicando es muy sabroso que te hagan preguntas relevantes a eso de lo que estas contando.

En teoría al menos, cuando converso soy tan responsable de explicarme con claridad y empatía, como de escuchar e involucrarme activamente en lo que me estás diciendo. Y si de plano, lo que me estás diciendo me interesa un tantito menos que un pepino, habría de tener la delicadeza suficiente para hacerte saber que ese tema me aburre.

¿Qué sería de nosotros y nuestras relaciones si conversáramos adecuadamente?, a través de las conversaciones podemos conocer a esa persona con la que platicamos y generar fuertes vínculos emocionales en el ínterin. Vamos, ¿cuántas de tus preocupaciones no se relacionan con problemas en alguna relación dentro de la que te encuentras inmerso o inmersa?, ¿cuántas de esas situaciones no tienen que ver con problemas al comunicarse?

Las relaciones interpersonales dependen tanto de las conversaciones, que las considero mutuamente indistinguibles. Yo puedo conversar por primera vez con alguien, y si la conversación cobra vida y de desarrolla y evoluciona, y surca de un tema a otro sin naufragar en algún silencio necesario, entonces posiblemente declararé que esa persona me ha caído bien y tendré ganas de verle nuevamente. Mientras platicábamos se tejían entre líneas los primeros vínculos para una relación; futuras charlas consolidarían esos vínculos, y una sucesión de buenas conversaciones forjarán una relación cada vez más entrañable.

El punto flaco es el grado en que nos involucramos. Cuando platicamos con alguien, usualmente dejamos que sea nuestro interlocutor quien nos lleve por donde le apetezca, y nuestro interlocutor espera de nosotros lo mismo a su vez; entonces andamos erráticos y a la deriva, sin llegar a lugares interesantes de los cuales hablar y sin que la conversación capte nuestra atención. Una cosa importante es que usualmente no hacemos preguntas que vuelvan interesante lo que sea que estamos escuchando.

Qué pasaría si  aquél o aquella con quien estamos conversando se ha extendido quince minutos completos hablando de petunias coloradas y nosotros ya estamos bostezándole a escondidas o en su cara, y conocedores de nuestro creciente aburrimiento le preguntáramos porqué le gustan tanto las petunias, si en su familia es tradicional este interés botánico, o si ha pensado poner un negocio con esas flores. La idea es considerar la posibilidad de permitirle a la otra persona explayarse en ese tema que quizá le da seguridad al hablarlo, o puede que genuinamente le guste mucho. Uno indudablemente también tiene sus intereses, y una premisa habitual pero incorrecta, es creer que en una conversación solamente puede regir el interés de uno y sólo uno de los involucrados.

Si yo soy médico, podría preguntar u opinar acerca del modo en que las petunias pueden sanar ciertas enfermedades o favorecerlas. Si soy arquitecto, puede que tome las petunias para hablar de su función como flores de ornato, o retome el ‘feng shui y las petunias’. Un antropólogo retomaría las petunias para mencionar lo que ellas han significado en algunas culturas, y un psicólogo podría llevarlas al territorio de la salud mental y petunias.

Y entonces, cuando el tema en la conversación son las petunias y las energías renovables de origen orgánico, posiblemente sea sencillo pasar de botánica a ecología para dejar por la paz a esas pobres plantas.

Sin embargo para eso es necesario que me visualice como participante activo de la conversación que estoy sosteniendo; no importa cuál sea el tema que esté sobre la mesa, el reto es preguntarme ‘qué tiene eso que ver conmigo’ y entonces arrastrar ese tópico a una de mis áreas de interés, sin desoír la intensión de mi interlocutor de platicar conmigo de ese tema.

Puede ser que para él o para ella sea importante que le conozcamos desde su gustos en botánica porque se siente especialmente orgullosa u orgulloso de sus dotes en la floricultura. También eso es muy importante: los temas que arrojo a la conversación son una radiografía de quién soy yo, por eso vale la pena preguntarme cuáles son los tópicos mediante los que me encantaría que las personas me conocieran. ¿Me gustaría que me conocieran como el maniaco de las petunias, o hay algo en mi de lo que podría hacer mayor gala?, ¿de qué en mi siento mayor orgullo?

Parte del balance en la conversación es cuidar que, como en un juego de ping pon, los temas en la mesa sean puestos uno por mí, otro por ti, uno nuevo por mí, y así. Si en la charla hay más de un conversador, podemos elegir tener la cortesía de introducir en el tema a quien menos ha hablado, especialmente si nos inspira una particular curiosidad: ¿a ti te ha pasado eso alguna vez?, o ¿cómo ven los agrónomos esa problemática?, qué se yo.

La conversación es un acto de construcción en equipo, quien sabe conversar sabe tomar en cuenta a los demás; quien desarrolla habilidades en este campo se hace a sí mismo (o a ella misma) notoriamente más empática y inspira confianza en los demás.

Hay pequeñas claves muy fáciles de intuir al conversar: ¿cuánto tiempo has pasado hablando de ti y solamente de ti?, ¿los temas hacia los que llevas la conversación son demasiado personales o demasiado superficiales? Si te sorprendes en una de esas charlas narcisistas donde tu es el personaje protagónico, mete el freno de emergencia preguntando ‘¿te ha sucedido algo así?’, o ‘¿qué opinas tu?’, por ejemplo. Entonces preguntas, y luego te callas para hacer espacio para la respuesta de tu interlocutor.

Recuerda: la conversación debe estar equilibrada. Si tu selección de temas va siendo demasiado profunda, la conversación será cansada y tu interlocutor aburrirá en la misma medida en que tu continúes intenseando. Si tu selección de temas es demasiado superficial, quien te escuche igualmente se aburrirá por la sarta de temas irrelevantes a los que recurres. La clave es campechanear los temas y pasar desde tu selección de temas intensitos a los temas superficiales y de regreso.

Por eso es que dicen que el conversar es un arte, uno que se domina con práctica, práctica y mucha práctica.

Conversar es emitir unos mensajes y recibir otros de vuelta, responder a unos y aguardar a que respondan los nuestros. Para todo eso no siempre empleamos palabras, también hay gestos, señales, silencios. Para el ser humano es imposible no comunicar, así que siempre estamos diciendo algo a los demás: tu vestimenta expresa como anda tu ánimo hoy, tu postura habla de qué opinión tienes de quienes tienes enfrente, tu ausencia al evento dice mucho del interés que tienes respecto a los involucrados, etcétera. Los tips del conversar aplican igualmente aquí; si te interesa la relación con los, el o la aludida, deberás atender al modo en que tu interlocutor recibe el mensaje que estás emitiendo y necesitarás escuchar lo que tiene que decir al respecto. Nunca asumas que tu conducta no decía nada sólo porque no estaba revestida de palabras, tampoco seas siempre tu quien comunique, ni seas siempre tu quien escuche.

Si participamos a cada momento en un intercambio de mensajes con las personas que nos son cercanas, ¿en qué momento se termina la conversación? Yo pienso que nunca termina, creo que podemos identificar el momento en que un capítulo se cierra e inicia otro, pero la conversación continúa y en todo momento retomamos tanto viejas charlas, como iniciamos otras nuevas.

Desde que te conocí empecé a conversar contigo, y empecé a creer que no me amabas cuando dejaste de responderme.

El origen de muchos conflictos en las relaciones estriba en la indiferencia, en la falta de respuestas o los monólogos que se traslapan fingiéndose conversación cuando solamente son soliloquios encontrados. Cuando dejamos de escuchar y perdemos el interés de explicar, nuestras relaciones tienden a romperse y nos quedamos con muchas cosas que pudimos haber dicho, con muchas otras que hubiésemos deseado escuchar.

Una psicoterapia de enfoque humanista y sistémico, diverso y sensible al género: T+C